La historia de Oporto se remonta a más de dos mil años, y está unida desde el principio a su río. En la desembocadura del Duero (Douro) existía ya en época prerromana un asentamiento de pueblos castreños y, posiblemente, una factoría comercial fenicia o griega que aprovechaba el puerto natural protegido. Cuando llegaron los romanos, en torno al siglo I a.C., consolidaron en este punto estratégico un puerto fluvial y marítimo conocido como 'Portus Cale': el 'puerto de Cale' o 'puerto cálido', un enclave para el comercio y el control de las rutas del noroeste peninsular.
De ese topónimo, 'Portus Cale', derivaría con el tiempo nada menos que el nombre de todo un país: Portugal. La zona del condado en torno a este puerto se llamaría 'Portucale' y luego 'Portugal', primero como condado dependiente de los reinos del norte y después como reino independiente. Pocas ciudades pueden presumir de haber dado su nombre a una nación entera, y Oporto lo lleva con orgullo.
Durante la época romana, la región se integró en la provincia de Gallaecia y luego en la Lusitania, conectada por calzadas que la unían con Braga (Bracara Augusta) y otras ciudades. Tras la caída de Roma, el territorio pasó por manos suevas —que establecieron un reino en el noroeste con capital en Braga— y luego visigodas. La importancia portuaria de Portus Cale se mantuvo a lo largo de estos siglos de transición, sentando las bases de la ciudad que crecería en la Edad Media.
Tras la conquista musulmana de la península en el siglo VIII, la región del Duero quedó en una zona de frontera, disputada y a menudo despoblada entre el avance islámico desde el sur y la reconquista cristiana desde el norte. La ciudad de Portus Cale fue reconquistada definitivamente para los cristianos en el siglo IX, y en torno a ella se organizó un territorio fronterizo dependiente del Reino de León: el condado Portucalense, con centro en la región entre los ríos Miño y Duero.
Este condado fue la semilla de Portugal. A fines del siglo XI, el rey Alfonso VI de León y Castilla lo entregó como dote al noble franco Enrique de Borgoña, casado con su hija Teresa. El hijo de ambos, Alfonso Henriques (Afonso Henriques), aspiró a la independencia: tras derrotar a las fuerzas de su madre y enfrentarse a León, se proclamó rey y, en torno a 1139-1143, consolidó el Reino de Portugal, del que sería el primer monarca. La región de Oporto y el Duero fue, así, el corazón donde nació la nación portuguesa.
Durante la Edad Media, Oporto creció como ciudad portuaria y mercantil, con una población de comerciantes, artesanos y marineros de fuerte carácter. La ciudad medieval se desarrolló en la ladera sobre el río, rodeada por la muralla Fernandina (siglo XIV). A diferencia de otras ciudades, Oporto desarrolló un espíritu burgués e independiente: la nobleza tenía vedado vivir dentro de las murallas, lo que reforzó el carácter trabajador y comerciante de sus habitantes, un rasgo que la ciudad conserva hasta hoy.
Uno de los acontecimientos más célebres de la historia de Oporto ocurrió en 1387, cuando en su catedral (la Sé) se celebró la boda del rey Juan I de Portugal, fundador de la dinastía de Avís, con Felipa de Lancáster, princesa inglesa hija de Juan de Gante. Este matrimonio selló el Tratado de Windsor (1386), que estableció la alianza anglo-portuguesa, considerada la alianza diplomática más antigua del mundo todavía en vigor. De la unión de Juan I y Felipa nacería una notable generación de príncipes, conocida como la 'ínclita geração', entre ellos el infante Don Enrique 'el Navegante', impulsor de las grandes expediciones marítimas que inaugurarían la era de los Descubrimientos.
A Oporto está ligada también una de las leyendas identitarias más queridas de la ciudad: el origen del apodo 'tripeiros' (comedores de tripas) con que se conoce a sus habitantes. Según la tradición, cuando se preparaban las flotas para la conquista de Ceuta en 1415 —empresa en la que participó el infante Don Enrique—, los habitantes de Oporto entregaron generosamente toda la carne de calidad de la ciudad para abastecer a los barcos, quedándose ellos únicamente con las tripas y las vísceras. Con esos despojos crearon el plato de las 'tripas à moda do Porto', que se convirtió en un símbolo de su orgullo, generosidad y carácter sacrificado.
Durante los siglos de los Descubrimientos, Oporto, aunque algo más alejada de la corte de Lisboa, mantuvo su pujanza como puerto comercial del norte, conectado con el Atlántico, Inglaterra y el norte de Europa. La alianza inglesa, en particular, marcaría profundamente el futuro económico de la ciudad a través de un producto que la haría famosa: el vino.
El producto que hizo mundialmente famosa a Oporto y transformó su economía fue, sin duda, el vino que lleva su nombre. A partir del siglo XVII, y muy especialmente en el XVIII, el comercio del vino de Oporto con Inglaterra experimentó un auge extraordinario. Las frecuentes guerras entre Inglaterra y Francia dificultaban a los británicos el acceso a los vinos franceses, así que volvieron su mirada hacia Portugal, su antiguo aliado, y hacia los vinos del Valle del Duero.
Para que el vino resistiera el viaje por mar hasta Inglaterra, los comerciantes empezaron a añadirle aguardiente, deteniendo la fermentación y dando lugar a un vino fortificado, más fuerte y dulce: el vino de Oporto tal como lo conocemos. El Tratado de Methuen (1703) entre Portugal e Inglaterra consolidó esta relación comercial, favoreciendo la entrada de los vinos portugueses en el mercado británico. Surgieron numerosas casas comerciales, muchas de ellas de origen inglés (Sandeman, Taylor's, Graham's, Croft), que se instalaron a ambos lados del Atlántico y en las bodegas de Vila Nova de Gaia.
En 1756, el marqués de Pombal creó la 'Companhia Geral da Agricultura das Vinhas do Alto Douro' y demarcó la región vinícola del Duero, una de las primeras denominaciones de origen reguladas del mundo. El vino, producido en los viñedos en bancales del valle, bajaba por el río en los 'barcos rabelos' hasta las caves de Gaia, donde envejecía y se embotellaba para su exportación. Este comercio enriqueció enormemente a Oporto, financió la construcción de muchos de sus monumentos y consolidó una próspera burguesía comerciante, cuyo poder quedaría reflejado en edificios como el Palacio de la Bolsa.
El siglo XIX fue convulso y heroico para Oporto, y le dio uno de sus títulos más queridos: 'Cidade Invicta' (Ciudad Invicta). La ciudad, con su tradición burguesa, comerciante y de espíritu independiente, fue un foco temprano del liberalismo en Portugal. En 1820 estalló en Oporto la Revolución Liberal, un levantamiento que exigía una constitución y el fin del absolutismo, y que marcó el inicio de la transformación política del país hacia el constitucionalismo.
Las tensiones entre liberales y absolutistas desembocaron en las Guerras Liberales (o guerras civiles portuguesas) de la década de 1830, que enfrentaron a los partidarios del rey absolutista Don Miguel con los del liberal Don Pedro (antiguo emperador de Brasil). Oporto se convirtió en el bastión liberal y, entre 1832 y 1833, sufrió un largo y durísimo asedio por las tropas absolutistas miguelistas. Durante aproximadamente un año, la ciudad resistió bombardeos, hambre y epidemias sin rendirse, en lo que se conoce como el 'Cerco do Porto' (Sitio de Oporto). La heroica resistencia de sus habitantes le valió el título de 'Cidade Invicta', la ciudad nunca vencida, del que los portuenses se sienten profundamente orgullosos.
Tras la victoria liberal, Oporto entró en un periodo de modernización y crecimiento industrial. La segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX vieron la construcción de sus emblemáticos puentes de hierro sobre el Duero —el María Pía (1877), de la escuela de Eiffel, y el Don Luís I (1886)—, la llegada del ferrocarril, la edificación de la estación de São Bento y la transformación de la avenida de los Aliados. La ciudad afirmaba su papel como capital del norte y motor industrial y comercial del país.
A lo largo del siglo XX, Oporto consolidó su carácter de gran ciudad industrial, comercial y portuaria del norte de Portugal, segunda urbe del país después de Lisboa. La ciudad creció más allá de sus murallas medievales, desarrolló barrios nuevos, industrias y una vida cultural propia, marcada por un fuerte sentimiento de identidad frente a la capital. La rivalidad amistosa entre Oporto y Lisboa, entre el norte y el sur, forma parte del carácter portugués.
Durante buena parte del siglo, sin embargo, el centro histórico de la Ribeira sufrió un proceso de deterioro y empobrecimiento, con muchas casas degradadas y una población envejecida. La recuperación llegó con un reconocimiento internacional clave: en 1996, la Unesco inscribió el Centro Histórico de Oporto en la lista de Patrimonio Mundial, valorando su extraordinario paisaje urbano sobre el Duero, su continuidad histórica de más de dos mil años y su conjunto monumental. La declaración impulsó la rehabilitación de la Ribeira y del casco antiguo. Más tarde, en 2008, la inscripción se amplió para incluir el puente Don Luís I y el monasterio de la Serra do Pilar, en la orilla de Gaia.
En las décadas siguientes, Oporto vivió una notable transformación y un auge turístico. La rehabilitación del centro, la apertura de nuevos hoteles, restaurantes y espacios culturales —como la Casa da Música, de Rem Koolhaas, o la Fundación Serralves, con su museo de arte contemporáneo y sus jardines—, la mejora de los transportes con el metro y la promoción internacional convirtieron a Oporto en uno de los destinos europeos de moda, premiado en varias ocasiones como mejor destino turístico de Europa. Hoy la 'Cidade Invicta' combina su patrimonio milenario, su tradición vinícola y su carácter auténtico con una vitalidad cultural y turística renovada.