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Historia de Lake District

El hielo que esculpió los lagos

Si el Lake District parece un paisaje diseñado a mano, es porque en cierto modo lo fue: no por el hombre, sino por el hielo. Bajo los valles verdes y los lagos alargados de Cumbria hay una historia geológica de casi 500 millones de años. La base son rocas antiquísimas: pizarras del período Ordovícico (los Skiddaw Slates del norte), las rocas volcánicas del centro (los Borrowdale Volcanic Group, que forman las cumbres más ásperas y altas, entre ellas el Scafell Pike) y las areniscas y calizas del sur. A esa materia prima la levantaron y plegaron sucesivos movimientos de la corteza terrestre, y luego la erosión hizo el resto.

Pero la forma actual —los valles en U, los lagos radiales que se abren desde el centro como los rayos de una rueda, los circos glaciares colgados en las montañas— es obra de las glaciaciones del Cuaternario, sobre todo la última, que terminó hace unos 11.000 años. Enormes lenguas de hielo bajaron desde las cumbres centrales excavando los valles, arrancando roca y depositando morrenas que, al retirarse el hielo, embalsaron el agua y crearon los lagos. Windermere, Ullswater, Derwentwater, Coniston o Wastwater ocupan esas cubetas glaciares. El resultado es un macizo compacto, de montañas que no llegan a los mil metros pero que, por su relieve tallado y su clima húmedo, se sienten mucho más altas y salvajes de lo que dicen los números.

Ese clima húmedo no es un detalle menor: el Lake District recibe algunos de los mayores registros de lluvia de Inglaterra —Seathwaite, en el valle de Borrowdale, es el lugar habitado más lluvioso del país—, y esa abundancia de agua es la que alimenta lagos, cascadas y turberas, y la que da al paisaje su verde intenso y su carácter cambiante, con la niebla subiendo y bajando por las laderas.

Mil años de pastores, muros y ovejas Herdwick

El Lake District no es una naturaleza virgen: es un paisaje trabajado durante más de mil años, y por eso la Unesco lo reconoció en 2017 como 'paisaje cultural' y no simplemente como maravilla natural. Hubo asentamientos desde la prehistoria —el círculo de piedras de Castlerigg, cerca de Keswick, tiene unos 4.500 años—, pasaron los romanos (que dejaron el fuerte de Hardknott, en un puerto de montaña espectacular) y, sobre todo, llegaron los colonos noruegos y nórdicos en la Alta Edad Media. De ellos viene buena parte del vocabulario del paisaje: 'fell' (montaña), 'beck' (arroyo), 'tarn' (laguna de montaña), 'dale' (valle) o 'thwaite' (claro) son palabras de raíz escandinava que todavía nombran cada rincón.

El protagonista silencioso de esta historia es la oveja Herdwick, la raza autóctona de cara blanca y lana gris que se adaptó como ninguna a estas montañas duras. Los Herdwick tienen una cualidad notable llamada 'hefting': cada rebaño conoce su territorio en la ladera y transmite ese conocimiento de madre a cría, generación tras generación, lo que permite pastar en las alturas comunales sin necesidad de alambrados. Ese sistema de pastoreo en tierras comunes —el mayor de Europa— moldeó todo lo que vemos: los prados de los valles, los muros de piedra seca (drystone walls) que trepan imposibles por las laderas, las granjas de piedra, los establos y los senderos.

Durante la Edad Media y la época moderna, la vida giró en torno a estas granjas de montaña (los 'statesmen', pequeños propietarios independientes), la lana, algo de minería (grafito en Borrowdale, cobre, pizarra) y una economía de subsistencia dura y aislada. Entre los siglos XVIII y XIX, el proceso de los cercamientos (enclosures) transformó buena parte de las tierras comunales en parcelas privadas delimitadas por muros, un cambio profundo en la propiedad y el uso del suelo que dejó su huella geométrica en el paisaje. Esa combinación de naturaleza y trabajo humano —hielo y ovejas, roca y muros— es la esencia del Lake District.

Los poetas lakistas y la invención del paisaje sublime

A finales del siglo XVIII, algo cambió en la manera de mirar estas montañas. Durante siglos, los paisajes agrestes se habían considerado feos, incómodos y hasta peligrosos; el Romanticismo los convirtió en sublimes. Y ningún lugar encarnó ese giro como el Lake District, gracias a un grupo de escritores que la posteridad bautizó como los 'poetas lakistas' (Lake Poets): William Wordsworth, Samuel Taylor Coleridge y Robert Southey.

Wordsworth, nacido en Cockermouth en 1770, es la figura central. Se instaló con su hermana Dorothy en Dove Cottage, en Grasmere, en 1799, y allí vivió sus años más fértiles: escribió gran parte de su obra, incluida buena parte de 'The Prelude', su autobiografía en verso. Junto a Coleridge había publicado en 1798 las 'Lyrical Ballads', el libro que suele señalarse como acta de nacimiento del Romanticismo inglés. Dorothy Wordsworth, con sus diarios de Grasmere, dejó además un retrato íntimo y agudísimo de la vida y el paisaje que hoy se lee como literatura por derecho propio. Coleridge vivió una temporada en Keswick, y allí también se estableció Southey, que llegó a ser poeta laureado.

Wordsworth no solo cantó estas montañas: las explicó. Su 'Guía del Distrito de los Lagos' (A Guide through the District of the Lakes, 1810 y ediciones posteriores) fue una de las guías turísticas más influyentes de su tiempo y ayudó a poner el Lake District en el mapa. Pero contenía una paradoja que marcaría el futuro: al mismo tiempo que atraía visitantes, Wordsworth se alarmaba por el turismo masivo y por los cambios que traería el ferrocarril, y llegó a escribir que la región debía considerarse 'una suerte de propiedad nacional' que pertenecía a todo el que tuviera ojos para percibirla y un corazón para disfrutarla. Esa frase, escrita hacia 1810, anticipó en más de un siglo la idea de los parques nacionales.

El ferrocarril victoriano y el turismo de masas

Lo que Wordsworth temía terminó ocurriendo. En 1847 el ferrocarril llegó hasta Windermere, y el Lake District dejó de ser un rincón remoto para volverse accesible a las clases medias de las ciudades industriales del norte —Manchester, Liverpool, Leeds— que buscaban aire puro lejos del humo de las fábricas. Windermere y Bowness crecieron como centros turísticos, se construyeron hoteles y villas victorianas a orillas del lago, aparecieron los vapores que cruzaban Windermere (los antepasados de los cruceros de hoy) y el turismo pasó a ser una industria central de la región.

Ese mismo éxito encendió las primeras grandes batallas conservacionistas de la historia británica. Cuando se proyectaron nuevas líneas férreas y explotaciones que amenazaban valles enteros, surgieron voces de resistencia. El crítico y pensador John Ruskin, que vivió sus últimos años en Brantwood, sobre el lago Coniston, se convirtió en un feroz defensor del paisaje y en crítico de los estragos de la industrialización. En 1883 nació la Lake District Defence Society, y en 1895 se fundó el National Trust, la organización que compraría tierras y edificios para protegerlos a perpetuidad, impulsada en parte por gente vinculada a estas montañas, como el clérigo Hardwicke Rawnsley, párroco cerca de Keswick.

Así, el Lake District se volvió a la vez destino turístico y laboratorio del conservacionismo moderno. La tensión que había intuido Wordsworth —cómo abrir el paisaje a todos sin destruirlo— se transformó en un debate práctico sobre propiedad, acceso y protección que seguiría vivo durante todo el siglo XX y que, en buena medida, definió lo que hoy entendemos por proteger la naturaleza.

Beatrix Potter, el National Trust y el parque de hoy

En esa historia de conservación, ninguna figura fue tan decisiva —ni tan inesperada— como Beatrix Potter. Nacida en Londres en 1866, se hizo mundialmente famosa con sus cuentos infantiles ilustrados, empezando por 'The Tale of Peter Rabbit' (1902). Con las ganancias de esos libros, Potter hizo algo insólito para una mujer de su época: compró tierras. En 1905 adquirió la granja de Hill Top, en Near Sawrey, y a lo largo de las décadas siguientes fue comprando granjas y miles de acres para salvarlos de la especulación inmobiliaria y mantener viva la agricultura tradicional.

Casada con el abogado William Heelis, se convirtió en una granjera respetada y en una criadora experta de ovejas Herdwick —llegó a presidir asociaciones de la raza—, convencida de que el paisaje y su ganado eran inseparables. Cuando murió en 1943, legó al National Trust unas 4.000 acres de tierra y catorce granjas, con la condición explícita de que se siguieran pastando con rebaños de Herdwick. Fue una de las donaciones más importantes que recibió la organización y aseguró que buena parte del corazón del Lake District quedara protegida para siempre.

En 1951 el Lake District fue declarado parque nacional, uno de los primeros del Reino Unido. Hoy el National Trust es el mayor propietario de tierras del parque, y la región vive de un delicado equilibrio entre la agricultura de montaña, la conservación y un turismo enorme (millones de visitantes al año). Ese equilibrio no está libre de debate: hay discusiones sobre si el pastoreo intensivo de ovejas empobrece la biodiversidad, sobre cuánto 'rewilding' (renaturalización) debería permitirse, y sobre qué significa exactamente proteger un paisaje que nunca fue del todo 'natural', sino fruto del trabajo humano. La inscripción como Patrimonio de la Humanidad en 2017 reconoció justamente eso: que aquí, naturaleza y cultura son la misma cosa. Recorrer el Lake District es caminar por ese debate, entre lagos glaciares, muros de piedra, versos de Wordsworth y ovejas que conocen su montaña de memoria.

📚 Bibliografía

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