Antes de ser la villa de cuento que hoy recorren los turistas, Óbidos fue, ante todo, una posición estratégica: una colina destacada sobre una llanura que en la Antigüedad estaba mucho más cerca del mar, junto a una laguna. Esa geografía —altura defendible, agua próxima, campos fértiles— explica por qué el lugar estuvo habitado desde muy antiguo. Las primeras comunidades fueron tribus celtas, y más tarde el sitio se integró en las redes comerciales del mundo antiguo.
Los romanos dejaron aquí una huella clara. En las inmediaciones de la villa se ha identificado la civitas de Eburobrittium, una población romana con foro, termas y otras estructuras cuyos restos han sido excavados. El propio nombre de Óbidos suele relacionarse con el latín oppidum, 'ciudad fortificada' o 'plaza fuerte', lo que resume perfectamente su naturaleza: un enclave amurallado en lo alto.
Tras la caída del Imperio romano y el paso de los pueblos germánicos, la colina siguió siendo un punto defensivo. La verdadera transformación en fortaleza llegó con los musulmanes: en algún momento después del año 713, en el marco de la expansión islámica por la península, los moros levantaron una fortificación en la cima. De aquella etapa proceden los cimientos de las murallas que aún rodean por completo la villa, uno de los conjuntos amurallados mejor conservados de todo Portugal.
En el siglo XII, la naciente monarquía portuguesa avanzaba hacia el sur a costa de los territorios musulmanes. Óbidos, plaza fuerte bien defendida, fue uno de los objetivos. En 1148 —poco después de la conquista de Lisboa—, el primer rey de Portugal, Afonso Henriques, tomó la villa a los moros. La tradición atribuye la hazaña a una estratagema del caballero Gonçalo Mendes da Maia, aunque los detalles pertenecen más a la leyenda que a la crónica documentada.
Incorporada al reino, Óbidos comenzó su vida como villa cristiana portuguesa. En 1195, el rey Sancho I le concedió su primer foral, la carta que regulaba sus derechos, deberes y privilegios, dando forma jurídica a la comunidad. Bajo el amparo real, la villa creció dentro de sus murallas: iglesias, calles empedradas, casas encaladas y, dominándolo todo, el castillo en el punto más alto.
Los reyes de la primera dinastía cuidaron y embellecieron Óbidos. El rey Dinis (finales del siglo XIII y comienzos del XIV) remodeló el castillo y reforzó las murallas, y más tarde el rey Fernando I mandó levantar la imponente torre del homenaje que aún corona la fortaleza. Esa dedicación real no era casual: Óbidos había entrado en una relación singular con la corona que marcaría su destino durante más de quinientos años.
El rasgo que hace única a Óbidos en la historia de Portugal es haber sido, durante siglos, propiedad de las reinas. Se la conoce por ello como la 'Vila das Rainhas', la villa de las reinas. La costumbre consistía en que el rey entregaba Óbidos —junto con otras localidades— a su esposa como parte de su dote o patrimonio personal, integrándola en la llamada 'Casa das Rainhas', el conjunto de bienes que sostenían económicamente a la reina.
El episodio más célebre y emblemático es el del rey Dinis y su esposa Isabel de Aragón, la futura Santa Isabel de Portugal, la 'Rainha Santa'. Según la tradición, tras su boda, Dinis regaló Óbidos a Isabel en 1282, un gesto que quedó grabado en la memoria popular como el origen de la villa de las reinas. (Ya antes, en 1210, el rey Afonso II había vinculado la villa a la reina Urraca, de modo que la relación de Óbidos con las reinas venía de atrás.)
Lo notable es que la tradición no fue un hecho aislado, sino una institución que se mantuvo de reina en reina. Sucesivas soberanas recibieron y enriquecieron la villa con donaciones, obras y privilegios desde la Edad Media hasta bien entrada la Edad Moderna. Esta protección regia continuada, ininterrumpida durante generaciones, explica por qué Óbidos se conservó con tanto esmero y por qué acumuló un patrimonio artístico desproporcionado para su tamaño. La 'Casa das Rainhas', y con ella la posesión real de Óbidos, se mantuvo formalmente hasta su extinción, en 1834, con las reformas liberales del siglo XIX. También la villa fue escenario de la vida de la corte: en la iglesia de Santa María se celebró, en 1441, la boda del joven rey Afonso V con su prima Isabel de Coimbra.
El 1 de noviembre de 1755, el gran terremoto de Lisboa —uno de los más devastadores de la historia de Europa— sacudió todo el centro de Portugal. Óbidos no quedó al margen: el sismo dañó tramos de sus murallas, iglesias y edificios, y obligó a reparaciones. Aunque la villa sobrevivió, el desastre marcó, como en tantos otros lugares, un antes y un después.
Con el correr de los siglos, y sobre todo tras la extinción de la Casa das Rainhas en 1834, Óbidos fue perdiendo la relevancia política y económica que su vínculo con la corona le había dado. Además, la laguna que antaño la acercaba al mar se había ido cegando, alejando la costa y restándole importancia estratégica y comercial. La villa quedó al margen de las grandes rutas y del desarrollo industrial del siglo XIX y comienzos del XX.
Ese relativo olvido, sin embargo, tuvo una consecuencia afortunada: Óbidos no fue derribada, ensanchada ni modernizada, como sí ocurrió con tantas ciudades que crecieron. Sus murallas siguieron en pie, sus calles conservaron el trazado medieval y sus casas mantuvieron el aire de siempre. El pueblo se durmió, en cierto sentido, dentro de su anillo de piedra, y así llegó casi intacto al siglo XX. También dejó nombres propios al arte: en el siglo XVII vivió y trabajó aquí Josefa de Óbidos, una de las grandes pintoras del barroco portugués, cuyas obras aún se admiran en las iglesias locales.
En el siglo XX, precisamente aquello que había condenado a Óbidos al olvido —su conservación intacta— se convirtió en su mayor tesoro. El régimen del Estado Novo la promovió como imagen del 'Portugal pintoresco', y en las décadas siguientes la villa se consolidó como uno de los destinos turísticos más queridos del país, parada casi obligada en las excursiones desde Lisboa y en las rutas por el centro. Un hito fue la conversión del castillo en la Pousada Castelo de Óbidos, uno de los primeros hoteles instalados en un monumento histórico portugués, hoy parte de la red de Pousadas de Portugal.
Óbidos ha sabido reinventar su identidad más allá de la postal amurallada. Su ginjinha, licor de guinda cuya producción local se remonta al siglo XIX, se sirve en pequeños vasos de chocolate y se ha vuelto un emblema goloso de la villa. Y en las últimas décadas apostó fuerte por los libros: transformó iglesias desconsagradas y espacios en desuso en librerías con encanto, y en 2015 fue designada Ciudad de la Literatura de la Unesco, lo que dio origen al festival literario FOLIO, cada octubre. A ese calendario se suman el multitudinario Mercado Medieval de julio y el 'Óbidos Vila Natal', el mercado de Navidad montado junto al castillo.
Así, la antigua plaza fuerte romana, castillo moro reconquistado en 1148 y villa de las reinas de Portugal, es hoy un pueblo vivo que combina piedra medieval, ginjinha, libros y fiestas. Recorrer su muralla —con cuidado, porque en gran parte no tiene baranda—, perderse por sus callejuelas floridas y probar un vaso de chocolate lleno de licor son formas de asomarse a más de dos milenios de historia condensados en apenas 1,5 km de murallas.