Hay pocos lugares en el mundo donde el mar se encienda. La Parguera es uno de ellos. Cuando cae la noche sobre esta aldea de pescadores del suroeste de Puerto Rico y las lanchas se internan entre los manglares, cada remo, cada mano que roza el agua y cada estela que deja el bote desatan un resplandor azul-verdoso que parece imposible: el agua, literalmente, se ilumina. No es magia ni fosforescencia mineral, sino vida. Millones de dinoflagelados —microorganismos tan diminutos que no se ven a simple vista— emiten luz al ser agitados, y en la bahía protegida de La Parguera se concentran como en muy pocos rincones del planeta.
Pero reducir La Parguera a su bahía bioluminiscente sería quedarse en la superficie. Este pequeño barrio del municipio de Lajas es, ante todo, un pueblo de mar: nació de la pesca, creció mirando al agua y conserva una fisonomía que no se repite en ninguna otra parte de la isla, con sus casas de madera sobre pilotes plantadas entre los cayos, su laberinto de canales y manglares y su malecón oloroso a marisco frito. Es también, sin que muchos lo sepan, uno de los grandes laboratorios de la biología marina del Caribe. Detrás de sus aguas tranquilas hay dos siglos de historia: la de las familias que fundaron la aldea, la del fenómeno luminoso que la hizo famosa, la de los científicos que la estudiaron y la de la tensión, todavía viva, entre el turismo, la construcción y la conservación de un ecosistema frágil y único.
La Parguera nació como una modesta aldea de pescadores en la costa sur del municipio de Lajas, en el suroeste de Puerto Rico, durante el primer cuarto del siglo XIX. La fundación se sitúa hacia 1826, cuando familias procedentes de Lajas y del vecino Cabo Rojo, atraídas por la aventura, el deseo de mejora económica, la abundancia de pesca y la belleza de la costa, llegaron al lugar y construyeron sus primeras viviendas junto al mar.
Entre los primeros pobladores estuvieron las familias Cancel, Pabón, Rodríguez, Ramos y Avilés; se calcula que apenas una decena de familias formaron el núcleo original del caserío. Gregorio Pabón, uno de esos primeros colonos, ejerció como comisionado del barrio durante toda su vida, un cargo que reflejaba la organización sencilla de estas comunidades costeras del interior insular.
Desde sus orígenes, la economía de La Parguera giró en torno a la pesca, establecida como industria desde el primer momento, junto con el cultivo de maíz y la cría de ganado y caballos. El propio nombre del lugar proviene del 'pargo', el pez abundante en sus aguas que dio sustento a aquellos primeros pobladores y que terminó bautizando al caserío.
El gran salto de La Parguera hacia el turismo se debe, en buena medida, a un fenómeno natural espectacular: su bahía bioluminiscente. En las aguas tranquilas y protegidas del litoral, rodeadas de manglares, prosperan dinoflagelados, microorganismos que emiten una luz azul-verdosa cuando el agua se agita. Al caer la noche, el movimiento de las lanchas, los remos o las manos provoca destellos luminosos que parecen sacados de un cuento.
Puerto Rico cuenta con tres bahías bioluminiscentes destacadas —la de La Parguera, la Mosquito Bay de Vieques y la Laguna Grande de Fajardo—, y la de La Parguera fue durante décadas una de las más visitadas y conocidas. La posibilidad de salir de noche en bote para contemplar el agua brillando convirtió al pueblo en un destino popular tanto para puertorriqueños como para turistas.
Con el paso del tiempo, la creciente conciencia sobre la fragilidad de este fenómeno y la necesidad de proteger los manglares y la calidad del agua llevaron a cuidar más el entorno y a regular la actividad. La bioluminiscencia, junto con los paseos diurnos por los cayos, consolidó a La Parguera como uno de los grandes atractivos de naturaleza de la región de Porta Caribe.
El frente marino de La Parguera, con su laberinto de cayos, canales y bosques de manglar, constituye un ecosistema de gran valor ecológico que ha sido objeto de protección. La zona forma parte de un área natural reservada que resguarda los manglares, las aguas y la fauna marina —peces, aves y vida coralina— característicos del litoral suroeste de Puerto Rico, en un entorno donde el turismo convive con la conservación.
Uno de los rasgos más curiosos y reconocibles del paisaje de La Parguera son sus 'casetas': casas de veraneo construidas sobre el agua, entre los cayos y los canales, que se levantaron a lo largo del tiempo y forman parte de la fisonomía única del lugar. Junto con los muelles, los manglares y las pequeñas islas, dan a La Parguera una identidad que no se repite en ningún otro punto de la isla.
Hoy La Parguera combina su herencia pesquera con un turismo de naturaleza muy activo: paseos en lancha y kayak por los cayos y manglares, snorkel y buceo en arrecifes y paredes submarinas, y, sobre todo, las excursiones nocturnas a la bahía bioluminiscente. Su malecón animado, sus restaurantes de marisco y su entorno protegido la han convertido en uno de los destinos imprescindibles del sur de Puerto Rico.
Un capítulo poco conocido pero fundamental de la historia de La Parguera es su papel como centro de investigación científica marina. Desde 1954, el Departamento de Ciencias Marinas de la Universidad de Puerto Rico en Mayagüez (UPRM) opera una estación de biología marina en Isla Magueyes, un pequeño cayo frente al pueblo, aprovechando la excepcional diversidad de hábitats de la zona —manglares, praderas de hierbas marinas, arrecifes de coral y la propia bahía bioluminiscente— para estudiar los ecosistemas costeros tropicales. Durante más de siete décadas, generaciones de científicos e investigadores marinos, puertorriqueños e internacionales, pasaron por sus laboratorios, lo que convirtió a este humilde pueblo pesquero en una referencia académica de la oceanografía caribeña.
Esa vocación científica convivió, no siempre sin tensiones, con el crecimiento del turismo. El aumento de visitantes a la bahía bioluminiscente y a los cayos, sumado a la contaminación lumínica y a la construcción sobre el agua, generó preocupación por el impacto en la calidad del agua y en la concentración de dinoflagelados responsables del fenómeno luminoso, que en algunos períodos mostró señales de debilitamiento frente al de otras bahías de la isla, como la Mosquito Bay de Vieques.
Esto llevó a reforzar las medidas de protección: la designación de buena parte del área como reserva natural bajo el Departamento de Recursos Naturales y Ambientales (DRNA), la regulación de las excursiones nocturnas y la promoción de protectores solares biodegradables entre los visitantes. Hoy La Parguera es a la vez un destino turístico consolidado y un recordatorio de la necesidad de equilibrar el desarrollo con la conservación de un ecosistema único en el mundo.
Quien llega por primera vez a La Parguera se sorprende al ver casas de madera plantadas literalmente sobre el agua, entre los manglares y los cayos, sostenidas por pilotes. Son las 'casetas', el rasgo más singular —y más polémico— del paisaje parguereño. Empezaron a levantarse a mediados del siglo XX como sencillas casas de veraneo de familias que querían pasar los fines de semana frente al mar, y con el tiempo se multiplicaron: un inventario de 1993 contó unas 161 estructuras de este tipo dispersas por el litoral del pueblo.
Lo curioso es quiénes las ocupan. Lejos de ser viviendas de pescadores humildes, las casetas terminaron perteneciendo mayoritariamente a residentes de temporada de clase acomodada —ingenieros, médicos, abogados, empresarios e incluso un juez federal— en un fenómeno que algunos investigadores han descrito, no sin ironía, como el de unos 'ocupantes de lujo'. Muchas se construyeron sin títulos claros sobre terrenos que son bienes públicos marítimo-terrestres, lo que las colocó durante décadas en una zona gris legal.
De ahí la controversia. Su ubicación dentro del agua las hace muy vulnerables a los huracanes, y sobre todo plantea un conflicto ambiental de fondo: para muchos ecologistas, las casetas afectan los manglares, la calidad del agua y la vida marina de una reserva natural protegida, y deberían removerse; para sus dueños y buena parte del pueblo, son parte de la identidad y la historia de La Parguera. El debate sobre qué hacer con ellas sigue abierto, y resume como pocos la tensión permanente del lugar: la de un ecosistema extraordinario que carga con el peso de su propia popularidad.