Playa Flamenco está en la isla-municipio de Culebra, un pequeño archipiélago al este de Puerto Rico, en el paso entre la isla grande y las Islas Vírgenes. Antes de cualquier presencia militar, estas islas formaban parte del mundo de los pueblos originarios del Caribe y, más tarde, fueron territorio de paso de navegantes, pescadores y, según la tradición, de piratas que recorrían estas aguas.
Culebra fue de poblamiento tardío en comparación con la isla grande. Su colonización formal como pueblo se concretó recién a fines del siglo XIX, en 1880, cuando se estableció un asentamiento estable. Hasta entonces, la isla era un lugar agreste, de costas vírgenes, cayos y playas desiertas, habitada por unas pocas familias de pescadores y ganaderos que vivían del mar y de la tierra.
La península y la bahía de Flamenco, con su gran arco de arena blanquísima y sus aguas turquesa y mansas, era entonces un rincón natural prácticamente intocado. Nadie podía imaginar que ese paraíso silencioso pasaría buena parte del siglo XX convertido en un campo de tiro militar, ni que mucho después llegaría a ser considerada una de las playas más bellas del mundo.
El destino de Flamenco cambió por completo a comienzos del siglo XX. Tras la victoria de Estados Unidos en la guerra hispano-estadounidense de 1898, Puerto Rico pasó a su control, y las pequeñas islas del este adquirieron valor estratégico-militar por su posición. En 1901, por decreto del entonces presidente Theodore Roosevelt, se estableció la Base Naval de Culebra.
Pocos años después, hacia 1905, la Marina de Estados Unidos comenzó a usar la isla como zona de entrenamiento militar, concentrando buena parte de sus maniobras precisamente en la península de Flamenco. La hermosa bahía de aguas mansas y arena blanca, ideal para el desembarco y las prácticas, fue elegida como campo de tiro y de bombardeo.
Así, durante décadas, una de las playas más bellas del Caribe fue escenario de ejercicios militares. La Marina realizaba allí prácticas de tiro naval, bombardeos y desembarcos anfibios, especialmente intensos durante la Segunda Guerra Mundial. La población local de Culebra convivía con ese uso militar de su territorio, que condicionaba la vida en la isla y restringía el acceso a buena parte de sus costas.
Durante buena parte del siglo XX, y de manera muy intensa en la época de la Segunda Guerra Mundial, Flamenco funcionó como campo de tiro y de bombardeo de la Marina de Estados Unidos. La playa y la península se convirtieron en blanco de prácticas con artillería naval y aviación, y en escenario de ejercicios de desembarco anfibio que preparaban a las tropas para el combate.
Ese uso militar dejó marcas profundas, tanto físicas como sociales. El bombardeo repetido afectó el paisaje y dejó sembrado el terreno de restos de explosivos y municiones, algunos de los cuales todavía requieren tareas de limpieza y precaución en ciertas zonas de la isla. Para los culebrenses, significó vivir durante décadas bajo el ruido y el peligro de las maniobras, con su territorio condicionado por las necesidades de la Marina.
Los vestigios más visibles de esa época son hoy parte del atractivo —y de la memoria— de Flamenco: dos tanques de guerra abandonados que quedaron varados en la arena de la playa. Esos tanques, oxidados y cubiertos de grafiti, llevan allí desde mediados de los años setenta y se convirtieron en uno de los símbolos más fotografiados de la playa, recordatorio silencioso de su pasado militar.
El descontento de los culebrenses con el uso militar de su isla fue creciendo a lo largo del siglo XX, hasta desembocar en un movimiento de protesta organizado. La población local, harta de vivir bajo los bombardeos y de ver restringido el acceso a sus propias costas, comenzó a reclamar con fuerza el cese de las prácticas y la salida de la Marina de Culebra.
Las protestas, que ganaron eco en todo Puerto Rico, combinaron movilizaciones, desobediencia civil y presión política. Activistas y vecinos llegaron a ocupar zonas restringidas y a interponerse en las maniobras, en una lucha que se convirtió en símbolo de la defensa del territorio y del medio ambiente frente al uso militar. Esa presión sostenida dio sus frutos.
En 1975, la Marina de Estados Unidos cesó sus prácticas en Flamenco y abandonó el uso de la playa como campo de tiro, liberándola finalmente para el uso público. Fue una victoria histórica para Culebra, que recuperó así una de sus joyas naturales. La experiencia culebrense, además, sirvió de antecedente e inspiración para la lucha posterior contra la presencia militar en la vecina isla de Vieques, que se prolongaría hasta comienzos del siglo XXI.
El episodio más recordado de aquella lucha ocurrió en 1971 y tuvo por escenario la propia arena de Flamenco. A comienzos de ese año, tras la demolición de una iglesia por parte de los militares, el Partido Independentista Puertorriqueño (PIP) —junto al Comité Pro Rescate de Culebra, un comité de clérigos y un grupo cuáquero de acción— levantó una capilla dentro del área de bombardeo de Flamenco, un gesto simbólico y audaz que obligó a la Marina a suspender los ejercicios: no podían bombardear un lugar de culto.
Al frente de la protesta estaba Rubén Berríos Martínez, presidente del PIP, abogado en derecho internacional y profesor de la Universidad de Puerto Rico. Berríos y otros manifestantes ocuparon la zona restringida y permanecieron allí durante semanas. La Marina terminó demoliendo la capilla, y Berríos, junto a otras trece personas, fue arrestado y acusado de entrar ilegalmente en propiedad militar de Estados Unidos; fueron condenados a tres meses de cárcel.
Lejos de apagar la protesta, el encarcelamiento la avivó. Estalló una huelga estudiantil en la Universidad de Puerto Rico, se organizaron vigilias diarias frente a la cárcel, hubo manifestaciones en Washington e incluso se levantaron capillas-réplica frente al Pentágono. La estrategia de 'militancia pacífica' de Berríos convirtió a una isla diminuta en un símbolo nacional. La presión rindió fruto: el 4 de abril de 1974, la Marina anunció el cese de sus operaciones y su retirada de Culebra, que se completó en 1975.
Tras la salida de la Marina en 1975, Flamenco inició su renacimiento como playa pública. Lo que durante décadas había sido un campo de bombardeo recuperó poco a poco su condición de paraíso natural, y la naturaleza —siempre generosa en el Caribe— terminó de devolverle su esplendor. La bahía volvió a ser lo que siempre había sido bajo el ruido de los cañones: un arco perfecto de arena blanquísima y aguas turquesa y mansas, protegido por colinas verdes.
Con el tiempo, Flamenco se transformó en balneario público y se la dotó de servicios, convirtiéndose en una de las playas más visitadas de Puerto Rico. Su belleza —más de una milla de arena fina, aguas cristalinas casi sin oleaje y un entorno natural intacto— le valió el reconocimiento internacional, y figura habitualmente en las listas de las mejores playas del mundo elaboradas por medios y portales de viaje.
El contraste es elocuente: en la misma arena donde hoy se broncean miles de visitantes descansan, semienterrados y cubiertos de grafiti, los dos tanques de guerra que recuerdan su pasado militar. Esa convivencia entre el paraíso y la memoria hace de Flamenco un lugar único: una de las playas más hermosas del Caribe que es, al mismo tiempo, un monumento vivo a la historia de Culebra y a la lucha de su gente por recuperar su tierra.