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Historia de Stonehenge

Un paisaje sagrado en la llanura de Salisbury

Mucho antes de que existieran las pirámides de Guiza tal como las conocemos, y milenios antes de que Roma tuviera un imperio, en una meseta de creta del sur de Inglaterra ya se estaba construyendo algo extraordinario. La llanura de Salisbury (Salisbury Plain), en el actual condado de Wiltshire, fue durante el Neolítico y la Edad del Bronce uno de los centros ceremoniales más importantes de Europa: un territorio sembrado de recintos, avenidas, túmulos y monumentos que la gente levantó y frecuentó durante más de mil años. Stonehenge, el círculo de piedras que todos conocemos, es solo la pieza más famosa de ese vasto rompecabezas.

Entender Stonehenge exige mirar más allá de las piedras. A su alrededor se extienden cientos de túmulos funerarios (barrows), tumbas de la Edad del Bronce agrupadas en cementerios enteros; el Cursus, una enorme obra de tierra alargada de casi 3 kilómetros y propósito desconocido, más antigua que el propio círculo; y, a pocos kilómetros, los monumentos de Durrington Walls y Woodhenge, ligados a los constructores. Todo ese conjunto, junto con el complejo de Avebury algo más al norte, está inscrito desde 1986 como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco bajo el nombre de 'Stonehenge, Avebury y sitios asociados'.

Es importante subrayar algo que la ciencia ha ido confirmando: quienes construyeron Stonehenge no dejaron textos, porque no conocían la escritura. Todo lo que sabemos proviene de la arqueología, es decir, de excavar, datar con carbono, analizar químicamente las piedras y los huesos, y comparar. Por eso el relato de Stonehenge es un relato en construcción, lleno de certezas sólidas pero también de preguntas abiertas y de hipótesis que se debaten con rigor. Y por eso también conviene desconfiar de las explicaciones fantásticas —extraterrestres, magos, energías misteriosas— que rodean al monumento: la historia real, la que revela el trabajo paciente de los arqueólogos, es más que suficiente para maravillarse.

Las fases de construcción: mil quinientos años de obra

Stonehenge no se levantó de una vez, sino a lo largo de más de mil quinientos años, en sucesivas etapas que fueron transformando el lugar entre aproximadamente el 3000 y el 1500 a.C. Lo que hoy vemos es la superposición de varios monumentos distintos construidos por generaciones muy alejadas entre sí.

La primera fase, hacia el 3000 a.C., no tuvo grandes piedras en absoluto: consistió en un recinto circular de tierra, un henge, formado por un foso excavado con herramientas de asta de ciervo y dos terraplenes de creta. Dentro de ese círculo, los constructores cavaron 56 pozos, conocidos hoy como los Aubrey Holes (por el anticuario John Aubrey, que los notó en el siglo XVII). Durante mucho tiempo se pensó que habían sostenido postes de madera, pero investigaciones recientes sugieren que probablemente albergaron las primeras piedras azules. Lo más significativo es que en esos pozos y en el foso se han hallado numerosas cremaciones humanas: Stonehenge nació, en buena medida, como un cementerio, uno de los mayores del tercer milenio a.C. en Gran Bretaña.

La fase más espectacular llegó siglos más tarde, hacia el 2500 a.C., cuando se erigieron las grandes piedras que dan al monumento su silueta inconfundible. Se levantaron los sarsens, enormes bloques de arenisca dura, para formar el círculo exterior de piedras unidas por dinteles y, en el interior, cinco colosales trilitos dispuestos en herradura. Las piedras azules, más pequeñas, se reorganizaron entre ellos. La ingeniería es asombrosa: los dinteles se sujetan a las verticales mediante juntas de espiga y mortaja tomadas de la carpintería, y el anillo de dinteles se curvó y niveló con precisión. Todo ello se hizo sin metal, sin rueda y sin animales de tiro, solo con cuerdas, palancas de madera, rampas, fuerza humana y una organización social capaz de coordinar el trabajo de cientos o miles de personas durante generaciones.

De dónde vinieron las piedras: Gales, Wiltshire y la sorpresa escocesa

Uno de los mayores enigmas de Stonehenge es el origen de sus piedras, y aquí la investigación de las últimas décadas ha dado giros sorprendentes. Hay que distinguir tres tipos de piedra, con tres procedencias muy distintas.

Los sarsens, las piedras más grandes (algunas de más de 25 toneladas y 7 metros), son de arenisca silícea local: un estudio de 2020 confirmó que la mayoría procede de West Woods, en las colinas de Marlborough, a unos 25 kilómetros al norte del monumento. Ya es una hazaña arrastrar semejantes moles esa distancia, pero el verdadero misterio son las piedras azules (bluestones). Estas piedras más pequeñas, de tonos azulados, no son de la zona: proceden de las colinas Preseli, en el suroeste de Gales, a unos 250 kilómetros de distancia. Que hombres del Neolítico transportaran decenas de estas piedras a lo largo de semejante recorrido —por tierra, por mar, o por una combinación de ambos— es uno de los grandes debates de la arqueología. Se han identificado incluso las canteras exactas en Gales, como Carn Goedog y Craig Rhos-y-felin, y algunos investigadores sostienen que las piedras pudieron formar primero un círculo en Gales que luego se desmanteló y trasladó.

Y en 2024 llegó la mayor sorpresa. Durante un siglo se creyó que la Piedra del Altar (Altar Stone), la gran losa de arenisca de casi 5 metros que yace en el centro del monumento, procedía también de Gales. Pero un estudio publicado en la revista Nature, tras analizar la edad y la química de los minerales de la piedra (circón, apatito y rutilo), demostró que su composición coincide con la del noreste de Escocia, probablemente la cuenca de los Orcadianos, a más de 700 kilómetros de distancia. La Piedra del Altar habría viajado, quizás por mar bordeando la costa, desde el extremo norte de Gran Bretaña hasta Wiltshire. El hallazgo, además de asombroso, sugiere que en el Neolítico existían redes de contacto y transporte a escala de toda la isla, mucho más amplias de lo que se pensaba.

La alineación con el sol y quiénes lo construyeron

Si hay un dato que revela la intención de los constructores de Stonehenge, es su orientación astronómica. El eje principal del monumento está alineado con precisión con el sol en los dos momentos clave del año: apunta hacia la salida del sol en el solsticio de verano (el día más largo) y, en sentido opuesto, hacia la puesta del sol en el solsticio de invierno (el día más corto). Ese eje pasa por la Avenida, el camino ceremonial que conectaba Stonehenge con el río Avon, y por la Heel Stone, la gran piedra solitaria situada fuera del círculo. No hay dudas de que el ciclo solar era central en el significado del lugar: la observación del cielo y el paso de las estaciones estaban en el corazón de la vida y las creencias de estos pueblos agrícolas.

Esto ha alimentado la vieja idea de Stonehenge como un 'observatorio astronómico'. Es cierto que marca los solsticios, y quizás también otros fenómenos, pero la ciencia actual es cautelosa: probablemente fue mucho más un templo o un lugar de ceremonias ligadas al sol que un instrumento de precisión para predecir eclipses, como propusieron algunas teorías del siglo XX hoy discutidas. Las funciones no se excluyen: un mismo sitio pudo ser cementerio, santuario, lugar de reunión y calendario ritual a la vez.

¿Y quiénes fueron esas personas? Los grandes yacimientos vecinos han dado pistas valiosas. En Durrington Walls, a unos 3 kilómetros, las excavaciones (sobre todo las del Stonehenge Riverside Project dirigido por Mike Parker Pearson) revelaron un enorme asentamiento neolítico con decenas de casas y restos de grandes banquetes: allí vivieron, al menos por temporadas, muchos de los constructores, quizás reunidos para las celebraciones de los solsticios. El vecino Woodhenge, un monumento de anillos de postes de madera también alineado con el sol, sugiere para algunos investigadores un contraste simbólico entre la madera (asociada a los vivos) y la piedra (asociada a los antepasados y los muertos), unidos por el río Avon. El análisis de los huesos y los dientes de los enterrados muestra que a Stonehenge llegaba gente de lugares muy lejanos, incluso del oeste de Gran Bretaña, reforzando su papel como gran centro de peregrinación de toda la isla.

Teorías, druidas y la vida moderna del monumento

¿Para qué servía Stonehenge? La pregunta sigue abierta, y precisamente por eso el lugar fascina. A lo largo del tiempo se han propuesto muchas respuestas, algunas más sólidas que otras. Hoy los arqueólogos suelen combinar varias: Stonehenge fue un cementerio y un lugar de culto a los antepasados; un santuario ligado al sol y a los ciclos estacionales; un punto de reunión y peregrinación que congregaba a comunidades de toda Gran Bretaña; y, según una hipótesis muy difundida por los profesores Timothy Darvill y Geoffrey Wainwright, quizás también un lugar de sanación, al que se acudía en busca de curación por las supuestas propiedades de las piedras azules, dado el número inusual de restos con signos de enfermedad hallados en la zona. Ninguna de estas ideas excluye a las demás.

Conviene despejar un malentendido muy extendido: los druidas no construyeron Stonehenge ni tuvieron relación con él en su origen. Los druidas eran los sacerdotes de las culturas célticas de la Edad del Hierro, documentados por autores clásicos como Julio César, y florecieron miles de años después de que Stonehenge fuera levantado; cuando ellos existieron, el monumento ya era antiquísimo. La asociación entre druidas y Stonehenge es una invención romántica de los siglos XVII y XVIII, cuando anticuarios como John Aubrey y William Stukeley atribuyeron el monumento a los druidas. De ahí nacieron las órdenes 'druídicas' modernas que hoy celebran rituales en el sitio: una tradición reciente y respetable, pero sin vínculo histórico con sus verdaderos constructores.

En la época moderna, Stonehenge pasó por manos privadas hasta que en 1918 fue donado a la nación. Hoy lo gestiona la organización English Heritage, y recibe cada año a más de un millón de visitantes de todo el mundo, lo que ha obligado a proteger el monumento (ya no se puede caminar libremente entre las piedras, salvo en visitas especiales o en los solsticios de acceso gestionado) y a repensar su entorno, con debates encendidos sobre el tráfico de la carretera A303 que pasa a su lado. Dos veces al año, en los solsticios de verano e invierno, decenas de miles de personas —turistas, curiosos, paganos y druidas modernos— se reúnen al amanecer para ver el sol alinearse con las piedras, tal como, de otra manera, lo hicieron los hombres y mujeres que lo construyeron hace cinco mil años. Ese gesto, repetido a través de los milenios, es quizás lo más conmovedor de Stonehenge: un lugar que sigue convocando a la humanidad a mirar el cielo.

📚 Bibliografía

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