Dorado, en la costa norte a unos 30 km al oeste de San Juan, debe su nombre —según la tradición— tanto al brillo dorado del sol sobre su arena como a las antiguas búsquedas de oro en las arenas de sus ríos durante los primeros tiempos de la colonia; su nombre oficial es San Antonio del Dorado. El historiador Marcelino Canino documentó, además, que el topónimo podría derivar del apellido de una familia gallega, los Dorado, establecida en la desembocadura del río La Plata.
El territorio perteneció a Toa Baja hasta que el gobernador Santiago de Méndez Vigo firmó el decreto de fundación del nuevo pueblo el 22 de noviembre de 1842, gracias sobre todo a las gestiones de Jacinto López Martínez —primer alcalde con título de 'Capitán Poblador'— y del médico José de Folgueras. La iglesia parroquial fue consagrada en 1848.
Durante mucho tiempo, Dorado fue una importante zona agrícola e industrial: a su alrededor había numerosas centrales azucareras que producían azúcar negra, melao, anís y ron, y a comienzos de la década de 1960 todavía molía en sus terrenos la central Constancia, una de las últimas del norte.
Con el declive del azúcar, el municipio se reorientó hacia un perfil residencial y turístico de alto nivel, y hoy figura entre las poblaciones de mayor renta de la isla, con urbanizaciones y comunidades cerradas junto al mar y una fuerte presencia de servicios. Esa transformación, de pueblo azucarero a enclave acomodado, ejemplifica el cambio de la economía puertorriqueña en el siglo XX.
Dorado es uno de los grandes destinos de golf y resorts de lujo del Caribe. A mediados del siglo XX, Laurance Rockefeller desarrolló en estos terrenos —parte de una antigua hacienda de la familia Livingston— el legendario complejo de Dorado Beach, con campos de golf diseñados por Robert Trent Jones que han acogido torneos de primer nivel y han atraído a golfistas, presidentes y celebridades de todo el mundo.
Hoy, marcas hoteleras de máximo lujo operan en la zona, incluida una Reserve de renombre internacional, que se ha consolidado como uno de los enclaves más exclusivos de Puerto Rico y un símbolo del turismo de alto poder adquisitivo en la isla.
Las playas de Dorado, más resguardadas y tranquilas que las del resto de la costa norte, y su balneario público (Ojo del Buey y Sardinera, entre otras) lo convierten en un destino de relax y deporte a apenas media hora de la capital. Sus aguas suelen ser más calmas, protegidas por arrecifes y ensenadas, lo que las hace aptas para familias y bañistas.
Esa combinación de mar sosegado, golf y cercanía a San Juan hace de Dorado un lugar apreciado tanto por residentes acomodados como por visitantes que buscan descanso sin alejarse del área metropolitana.
Bien comunicado con San Juan por autopista, Dorado se ha convertido en una zona residencial de prestigio y en destino de escapadas, con un casco urbano tranquilo, su plaza y su iglesia, y un entorno de ríos, bosques y costa. La cercanía al Karso del Norte y a las playas del noroeste amplía su atractivo natural, y en años recientes ha atraído a inversionistas y nuevos residentes acogidos a incentivos fiscales.
De pueblo azucarero a enclave de golf y resorts, Dorado ilustra bien la transformación de muchas localidades costeras de Puerto Rico, que pasaron de la caña a los servicios y el turismo a lo largo del siglo XX.