Cataño es la orilla de enfrente de San Juan, y esa condición —estar del otro lado del agua— lo explica casi todo. Desde aquí se ve la ciudad amurallada como una postal flotando sobre la bahía; hasta aquí llegó, huyendo de una revolución, la familia dueña de la marca de ron más famosa del mundo; y desde aquí zarpa, cada media hora, una humilde lancha que hace más de un siglo une a los trabajadores catañenses con la capital. Pocos municipios tan pequeños guardan una historia tan grande.
La historia de Cataño es inseparable de la bahía de San Juan, en cuya orilla opuesta se asienta, frente a la ciudad amurallada. Durante toda la época colonial española, la región que hoy ocupa el municipio fue parte del entorno de la capital, una zona de tierras bajas y manglares al otro lado del agua que se relacionaba con San Juan a través de la bahía.
Esa relación a través del agua fue determinante. Mientras San Juan se convertía en una de las plazas fuertes más importantes del Caribe español —protegida por sus murallas y por los castillos del Morro y San Cristóbal—, la orilla de Cataño funcionaba como punto de cruce, abastecimiento y comunicación. Las embarcaciones que atravesaban la bahía conectaban la ciudad con la tierra firme circundante, en un trajín constante que es el antecedente directo de la actual lancha de Cataño.
El nombre 'Cataño' tiene varias explicaciones tradicionales. Una de las más difundidas lo vincula a apellidos de antiguos pobladores o propietarios de tierras de la zona. Como ocurre con muchos topónimos de origen colonial, las fuentes lo presentan con cierta variación, por lo que conviene tomarlo como una tradición más que como un dato establecido con total certeza. Lo indudable es que, desde temprano, Cataño quedó marcado por su condición de 'orilla de enfrente' de la capital.
Durante buena parte de su historia, el territorio de Cataño no constituyó un municipio propio, sino que estuvo vinculado administrativamente a Bayamón, uno de los grandes municipios del área. La zona fue creciendo como un poblado de la periferia de San Juan, con su población, su actividad ligada a la bahía y su vida propia, pero dependiente de otra jurisdicción.
La aspiración a la autonomía administrativa se concretó en 1927, año en que Cataño se constituyó como municipio independiente, segregándose de Bayamón. Esta separación reflejaba el peso demográfico y la identidad ya consolidada de la localidad, que reclamaba su propio gobierno municipal. Cataño se convirtió así en uno de los municipios de Puerto Rico, pese a ser uno de los más pequeños en extensión territorial.
A partir de entonces, Cataño siguió su propio camino dentro del área metropolitana de San Juan, desarrollando su perfil característico: una combinación de zona residencial densamente poblada y de área industrial y portuaria, aprovechando su ubicación sobre la bahía. Esa doble vocación —residencial e industrial— marcaría el desarrollo del municipio a lo largo del siglo XX.
El hito que dio fama mundial a Cataño es la instalación allí de la gran destilería de Bacardí. La historia de esta marca, sin embargo, no empieza en Puerto Rico, sino en Cuba: la empresa fue fundada en Santiago de Cuba en 1862 por el catalán Facundo Bacardí Massó, quien revolucionó la elaboración del ron y dio origen a una de las casas roneras más célebres del mundo, identificada por su famoso símbolo del murciélago.
A lo largo del siglo XX, y especialmente tras los cambios políticos en Cuba a partir de 1959 —cuando la empresa y la familia Bacardí salieron de la isla—, la compañía expandió y diversificó sus operaciones por distintos países. Puerto Rico se convirtió en un centro clave de su producción: la gran planta de Cataño, sobre la bahía de San Juan, llegó a ser la mayor destilería de ron del mundo, lo que le valió el apodo de 'la Catedral del Ron'.
Con el tiempo, la destilería de Cataño no solo se consolidó como un coloso industrial, sino también como una de las principales atracciones turísticas de Puerto Rico. La Casa Bacardí abrió sus puertas a los visitantes con tours que narran la saga familiar, el proceso de elaboración del ron y la cultura del cóctel, convirtiendo a Cataño en parada obligada para quienes recorren el área metropolitana. Así, un municipio pequeño de la otra orilla de la bahía pasó a estar en el mapa mundial del ron.
Pocos elementos representan tan bien la identidad de Cataño como su lancha, el ferry que cruza la bahía de San Juan entre el municipio y el muelle del Viejo San Juan. Este servicio de transporte por agua es heredero directo de las embarcaciones que, desde la época colonial, conectaban ambas orillas, y se convirtió con el tiempo en una institución del área metropolitana.
La lancha de Cataño ha sido durante generaciones un medio de transporte cotidiano y popular: miles de catañenses la han usado a diario para ir a trabajar a la capital, cruzando la bahía en pocos minutos por un pasaje muy económico. Hoy forma parte del sistema de transporte marítimo metropolitano (conocido como AcuaExpreso), e integra el cruce de la bahía en la red de movilidad del área de San Juan.
Para el visitante, la lancha es además una experiencia turística en sí misma: ofrece una de las mejores vistas del Viejo San Juan desde el mar, con sus murallas, sus casas de colores y los castillos del Morro y San Cristóbal recortándose sobre la bahía. De este modo, la humilde lancha de los trabajadores se convirtió también en un paseo querido por los turistas, uniendo en una misma travesía lo cotidiano y lo monumental, las dos orillas de la bahía de San Juan.
Detrás de la enorme destilería de Cataño hay una de las sagas familiares más novelescas del Caribe. Todo empezó en 1862 en Santiago de Cuba, cuando el emigrante catalán Facundo Bacardí Massó compró una pequeña destilería y, tras años de experimentos, logró un ron más suave y filtrado que rompía con el aguardiente tosco de la época. Según la tradición de la casa, en las vigas de aquel primer alambique vivía una colonia de murciélagos de la fruta; la esposa de Facundo, Amalia, propuso usar el murciélago como emblema, y ese símbolo —de buena suerte en la cultura taína y símbolo de unión familiar— acabó en cada botella de Bacardí que se vende hoy en el mundo.
La marca creció hasta volverse casi sinónimo de Cuba, pero la historia dio un vuelco con la Revolución de 1959. El nuevo gobierno cubano nacionalizó las propiedades de la empresa, y la familia Bacardí, que se había opuesto al régimen, tuvo que abandonar la isla y sus destilerías. Lo que salvó a la compañía de desaparecer fue una decisión tomada años antes: Bacardí ya había registrado sus marcas fuera de Cuba y montado operaciones en otros países, entre ellos Puerto Rico, donde desde la década de 1930 tenía una planta en Cataño. Ese pie fuera de Cuba le permitió sobrevivir al exilio y convertirse en una multinacional del ron.
Así, la planta de Cataño —ampliada hasta ser la mayor destilería de ron del mundo, la 'Catedral del Ron'— pasó de ser una operación secundaria a corazón productivo de la marca. La paradoja es elocuente: un ron nacido cubano encontró su capital mundial en la otra orilla de la bahía de San Juan. Por eso, recorrer hoy la Casa Bacardí en Cataño no es solo probar cócteles: es asomarse a una historia de emigración, ingenio, revolución y exilio que atraviesa siglo y medio y dos islas del Caribe.