Luquillo, en la costa noreste, es un municipio pequeño y costero conocido cariñosamente como 'la Capital del Sol', y también como 'la Riviera de Puerto Rico' y 'los Come Cocos', por la abundancia de cocoteros en su litoral. Su nombre se asocia al cacique taíno Loquillo (o Luquillo), que resistió a los españoles en la región, aunque los estudiosos lo relacionan más bien con Yukiyú, el nombre taíno de la sierra de El Yunque que domina el pueblo.
De clima cálido y soleado, Luquillo hizo de esa condición su marca: sol, playa y palmeras que atraen tanto a los propios puertorriqueños como a los visitantes que bajan de la selva de El Yunque en busca del mar. Su historia está estrechamente ligada a esa sierra, cuyo bosque comparte con Río Grande y otros municipios vecinos.
El poblamiento de la zona es antiguo: un grupo de españoles procedentes del hato de Caparra se estableció ya en el siglo XVI en un valle cercano al río Mameyes, bajo el patronazgo de San José, aunque los ataques indígenas de comienzos de la conquista —comunes también a Fajardo, Humacao y Loíza— dificultaron el asentamiento durante generaciones. Las gestiones para fundar el pueblo se reactivaron en 1775, y el 3 de julio de 1797 Luquillo quedó constituido como municipio con el nombre de San José de la Tuna, pronto abreviado a Luquillo.
En sus tierras prosperaron haciendas de caña —como La Monserrate, que dio nombre al balneario—, además del cultivo del coco, el café, el algodón y los frutos menores que describían los cronistas coloniales. La pesca completaba el sustento de muchas familias del litoral.
De Luquillo son hijos ilustres como Rosendo Matienzo Cintrón, jurista, orador y fundador del Partido Unión de Puerto Rico, y el escultor Tomás Batista, autor del célebre Monumento al Jíbaro Puertorriqueño.
El gran atractivo de Luquillo es el Balneario de Luquillo (La Monserrate), una amplia playa pública en forma de media luna, bordeada de un extenso cocotal y con aguas mansas protegidas por un arrecife, considerada una de las mejores playas familiares de la isla y equipada como balneario oficial con servicios, sombra y vigilancia.
Sus aguas tranquilas la hacen ideal para bañistas y familias, y su acceso universal —con instalaciones adaptadas como el proyecto 'Mar Sin Barreras', pionero en Puerto Rico para personas con movilidad reducida— la ha convertido en un modelo de playa inclusiva en el Caribe.
A la entrada del pueblo, la célebre fila de kioscos de Luquillo —una sesentena de puestos de comida criolla que sirven frituras, alcapurrias, bacalaítos, pinchos, empanadillas y platos de mariscos— se ha convertido en una parada casi obligada en el trayecto entre San Juan y El Yunque.
Más que un conjunto de puestos, los kioscos son una institución de la cocina popular puertorriqueña, un lugar donde probar la gastronomía de la isla frente al mar y donde locales y turistas comparten mesa a cualquier hora del día. Muchos de ellos, dañados por los huracanes recientes, han sido reconstruidos por sus dueños como símbolo de la resiliencia del pueblo.
La gracia de Luquillo es su posición entre la playa y la montaña: en pocos minutos se pasa de las palmeras de su balneario a la selva lluviosa de El Yunque, cuya Sierra de Luquillo domina el horizonte del pueblo. Esa cercanía lo convierte en base cómoda para explorar el bosque nacional y en parada refrescante para quienes regresan de sus senderos.
Con su sol, su balneario, sus kioscos y su vista de la sierra, Luquillo condensa en poco territorio algunos de los grandes atractivos del noreste puertorriqueño, y ha sabido reinventarse como destino turístico tras el declive de la caña y del coco que sostuvieron su economía durante siglos.