Del suelo de Bath brota, desde hace miles de años, algo que no existe en ninguna otra parte de Gran Bretaña: un manantial de agua caliente. Cada día surgen más de un millón de litros de agua a unos 46 grados, cargada de minerales, que caen como lluvia sobre las colinas hace más de diez mil años y viajan durante milenios por las profundidades de la tierra antes de volver a la superficie. Para los pueblos celtas que habitaban la zona antes de la llegada de Roma, ese fenómeno solo podía ser obra de una divinidad, y consagraron el manantial a Sulis, una diosa asociada a la curación y a las aguas sagradas.
Cuando los romanos invadieron Britania a partir del año 43 d.C., encontraron el lugar y quedaron fascinados. Su calzada, la Fosse Way, cruzaba el río Avon justo por allí. En vez de borrar el culto local, hicieron lo que solían hacer: lo asimilaron. Identificaron a Sulis con su propia diosa Minerva y la veneraron como una sola deidad, Sulis Minerva, un ejemplo perfecto de la fusión religiosa romano-celta. A partir de los años 60 y 70 d.C. levantaron alrededor del manantial un gran templo de estilo clásico y encauzaron la fuente sagrada en un enorme depósito revestido de plomo. Había nacido Aquae Sulis, 'las aguas de Sulis'.
El complejo que construyeron a lo largo de los siglos siguientes fue extraordinario: el Gran Baño rodeado de columnas, una serie de piscinas frías y calientes, salas con calefacción por hipocausto y un templo con un frontón decorado con una enigmática cabeza que suele llamarse 'la Gorgona'. Aquae Sulis se convirtió en un centro de peregrinación y curación al que llegaban visitantes de todo el imperio para pedir salud, bañarse y honrar a la diosa. En el manantial sagrado los fieles arrojaban monedas y objetos como ofrendas, y también las llamadas tablillas de maldición (curse tablets): mensajes grabados en finas láminas de plomo en los que pedían a Sulis Minerva que castigara a quienes les habían robado la ropa mientras se bañaban. Más de un centenar de estas tablillas, recuperadas del agua, son hoy uno de los testimonios más vívidos de la vida cotidiana y las creencias en la Britania romana.
Cuando el poder de Roma se retiró de Britania, a comienzos del siglo V, Aquae Sulis se apagó. Sin el mantenimiento constante que exigían sus sistemas de drenaje, el manantial desbordó, el barro y las inundaciones fueron cubriendo poco a poco los baños, y las grandes estructuras romanas se derrumbaron y quedaron sepultadas. Durante más de mil años, el esplendor de las termas romanas permaneció literalmente enterrado bajo el suelo de la ciudad, olvidado. No se redescubriría en serio hasta finales del siglo XIX.
Sobre esas ruinas creció una ciudad nueva. En la época sajona, Bath (cuyo nombre significa sencillamente 'baño') se convirtió en un lugar de cierta importancia, con un monasterio. Allí ocurrió uno de los acontecimientos clave de la historia inglesa: en el año 973, en la abadía de Bath, Edgar fue coronado y ungido rey en una ceremonia solemne, considerada por muchos la primera coronación de un rey de una Inglaterra unificada. Aquel ritual, diseñado en parte por San Dunstan, sirvió de modelo para las coronaciones de los monarcas ingleses y británicos posteriores, incluidas las de nuestros días.
Tras la conquista normanda de 1066, Bath tuvo incluso una catedral y un obispo. Durante la Edad Media, la ciudad vivió del comercio de la lana, como buena parte del oeste de Inglaterra, y sus aguas siguieron atrayendo a enfermos que buscaban curación. La imponente abadía que hoy domina el centro es la última de una larga serie de iglesias en el mismo sitio: la actual, una de las últimas grandes obras del gótico inglés, se empezó a construir en 1499, poco antes de que la Reforma protestante y la disolución de los monasterios ordenada por Enrique VIII cambiaran para siempre el panorama religioso del país. Su famosa fachada, con ángeles que suben y bajan por escaleras de piedra hacia el cielo, se inspira, según la tradición, en un sueño del obispo Oliver King.
El gran momento de Bath, el que le dio la forma y la belleza que hoy admiramos, llegó en el siglo XVIII. La aristocracia y la burguesía inglesas redescubrieron la moda de 'tomar las aguas' por salud y por placer, y Bath se convirtió en el balneario más elegante y deseado del país, un lugar donde ver y ser visto, hacer negocios, buscar pareja y lucir la última moda. De un pueblo provinciano pasó a ser, durante la temporada, una de las ciudades más brillantes de la Inglaterra georgiana.
Tres hombres impulsaron esa transformación. Richard 'Beau' Nash, un carismático maestro de ceremonias, gobernó la vida social de Bath desde 1705 hasta su muerte en 1761: dictaba las normas de etiqueta, organizaba los bailes y conciertos, imponía modales y convirtió la ciudad en un modelo de sociabilidad refinada. Ralph Allen, dueño de las canteras de la zona, aportó el material: la cálida piedra caliza dorada de Bath (Bath stone), con la que se levantó prácticamente toda la ciudad y que le da su inconfundible color miel. Y los arquitectos John Wood el Viejo y su hijo John Wood el Joven diseñaron los grandes conjuntos que hicieron famosa a Bath.
El resultado es una de las ciudades georgianas más completas y armoniosas del mundo. John Wood el Viejo proyectó The Circus, un anillo perfecto de casas idénticas con tres pisos de columnas clásicas superpuestas, inspirado en los monumentos de la Antigüedad; murió en 1754, poco después de colocar su primera piedra, y la terminó su hijo. John Wood el Joven levantó entre 1767 y 1774 el Royal Crescent, una majestuosa media luna de treinta casas unidas por una fachada continua de columnas, frente a un prado abierto: una de las obras cumbre de la arquitectura del Reino Unido. A esa misma época pertenecen el Pulteney Bridge, diseñado por Robert Adam y terminado en 1774, uno de los pocos puentes del mundo con tiendas a ambos lados, y las Assembly Rooms, donde la sociedad bailaba y jugaba a las cartas. Toda esta arquitectura, y el ingenioso truco de las fachadas monumentales con casas irregulares detrás, hicieron de Bath una ciudad-escenario, pensada para el espectáculo social.
En pleno esplendor georgiano, entre 1801 y 1806, vivió en Bath la que sería una de las mayores escritoras de la lengua inglesa: Jane Austen. La autora de 'Orgullo y prejuicio' conoció de primera mano el mundo de bailes, visitas, chismes y estrategias matrimoniales de la ciudad, y lo retrató con su aguda ironía en dos novelas ambientadas en buena parte en Bath, 'La abadía de Northanger' y 'Persuasión'. Aunque la relación de Austen con la ciudad fue ambivalente —no siempre le gustó vivir allí—, su nombre quedó unido para siempre a Bath, que hoy la celebra con un centro dedicado a su figura y un festival anual en el que cientos de personas desfilan vestidas al estilo de la Regencia.
Con el paso del tiempo, Bath perdió parte de su glamour como balneario de la aristocracia frente a nuevos destinos de moda, pero siguió siendo una ciudad próspera y elegante. La gran novedad del siglo XIX fue arqueológica: entre las décadas de 1870 y 1880, unas obras revelaron por fin, bajo el suelo, los restos monumentales de las termas romanas que habían permanecido enterradas durante mil cuatrocientos años. El descubrimiento del Gran Baño romano, la cabeza de bronce dorado de Sulis Minerva y miles de ofrendas del manantial fue una sensación que devolvió a Bath su vínculo con la Antigüedad y sentó las bases del museo que hoy es su principal atracción. La época victoriana añadió alrededor del Gran Baño la terraza con estatuas de emperadores y generales romanos que muchos visitantes creen antiguas, pero que en realidad son del siglo XIX.
El siglo XX puso a prueba a Bath de la manera más brutal. Durante la Segunda Guerra Mundial, la ciudad, sin apenas industria militar, parecía a salvo de los bombardeos. Pero en abril de 1942 se convirtió en blanco de las llamadas 'incursiones Baedeker' (Baedeker raids): una serie de ataques aéreos alemanes lanzados como represalia por los bombardeos británicos sobre ciudades históricas alemanas, y que apuntaban deliberadamente a lugares elegidos no por su valor estratégico, sino por su valor cultural e histórico, según las famosas guías turísticas Baedeker.
En las noches del 25 y el 26 de abril de 1942, la aviación alemana atacó Bath en oleadas sucesivas. Murieron alrededor de cuatrocientas personas y miles de edificios resultaron dañados o destruidos. El patrimonio georgiano sufrió golpes directos: se incendiaron y quedaron arrasadas las Assembly Rooms, y varias casas del Royal Crescent, el Circus y otros conjuntos históricos fueron alcanzadas por bombas incendiarias. Fue una herida profunda en el corazón de una de las ciudades más bellas del país. En las décadas siguientes, buena parte de ese patrimonio dañado fue cuidadosamente restaurado, devolviendo a Bath su esplendor.
El reconocimiento definitivo llegó ya en tiempos de paz. En 1987, la Unesco declaró a la ciudad entera Patrimonio de la Humanidad como 'Ciudad de Bath', un caso poco común de una ciudad completa inscrita por el conjunto de su valor romano y georgiano. Y en julio de 2021, Bath obtuvo un segundo reconocimiento de la Unesco al ser incluida, junto a otras diez ciudades europeas como Baden-Baden, Vichy, Karlovy Vary o Spa, en el sitio transnacional de las 'Grandes Ciudades Balneario de Europa' (Great Spa Towns of Europe), que celebra la cultura del balneario que floreció en el continente entre los siglos XVIII y XX. Hoy Bath vive en buena medida del turismo, la cultura y la educación, y sigue siendo lo que fue durante casi dos mil años: un lugar al que la gente viaja para curarse, descansar y maravillarse ante la belleza de sus aguas y su piedra dorada.