Lisboa es una de las ciudades más antiguas de Europa occidental, más vieja incluso que Roma o Londres. La leyenda más poética atribuye su fundación al héroe griego Ulises (Odiseo), que en su largo regreso a Ítaca habría llegado hasta esta costa atlántica; de ahí derivaría el nombre antiguo 'Olisipo' o 'Ulisipo'. Es solo un mito, pero refleja la fascinación que la ciudad despertó desde tiempos remotos. La realidad histórica habla de asentamientos muy antiguos en la colina del castillo y de un puerto comercial fenicio, que algunos vinculan con el nombre 'Alis Ubbo' ('puerto seguro' o 'ensenada amena'), aprovechando el magnífico abrigo natural del estuario del Tajo.
Por su posición estratégica, en la desembocadura de un gran río navegable y de cara al Atlántico, Lisboa atrajo a los grandes pueblos del Mediterráneo antiguo. Fenicios, griegos y cartagineses comerciaron en sus orillas. En el siglo II a.C., durante las guerras de conquista de la península ibérica, llegaron los romanos. Bajo Roma, la ciudad fue elevada a municipio con el nombre de 'Felicitas Julia Olisipo', en honor a Julio César, y prosperó como centro comercial y administrativo de la Lusitania, exportando garum (salsa de pescado), sal, vino y caballos.
De aquella Lisboa romana quedan vestigios bajo la ciudad moderna: las galerías romanas de la Rua da Prata, restos de un teatro romano (con su museo) en la zona de la catedral y trazas de termas y necrópolis. La caída del Imperio romano de Occidente trajo a los pueblos germánicos —suevos y, sobre todo, visigodos—, que dominaron la región hasta la siguiente gran transformación, que llegaría desde el sur, cruzando el estrecho de Gibraltar.
En el año 711, los ejércitos musulmanes procedentes del norte de África cruzaron a la península ibérica y, en pocos años, derrotaron al reino visigodo. Lisboa quedó integrada en al-Ándalus y pasó a llamarse 'al-Ishbuna' (o 'Lishbuna'). Durante más de cuatro siglos, la ciudad formó parte del mundo islámico, primero bajo el Califato de Córdoba y luego, tras su fragmentación, dentro de distintos reinos de taifas y de los imperios almorávide y almohade que llegaron del norte de África.
La Lisboa musulmana fue una ciudad amurallada, próspera y populosa, con un activo puerto comercial y huertas en los alrededores. De aquella época proviene buena parte del carácter del barrio de la Alfama —cuyo nombre deriva del árabe 'al-hamma', en referencia a fuentes o baños termales—, con su trazado intrincado de callejuelas estrechas, escaleras y patios, pensado para dar sombra, intimidad y defensa. La alcazaba, en la cima de la colina, era el corazón defensivo y administrativo, y daría lugar al actual Castelo de São Jorge.
La convivencia entre musulmanes, cristianos (mozárabes) y judíos marcó la vida de la ciudad. Esa herencia árabe perdura no solo en el urbanismo, sino también en numerosas palabras del portugués, en técnicas agrícolas, en la cerámica y en el gusto por los azulejos, que más tarde se convertirían en una seña de identidad de toda Lisboa. La ciudad islámica fue codiciada por los reinos cristianos del norte, que avanzaban poco a poco hacia el sur en el largo proceso de la Reconquista, y su conquista se convertiría en uno de los episodios fundacionales del reino de Portugal.
El nacimiento de Portugal como reino independiente, a mediados del siglo XII, tuvo en Lisboa uno de sus episodios decisivos. Afonso Henriques, que se había proclamado primer rey de Portugal (Afonso I) tras independizarse del reino de León, dirigió su expansión hacia el sur, en plena Reconquista. En 1147, con la ayuda de contingentes de cruzados del norte de Europa que se dirigían a Tierra Santa y que aceptaron desviarse para combatir a los musulmanes, las tropas portuguesas pusieron sitio a Lisboa.
El asedio se prolongó durante varios meses, hasta que la ciudad, hambreada y sin posibilidad de socorro, capituló en octubre de 1147. La conquista de Lisboa fue un golpe estratégico fundamental para el joven reino, que aseguraba el control del estuario del Tajo y abría el camino para seguir avanzando hacia el sur, hacia el Alentejo y el Algarve. Tras la toma de la ciudad se construyó, sobre una antigua mezquita, la Sé (la catedral), la iglesia más antigua de Lisboa, que mezcla rasgos románicos y góticos y que sigue en pie como testigo de aquella época.
Durante el siglo siguiente, Lisboa fue creciendo en importancia. En 1255, el rey Afonso III trasladó la capital del reino desde Coimbra a Lisboa, reconociendo su peso económico, su puerto y su posición central en el territorio que los portugueses iban consolidando. Desde entonces, salvo breves interrupciones, Lisboa ha sido la capital de Portugal. La ciudad medieval se fue dotando de murallas, iglesias y conventos, y su puerto, abierto al Atlántico, empezaba a perfilar el destino marítimo que la haría célebre en el mundo entero.
Los siglos XV y XVI fueron la edad de oro de Lisboa y de Portugal. Impulsado por figuras como el infante Don Enrique el Navegante, el pequeño reino atlántico se lanzó a la exploración sistemática de los océanos, desarrollando técnicas de navegación, cartografía y construcción naval que lo convirtieron en la primera potencia marítima global. Desde el Tajo zarparon expediciones que bordearon África, llegaron a la India, alcanzaron Brasil y tejieron una red comercial que abarcaba tres continentes.
El hito decisivo fue el viaje de Vasco da Gama, que en 1498 llegó a la India por mar bordeando el cabo de Buena Esperanza, abriendo la lucrativa ruta de las especias. Las riquezas que empezaron a fluir hacia Lisboa —pimienta, clavo, canela, oro, marfil, seda, además del trágico comercio de personas esclavizadas— transformaron la ciudad en uno de los puertos más ricos y cosmopolitas de Europa. Lisboa se llenó de mercaderes de todo el mundo, y su nombre se asociaba al lujo y a lo exótico.
Esa prosperidad se plasmó en un estilo artístico propio y exuberante: el manuelino, llamado así por el rey Manuel I, un gótico tardío cargado de simbología marítima —cuerdas, nudos, esferas armilares, conchas, exotismos de ultramar—. Sus obras maestras, levantadas en el barrio de Belém junto al punto de partida de las naves, son el Mosteiro dos Jerónimos y la Torre de Belém, ambos hoy Patrimonio Mundial de la Unesco. Allí reposan Vasco da Gama y el poeta Luís de Camões, cuya epopeya 'Os Lusíadas' (1572) cantó las hazañas de los navegantes y se convirtió en el gran poema nacional portugués. Era el momento de máximo esplendor de la ciudad, antes de que la fortuna y la geología le reservaran un golpe inesperado.
La mañana del 1 de noviembre de 1755, día de Todos los Santos, mientras las iglesias estaban llenas de fieles, un terremoto de enorme magnitud sacudió Lisboa. El sismo, con epicentro en el Atlántico, fue seguido por un maremoto (tsunami) que arrasó la zona baja junto al río y por incendios que ardieron durante días, alimentados por las velas de las iglesias y los hogares. La catástrofe destruyó gran parte de la ciudad —palacios, iglesias, bibliotecas, archivos— y causó decenas de miles de muertos. Fue uno de los desastres naturales más devastadores de la historia europea.
El terremoto de Lisboa tuvo una repercusión que trascendió a la propia ciudad: conmocionó a toda Europa y se convirtió en un tema central del debate filosófico de la Ilustración. Pensadores como Voltaire, Rousseau y Kant reflexionaron sobre el sentido del desastre, el problema del mal y los límites del optimismo; Voltaire lo evocó en su 'Cándido'. Al mismo tiempo, impulsó los primeros estudios científicos modernos sobre los terremotos, sentando las bases de la sismología.
La reconstrucción quedó en manos de Sebastião José de Carvalho e Melo, el todopoderoso primer ministro del rey José I, que pasaría a la historia como el Marqués de Pombal. Su frase 'enterrar a los muertos y cuidar a los vivos' resume su pragmatismo. Pombal organizó una reconstrucción rápida y racional de la zona baja de la ciudad: nació así la Baixa Pombalina, con un trazado en cuadrícula de calles rectas y plazas amplias, edificios uniformes y, sobre todo, una innovadora estructura antisísmica de madera, la 'gaiola pombalina', diseñada para resistir futuros temblores. Aquella Lisboa renacida, ordenada y elegante, es en buena parte la que hoy recorren los visitantes en la Baixa, el Rossio y el Terreiro do Paço.
El siglo XIX fue para Lisboa una época de cambios y de cierta decadencia respecto a su esplendor pasado, marcada por la invasión napoleónica de Portugal (que llevó a la corte a huir a Brasil en 1807), las guerras liberales y la pérdida progresiva de peso del imperio. Aun así, la ciudad se modernizó: llegaron el ferrocarril, el alumbrado, los tranvías y los grandes bulevares como la Avenida da Liberdade, inspirada en los bulevares parisinos.
La monarquía portuguesa entró en crisis a comienzos del siglo XX. El 1 de febrero de 1908, el rey Carlos I y su heredero fueron asesinados en pleno Terreiro do Paço (Praça do Comércio), en un regicidio que precipitó el fin del régimen. El 5 de octubre de 1910, una revolución proclamó la República en Lisboa, poniendo fin a siglos de monarquía. La Primera República fue, sin embargo, un período inestable, que desembocó en 1926 en un golpe militar y, poco después, en la larga dictadura del Estado Novo, liderada durante décadas por António de Oliveira Salazar. Fue un régimen autoritario, conservador y aislacionista, que mantuvo a Portugal aferrado a sus colonias africanas mediante largas y desgastantes guerras.
El fin de la dictadura llegó el 25 de abril de 1974, con uno de los acontecimientos más luminosos de la historia portuguesa: la Revolución de los Claveles ('Revolução dos Cravos'). Un movimiento de militares (el MFA), hartos de la guerra colonial y del autoritarismo, derrocó al régimen en un golpe casi sin derramamiento de sangre. El pueblo salió a las calles de Lisboa a celebrarlo y colocó claveles rojos en los cañones de los fusiles, dando nombre a la revolución. El puente sobre el Tajo, antes llamado 'Salazar', fue rebautizado '25 de Abril' en su honor. La revolución trajo la democracia, la descolonización y el regreso de Portugal a Europa: en 1986 ingresó en la entonces Comunidad Económica Europea (hoy Unión Europea). Hoy Lisboa es una capital europea moderna, democrática y cosmopolita, que mira al Atlántico con la misma curiosidad de siempre.