Todo en Edimburgo empieza por una roca. El peñón donde hoy se alza el castillo es Castle Rock, el tapón de basalto de un volcán extinguido hace unos 340 millones de años, y sobre él se levantaron las primeras fortalezas mucho antes de que existiera el nombre 'Edinburgh'. Las excavaciones han encontrado ocupación humana desde la Edad de Bronce, y hacia el siglo VI o VII la roca era la sede de un reino britano —de habla brítica, pariente del galés— cuya fortaleza se llamaba Din Eidyn, 'la fortaleza de Eidyn'. De ese asentamiento habla uno de los poemas más antiguos de las islas, 'Y Gododdin', que narra a un grupo de guerreros que partió de Din Eidyn hacia una batalla desastrosa contra los anglos.
Y fueron precisamente esos anglos, los sajones del reino de Northumbria, quienes hacia el año 638 tomaron la fortaleza. De la unión del viejo nombre britano 'Eidyn' con el término inglés antiguo 'burh' (fortaleza) nació 'Edinburgh'. Durante los siglos siguientes, la frontera entre los reinos del sur y el emergente reino de Escocia se movió varias veces, hasta que Edimburgo quedó firmemente en manos escocesas.
La geografía marcó la ciudad para siempre. Un glaciar había esculpido el terreno dejando la roca del castillo como un promontorio defensivo y, detrás, una larga rampa de tierra descendente (una formación llamada 'crag and tail'). Sobre esa rampa, protegida por el castillo en lo alto, se fue extendiendo la ciudad medieval en una única y larga calle cuesta abajo: el embrión de la futura Royal Mile. El edificio más antiguo que sobrevive en el castillo, la pequeña Capilla de Santa Margarita, es del siglo XII y recuerda a la reina Margarita, esposa de Malcolm III, canonizada más tarde.
En el siglo XII, el rey David I convirtió a Edimburgo en burgo real y fundó, al pie de la colina, la abadía de Holyrood ('la Santa Cruz'), según la leyenda tras una visión durante una cacería. Entre el castillo, en lo alto, y la abadía, abajo, se tendió la calle que estructuraría la ciudad durante siglos. Edimburgo creció como centro comercial y, hacia el siglo XV, se consolidó como capital del reino de Escocia: allí se instalaron la corte, el Parlamento escocés y las principales instituciones.
Encerrada entre murallas —sobre todo tras la construcción de la Flodden Wall después de la desastrosa derrota escocesa de 1513 frente a los ingleses—, la ciudad no podía crecer a lo ancho, así que creció hacia arriba. A ambos lados de la calle principal se levantaron edificios de viviendas ('tenements' o 'lands') de hasta diez y once pisos, altísimos para la época, separados por callejones estrechos y oscuros llamados 'closes' y 'wynds'. En esos edificios se apretaban nobles y pobres, unos sobre otros, en una de las ciudades más densamente pobladas de Europa. La falta de higiene era proverbial: la basura y los desechos se arrojaban a la calle al grito de '¡gardyloo!' (del francés 'gardez l'eau'), y el humo constante de las chimeneas le valió a Edimburgo el apodo cariñoso de 'Auld Reekie' ('la vieja humeante').
Ese mundo vertical y hacinado, con sus subterráneos y bóvedas bajo los puentes, es el que hoy recorren los tours de historia y de fantasmas, y explica buena parte del carácter denso y teatral de la Ciudad Vieja.
El siglo XVI fue tan brillante como sangriento. En 1560, el predicador John Knox, discípulo de Calvino, encabezó la Reforma protestante en Escocia desde el púlpito de la catedral de St Giles, en plena Royal Mile. La Reforma transformó la religión, la educación y la política del país, y dejó a Edimburgo como bastión del presbiterianismo. En medio de esa tormenta reinó María Estuardo (Mary, Queen of Scots), reina católica en un país que se volvía protestante. Su reinado fue una sucesión de tragedias: en 1566, en sus aposentos del Palacio de Holyroodhouse, un grupo de nobles asesinó a puñaladas a su secretario italiano David Rizzio delante de ella, embarazada de seis meses. Poco después su esposo, Lord Darnley, moría en una explosión sospechosa; María se casó con el principal sospechoso, fue derrocada, huyó a Inglaterra y terminó ejecutada por orden de su prima Isabel I en 1587.
Su hijo, Jacobo VI de Escocia, protagonizó en cambio un giro histórico: en 1603, al morir Isabel I sin descendencia, heredó también el trono inglés y se convirtió en Jacobo I de Inglaterra. Fue la Unión de las Coronas; la corte se trasladó a Londres y Edimburgo perdió a su rey, aunque conservó su Parlamento. El paso decisivo llegó en 1707, cuando el Acta de Unión fusionó los parlamentos de Escocia e Inglaterra en uno solo, en Westminster, creando el Reino de Gran Bretaña. Edimburgo dejó de ser una capital con parlamento propio —una pérdida que muchos escoceses vivieron con amargura—, pero, paradójicamente, estaba a punto de vivir su siglo más luminoso.
Privada de corte y de parlamento, Edimburgo canalizó su energía hacia el pensamiento, y el resultado fue extraordinario. Entre mediados y finales del siglo XVIII, la ciudad se convirtió en uno de los grandes focos intelectuales de Europa, protagonista de lo que se conoce como la Ilustración escocesa (Scottish Enlightenment). Aquí vivió y escribió el filósofo David Hume, una de las mentes más agudas de la historia del pensamiento occidental; aquí Adam Smith publicó en 1776 'La riqueza de las naciones', obra fundadora de la economía moderna. La Universidad de Edimburgo brilló en medicina, ciencia, geología (con James Hutton, padre de la geología moderna) y filosofía, y la ciudad se llenó de sociedades científicas, clubes de debate y editoriales. Se decía que un visitante podía, parado en la High Street, estrechar en pocos minutos la mano de una docena de genios.
Ese esplendor intelectual necesitaba un escenario a su altura, y la vieja ciudad hacinada e insalubre ya no daba más. En 1766 se convocó un concurso para diseñar una ciudad nueva al norte, y lo ganó un joven arquitecto de 26 años, James Craig, con un plano de retícula ordenada y racional, perfecta expresión urbanística de la Ilustración: calles amplias y rectas, plazas ajardinadas y elegantes fachadas georgianas de piedra. Así nació la New Town, construida a partir de 1767, con ejes como George Street, Princes Street y las plazas de St Andrew y Charlotte. Los ricos abandonaron los tenements de la Ciudad Vieja y se mudaron a las nuevas casas, y Edimburgo quedó dividida en dos ciudades complementarias —la medieval y la georgiana— que en 1995 la Unesco declararía conjuntamente Patrimonio de la Humanidad. La afición por la arquitectura clásica y los monumentos de estilo griego en Calton Hill le valieron a la ciudad el apodo de 'la Atenas del Norte'.
El siglo XIX consolidó la doble cara de Edimburgo: la ciudad culta y la ciudad oscura. Fue una capital literaria de primer orden. Sir Walter Scott, con sus novelas históricas, creó buena parte de la imagen romántica de Escocia que hoy sigue vendiendo el país (los tartanes, los clanes, las Highlands legendarias), y la ciudad lo honró con el imponente Scott Monument sobre Princes Street. Más tarde, Robert Louis Stevenson —autor de 'La isla del tesoro' y de 'El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde'— nació y creció en Edimburgo, y no es casual que su relato sobre el doble desdoblamiento del alma humana surgiera de una ciudad literalmente partida en dos, decente de día y turbia de noche.
Esa cara turbia tuvo episodios reales espeluznantes. Entre 1827 y 1828, William Burke y William Hare asesinaron al menos a dieciséis personas para vender los cadáveres frescos al anatomista Robert Knox, que los necesitaba para sus clases de disección en una universidad hambrienta de cuerpos. El escándalo terminó con Hare delatando a Burke, que fue ahorcado y, en una justicia macabra, diseccionado públicamente; su esqueleto todavía se exhibe en la universidad. Historias como esta, sumadas a los cementerios, los cuerpos robados por los 'resurreccionistas' y los subterráneos de la Ciudad Vieja, alimentan la fama gótica de Edimburgo.
El siglo XX y XXI trajeron una lenta pero profunda recuperación política. Tras casi trescientos años sin parlamento propio, en 1997 un referéndum aprobó la devolución de competencias (devolution), y en 1999 volvió a reunirse un Parlamento escocés, con sede en un audaz edificio contemporáneo del arquitecto Enric Miralles, junto al Palacio de Holyroodhouse. Escocia recuperó así su voz institucional, y el debate sobre su relación con el resto del Reino Unido —incluido el referéndum de independencia de 2014— sigue muy vivo. Hoy Edimburgo es una capital orgullosa y cosmopolita que, cada agosto, se convierte en la capital mundial de las artes escénicas con el Festival Fringe, nacido en 1947. Entre la roca del castillo, los versos de sus escritores, el humo de 'Auld Reekie' y las luces de la Ciudad Nueva, la ciudad sigue contando su historia a quien quiera caminarla.