En un extremo de Playa Flamenco, la playa que casi todas las listas del mundo colocan entre las más bellas del planeta, hay dos tanques de guerra oxidados, hundidos en la arena blanca y cubiertos de grafiti. Esa imagen imposible —el hierro de la Marina de Estados Unidos herrumbrándose junto a un mar turquesa de postal— resume la historia de Culebra mejor que cualquier fecha: una isla diminuta, casi olvidada durante siglos, que pasó de refugio de piratas a polígono de tiro militar y de ahí a paraíso protegido. Para entender por qué esos tanques siguen ahí, hay que remontarse muy atrás.
Culebra, como las demás islas del este de Puerto Rico, formó parte del mundo indígena del Caribe antes de la llegada de los europeos. Los pueblos de tradición taína y sus predecesores recorrían estas aguas y usaban las islas y cayos como puntos de paso, pesca y refugio en sus desplazamientos por el arco antillano. El pequeño tamaño de Culebra y, sobre todo, la escasez de agua dulce limitaron, sin embargo, un poblamiento estable y numeroso.
Tras la colonización española de Puerto Rico en el siglo XVI, Culebra permaneció durante siglos prácticamente despoblada y al margen del control efectivo de la Corona. Su aislamiento, sus calas escondidas y su posición estratégica en las rutas marítimas la convirtieron en un refugio ideal para piratas, corsarios y contrabandistas, que la usaban como base ocasional y escondite, lejos de las autoridades.
Durante mucho tiempo, Culebra fue así una isla casi olvidada por la administración colonial, un territorio marginal frecuentado por navegantes de toda laya. Su colonización formal y su poblamiento estable no llegarían hasta muy tarde, ya en las últimas décadas del dominio español, cuando España decidió afirmar su soberanía sobre estas islas del este frente a la presencia de otras potencias en el Caribe oriental.
La colonización formal de Culebra es notablemente tardía. Recién hacia finales del siglo XIX, España promovió el poblamiento estable de la isla, en el marco de su interés por consolidar el dominio de las islas del este de Puerto Rico ante la presencia de otras potencias en el Caribe (los daneses en las cercanas Islas Vírgenes, por ejemplo). El asentamiento permanente y la fundación del primer pueblo de Culebra suelen datarse hacia 1880.
El establecimiento de la población estuvo ligado a figuras como Cayetano Escudero, considerado uno de los promotores del poblamiento, y la isla se organizó administrativamente bajo el dominio español. La vida en Culebra era modesta, condicionada por la escasez de agua y recursos, y orientada a la pesca y a una agricultura limitada.
Apenas unas décadas después de su colonización formal, el destino de Culebra cambió de manos: en 1898, tras la guerra hispano-estadounidense y el Tratado de París, la isla pasó —junto con todo Puerto Rico— a la soberanía de los Estados Unidos. Comenzaba así una nueva etapa que, para Culebra, estaría marcada por una presencia inesperada y determinante: la de la Marina estadounidense.
De la época final del dominio español data uno de los monumentos más emblemáticos de la zona: el faro de Culebrita, en el islote del mismo nombre al este de Culebra. Inaugurado en 1886, este faro fue construido por España para guiar la navegación en este tramo de las Antillas, en un punto clave de paso entre Puerto Rico y las Islas Vírgenes. Aunque hoy está en ruinas, sigue siendo un hito histórico y un mirador excepcional.
Ya bajo soberanía estadounidense, Culebra protagonizó un hito en la historia de la conservación. En 1909, el presidente Theodore Roosevelt estableció en la isla y sus cayos un refugio para aves marinas, que sería el origen del actual Refugio Nacional de Vida Silvestre de Culebra. Se trata de uno de los refugios de vida silvestre más antiguos de los Estados Unidos, creado para proteger las importantes colonias de aves que anidaban en los cayos.
Este temprano impulso conservacionista tendría enormes consecuencias a largo plazo: protegió ecosistemas, playas, arrecifes y cayos que hoy son la base del atractivo natural de Culebra. La combinación del faro histórico, el refugio centenario y la baja densidad de población contribuyó a preservar la isla y a forjar su carácter de paraíso natural poco alterado.
Como ocurriría también con Vieques, el siglo XX trajo a Culebra la presencia de la Marina de los Estados Unidos. A lo largo de buena parte del siglo, la Marina utilizó la isla y sus alrededores como zona de maniobras y prácticas de tiro, incluidos bombardeos de entrenamiento. Esta actividad militar condicionó profundamente la vida de los culebrenses: limitó el desarrollo de la isla, restringió el acceso a tierras y aguas, y generó preocupación por la seguridad y el medio ambiente.
La población de Culebra protagonizó una larga y decidida lucha contra el uso militar de su isla. Las protestas, la desobediencia civil y la presión política de los culebrenses y de aliados en todo Puerto Rico fueron creciendo a lo largo de los años, en un movimiento que reclamaba el cese de los bombardeos y la devolución de las tierras. Fue, en cierto modo, un precedente de lo que décadas más tarde ocurriría en Vieques.
La lucha dio frutos: la Marina cesó sus ejercicios en Culebra en 1975, abandonando el uso de la isla para prácticas de tiro varias décadas antes de hacerlo en Vieques. Aquella victoria fue un momento clave en la historia de Culebra y un hito en la historia de los movimientos sociales puertorriqueños. Liberada de la actividad militar, la isla pudo orientarse hacia la conservación y, con el tiempo, hacia un turismo de naturaleza respetuoso.
El legado de la época militar dejó en Culebra un símbolo tan inesperado como fotogénico: los tanques de Playa Flamenco. En un extremo de esta playa —hoy considerada una de las mejores del mundo—, semienterrados en la arena, se conservan dos viejos tanques militares oxidados, vestigios de los años en que la Marina usaba la zona para sus prácticas. Cubiertos con el tiempo de grafitis coloridos por los visitantes, se han convertido en uno de los rincones más curiosos y fotografiados de Culebra.
La presencia de esos tanques en una playa paradisíaca encierra toda una metáfora de la historia de la isla: la convivencia entre la belleza natural y la memoria de un pasado militar que la condicionó durante décadas. Lejos de borrarse, esa huella se ha integrado en el paisaje y forma parte del relato de Culebra.
Tras la salida de la Marina, Playa Flamenco y el resto de la isla pudieron desarrollar plenamente su vocación de paraíso natural. Sin grandes resorts ni desarrollo masivo —en parte por las décadas de uso militar y por la fuerte protección ambiental—, las playas y aguas de Culebra se mantuvieron extraordinariamente conservadas, lo que las hizo destacar a nivel mundial. Flamenco, con su arena blanca, sus aguas turquesa y sus tanques oxidados, se convirtió en la imagen de una Culebra que transformó su difícil historia en belleza protegida.
Hoy Culebra es uno de los grandes tesoros de Puerto Rico: una pequeña isla de naturaleza, calma y belleza excepcional, que ha sabido preservar su carácter frente al desarrollo masivo. Su joya, Playa Flamenco, figura entre las mejores playas del mundo, pero la isla entera es un paraíso de aguas cristalinas, arrecifes vivos, cayos vírgenes como Culebrita, tortugas marinas y un ritmo de vida deliciosamente pausado.
La baja densidad de población, la ausencia de grandes resorts, la fuerte protección ambiental (con uno de los refugios de vida silvestre más antiguos del país) y la herencia de su historia —incluida la lucha contra el uso militar— han mantenido a Culebra como un destino auténtico y tranquilo, muy distinto de las zonas más turísticas de la isla grande. Aquí el plan es simple: disfrutar del mar, hacer snorkel, recorrer la isla en golf cart y dejarse llevar por la calma.
De refugio de piratas a campo de maniobras y, finalmente, a santuario natural y destino de fama mundial, Culebra ha recorrido un largo camino. Su historia, marcada por el aislamiento, la colonización tardía, la presencia militar y la lucha de su gente, desemboca hoy en una isla que celebra su naturaleza protegida y su tranquilidad. Visitar Culebra es entregarse al Caribe más puro y sencillo, y reconocer, en sus tanques oxidados y sus arrecifes vivos, una historia de resiliencia y de belleza preservada.