Jayuya, enclavada en lo más alto de la cordillera central de Puerto Rico, hunde sus raíces en el mundo taíno. El propio nombre del pueblo proviene de Hayuya, un cacique taíno que dominaba la región en tiempos precolombinos. La región montañosa, con sus ríos, valles y bosques, fue un área de presencia indígena, como atestiguan los numerosos vestigios arqueológicos hallados en el municipio, entre ellos petroglifos y yacimientos.
El testimonio más célebre de esa herencia es la Piedra Escrita, una enorme roca en el lecho del río Saliente cubierta de petroglifos taínos, uno de los conjuntos de arte rupestre indígena más importantes de la isla. Junto a otros hallazgos, confirma que las montañas de Jayuya fueron un escenario significativo para los pueblos originarios, que dejaron grabada en la piedra su visión del mundo.
Esa fuerte impronta indígena ha hecho de Jayuya un referente de la identidad taína en Puerto Rico. El pueblo reivindica con orgullo ese legado a través de su Museo El Cemí —con forma del objeto sagrado taíno— y de su Festival Nacional Indígena, que cada año celebra la cultura de los pobladores originarios de Borikén.
El primer intento de fundar un poblado formal en esta zona de montaña se remonta a 1533, cuando el español Asensio Villanueva propuso crear un punto de descanso en el largo camino que unía Caparra —la primera capital de Puerto Rico— con San Germán. El 19 de diciembre de ese año se expidieron ocho reales cédulas que autorizaban la fundación de la Villanueva de Otoao y de una parroquia, antecedente remoto del actual Jayuya, aunque el asentamiento no cuajó de inmediato como núcleo urbano estable.
La comunidad moderna de Jayuya recién se fue consolidando con colonos no indígenas a partir de 1878, en una zona aislada de las ciudades costeras y con escasas comunicaciones, típica del interior montañoso de la isla en el siglo XIX. Durante décadas, esos barrios de montaña dependieron administrativamente de municipios vecinos, mientras crecía la actividad agrícola, sobre todo cafetalera, que definiría la economía local.
Tras varias gestiones de los vecinos, el 9 de marzo de 1911 la Asamblea Legislativa de Puerto Rico aprobó la Ley núm. 34, que creó formalmente el municipio de Jayuya, integrado por los barrios de Jayuya Arriba (Pueblo), Jayuya Abajo y Mameyes Arriba. Al momento de su fundación, el nuevo municipio contaba con 9.287 habitantes, y su primer alcalde fue Rosario Canales, apellido que volvería a aparecer, décadas después, en uno de los episodios más recordados de la historia del pueblo.
Durante la época moderna, Jayuya se desarrolló como uno de los grandes pueblos cafetaleros de Puerto Rico. El clima fresco de la cordillera central, la altitud y los suelos fértiles resultaron ideales para el cultivo del café, que se convirtió en el motor económico y en una seña de identidad del municipio. A lo largo de los siglos XIX y XX, las haciendas y fincas cafetaleras —como la centenaria Hacienda Gripiñas, fundada en el siglo XIX— moldearon el paisaje de montaña y la vida de la comunidad.
El café de altura de Jayuya ganó fama por su calidad, sumándose a la reputación del café puertorriqueño de las tierras altas, que llegó a exportarse a Europa en el siglo XIX antes de que la industria sufriera altibajos por huracanes, crisis de precios y la competencia de otros orígenes en el siglo XX. La cultura del café —con su ciclo de siembra y cosecha, sus haciendas y su saber tradicional— quedó profundamente entrelazada con la historia del pueblo.
Aún hoy, las fincas cafetaleras son parte esencial de la economía y del atractivo turístico de Jayuya, con visitas agroturísticas que muestran el proceso del grano de la planta a la taza. El entorno montañoso, además, alberga algunas de las mayores alturas de la isla, con el cercano Cerro de Punta —el pico más alto de Puerto Rico, de 1.338 metros— y el Bosque Estatal de Toro Negro en sus inmediaciones. Naturaleza de montaña, café y herencia indígena conforman así el carácter de un pueblo profundamente serrano.
Jayuya ocupa un lugar central en la historia política de Puerto Rico por el llamado Grito de Jayuya, un levantamiento del Partido Nacionalista Puertorriqueño ocurrido el 30 de octubre de 1950. El Partido Nacionalista, fundado en 1922 y liderado por Pedro Albizu Campos, llevaba años preparando una insurrección armada contra el gobierno colonial de Estados Unidos, que consideraba una farsa el nuevo estatus de 'Estado Libre Asociado' entonces en discusión en el Congreso estadounidense. Albizu Campos eligió Jayuya como uno de los focos de la revuelta, en parte porque allí, en casa de la dirigente nacionalista Blanca Canales, se guardaban armas.
En la mañana del 30 de octubre, Blanca Canales lideró un contingente armado de nacionalistas que tomó el cuartel de la policía del pueblo, obligando a los agentes a rendirse. Canales se dirigió luego a los vecinos de Jayuya desde el balcón del ayuntamiento, proclamó la independencia de Puerto Rico e izó la bandera puertorriqueña —entonces prohibida por la ley de la mordaza— antes de ordenar que se incendiara el cuartel policial tomado. Fue uno de los varios levantamientos simultáneos que sacudieron distintos pueblos de la isla ese mismo día.
La respuesta del gobierno fue contundente y desproporcionada: tropas de la Guardia Nacional de Puerto Rico bombardearon el pueblo de Jayuya con artillería y aviones, causando graves daños al casco urbano, en un episodio sin precedentes que rara vez se menciona en la historia oficial estadounidense. Los principales líderes nacionalistas, incluidos Albizu Campos y Blanca Canales, fueron arrestados y condenados a largas penas de prisión. El 'Grito de Jayuya' quedó como uno de los episodios más recordados —y más silenciados— de la lucha nacionalista puertorriqueña del siglo XX, y la propia casa de Blanca Canales se conserva hoy como museo histórico municipal.
Hoy Jayuya combina con orgullo las distintas capas de su historia. El legado taíno se celebra cada año en el Festival Nacional Indígena, una de las fiestas culturales más importantes de Puerto Rico, y se exhibe de forma permanente en el Museo El Cemí, cuyo edificio con forma de objeto sagrado taíno se ha convertido en símbolo del pueblo. La memoria del Grito de Jayuya de 1950 se conserva en la Casa Canales, convertida en museo municipal junto al propio Museo El Cemí, un recordatorio de las tensiones políticas que marcaron a la isla en pleno siglo XX.
La tradición cafetalera, por su parte, sigue viva en las haciendas de la montaña, como la Hacienda Gripiñas, que hoy funciona como parador turístico sin perder su identidad de finca centenaria. El café de altura de Jayuya continúa siendo motivo de orgullo local y un atractivo para el creciente turismo agrícola y de naturaleza que visita la cordillera central.
Apodado 'el Pueblo de los Tres Picachos' por las formaciones montañosas que lo rodean, Jayuya es también la puerta al Cerro de Punta, el punto más alto de Puerto Rico, y al Bosque Estatal de Toro Negro. Esa combinación de naturaleza de altura, identidad indígena, historia política y cultura del café hace de Jayuya uno de los destinos más singulares y menos conocidos del interior puertorriqueño, alejado del circuito costero pero profundamente representativo del alma de la isla.