Pocas ciudades del mundo pueden reclamar, con letras grabadas en piedra, ser el lugar donde nació un país. Guimarães sí. En una vieja muralla del centro histórico, junto al Largo do Toural, una inscripción anuncia sin modestia: 'Aqui nasceu Portugal' —Aquí nació Portugal—. No es una frase publicitaria inventada para el turismo: responde a hechos reales que ocurrieron en esta esquina verde del Minho, a un paso de Oporto, hace casi novecientos años.
La historia de Guimarães es la partida de nacimiento de la nación portuguesa. En su castillo, según la tradición, vino al mundo Afonso Henriques, el primer rey; en sus afueras, el 24 de junio de 1128, libró la batalla que lo consolidó como señor del condado Portucalense; y desde aquí se puso en marcha el proceso que, quince años después, convertiría a ese condado en un reino independiente reconocido por sus vecinos. Con el tiempo la capital se trasladó, primero a Coimbra y luego a Lisboa, y Guimarães quedó como una ciudad de provincia. Pero nunca perdió su aura fundacional, y hoy la exhibe con orgullo en un centro histórico medieval que la Unesco declaró Patrimonio Mundial en 2001, uno de los mejor conservados de Europa.
Esta es la historia de cómo una fortaleza levantada por una condesa en el siglo X, para defender un monasterio de las incursiones normandas y musulmanas, terminó siendo el escenario del nacimiento de Portugal; de cómo la ciudad vivió luego siglos de esplendor señorial y, más tarde, de industria textil; y de cómo, tras el declive de sus fábricas, se reinventó como una de las capitales culturales del país.
El origen de Guimarães está ligado a una mujer poderosa: la condesa Mumadona Dias, una de las grandes figuras de la nobleza del noroeste peninsular en el siglo X. Viuda del conde Hermenegildo González, Mumadona fundó hacia el año 950 un monasterio dedicado a San Mamede y, para protegerlo de las incursiones de normandos y sarracenos, mandó construir en la colina cercana una fortaleza: el embrión del Castelo de Guimarães. Alrededor de ese monasterio y ese castillo fue creciendo un burgo, el 'Vimaranes' medieval, que dio nombre a la ciudad y a sus habitantes, los vimaranenses.
En aquella época, todo el noroeste de la península ibérica formaba parte del reino de León, que avanzaba lentamente contra los territorios musulmanes de al-Ándalus. La franja entre los ríos Miño y Duero se organizó como el condado Portucalense, un territorio fronterizo cuyo nombre derivaba de 'Portus Cale', el antiguo puerto en la desembocadura del Duero que daría origen a Oporto y, andando el tiempo, al propio nombre de Portugal. Guimarães fue uno de los centros de poder de ese condado.
El salto decisivo llegó a fines del siglo XI. En 1096, el rey Alfonso VI de León y Castilla entregó el condado Portucalense a Enrique de Borgoña, un noble cruzado francés, como dote por su matrimonio con la infanta Teresa, hija ilegítima pero reconocida del monarca. Enrique y Teresa gobernaron el condado con creciente autonomía respecto a León, y fijaron en Guimarães una de sus residencias. Fue aquí, en el castillo o en sus cercanías, donde según la tradición nació hacia 1109 el hijo de ambos: Afonso Henriques, el niño que cambiaría el destino de la península.
Cuando el conde Enrique de Borgoña murió en 1112, su viuda Teresa asumió el gobierno del condado en nombre de su hijo pequeño, Afonso Henriques. Teresa, que llegó a titularse 'reina', se apoyó cada vez más en la poderosa familia gallega de los Trava, y en particular en el conde Fernão Peres de Trava, con quien mantuvo una relación que le dio enorme influencia. Para la nobleza portucalense, temerosa de quedar absorbida por Galicia y por el reino de León, aquello era una amenaza directa a la autonomía del condado.
El joven Afonso Henriques, que rondaba los diecinueve años, se puso al frente del descontento de los barones portucalenses. El enfrentamiento con su propia madre y con Fernão Peres de Trava se volvió inevitable y estalló en un campo de batalla a las afueras de Guimarães. El 24 de junio de 1128 —día de San Juan— se libró la batalla de São Mamede, en las cercanías de la ciudad (la tradición la sitúa en la Veiga de Creixomil). Afonso Henriques y sus partidarios derrotaron a las tropas de su madre y del conde gallego. Teresa y Fernão Peres tuvieron que abandonar el gobierno del condado, que quedó en manos del infante y de la nobleza que lo apoyaba.
São Mamede es considerada el acto fundacional de la independencia portuguesa: el primer paso irreversible por el cual el condado Portucalense empezó a afirmarse como una entidad política propia, separada de León. Tras la victoria, Afonso Henriques comenzó a titularse 'príncipe' y luego 'príncipe de Portugal', y a gobernar de hecho de manera autónoma. Guimarães quedó así ligada para siempre al nacimiento del país, y la batalla se convirtió en un símbolo tan potente que, en 2028, se conmemorarán sus novecientos años. Todavía hoy se celebra cada 24 de junio como una de las fechas fundacionales de Portugal.
Consolidado como señor del condado, Afonso Henriques dedicó los años siguientes a dos frentes: afirmar su independencia frente al reino de León y expandir sus dominios hacia el sur, a costa de los territorios musulmanes de al-Ándalus. La expansión militar le dio prestigio y legitimidad. El momento culminante llegó el 25 de julio de 1139 —día de Santiago, patrón de la lucha contra los moros— en la batalla de Ourique, en el Alentejo, donde Afonso Henriques obtuvo una victoria célebre sobre un ejército musulmán. Según la tradición, fue aclamado rey por sus propios guerreros en el campo de batalla, alzado sobre un escudo a la manera germánica.
A partir de entonces, su cancillería empezó a usar el título de 'Rex Portugallensis' —rey de los portugueses—, convirtiéndolo en rey de hecho. Faltaba el reconocimiento de sus vecinos. Este llegó en 1143: los días 4 y 5 de octubre, en la ciudad de Zamora, Afonso Henriques y su primo Alfonso VII de León y Castilla firmaron el Tratado de Zamora, por el cual el monarca leonés reconocía a Afonso Henriques el título de rey, aunque este se declaraba vasallo del emperador de Hispania. Portugal nacía así como reino independiente, con Guimarães como una de sus primeras cabezas.
El reconocimiento definitivo, esta vez de la máxima autoridad de la cristiandad, tardaría décadas: en mayo de 1179, el papa Alejandro III confirmó mediante la bula 'Manifestis Probatum' la existencia del reino de Portugal y la condición real de su monarca. Para entonces, la corte ya se había desplazado hacia el sur, a Coimbra, más cerca de la frontera móvil de la Reconquista. Guimarães perdió peso político, pero conservó para siempre su condición de cuna del reino.
Aunque la capital se trasladó primero a Coimbra y en 1255 definitivamente a Lisboa, Guimarães siguió siendo una ciudad importante del norte a lo largo de la Edad Media y la Edad Moderna. Su monumento más señorial data del siglo XV: el Paço dos Duques de Bragança, un gran palacio de aire borgoñón que mandó levantar hacia 1420-1440 Afonso, primer duque de Bragança e hijo bastardo del rey João I. La casa de Bragança llegaría a ser la más poderosa de Portugal y, en 1640, a ocupar el trono del país. Con el tiempo, sin embargo, los duques trasladaron su residencia al Alentejo, y el palacio de Guimarães quedó abandonado durante siglos, llegando a usarse como cuartel militar.
La gran transformación de la ciudad en la época contemporánea vino de la mano de la industria. A lo largo del siglo XIX y, sobre todo, del siglo XX, Guimarães y todo el valle del río Ave se convirtieron en uno de los principales polos textiles de Portugal, especializados en lino, algodón, cuchillería y curtido de pieles (la histórica Zona de Couros). Las fábricas dieron trabajo a miles de personas y marcaron la vida y el paisaje de la ciudad, con sus chimeneas y sus grandes naves. Pero la industria textil portuguesa entró en una profunda crisis a finales del siglo XX, incapaz de competir con la producción asiática, y muchas fábricas cerraron, dejando enormes edificios vacíos y un fuerte impacto social.
En paralelo, y desde los años 80, el municipio emprendió una tarea que resultaría decisiva: la restauración cuidadosa y paciente de su centro histórico medieval, degradado por el tiempo. En lugar de arrasar y reconstruir, se optó por rehabilitar las casas antiguas manteniendo a sus habitantes y a los artesanos en sus lugares tradicionales. Ese trabajo, reconocido internacionalmente, fue la base de la candidatura que llevó al centro histórico de Guimarães a ser declarado Patrimonio Mundial de la Unesco en 2001.
La declaración de la Unesco en 2001 confirmó lo que los vimaranenses ya sabían: que su centro medieval, con sus plazas soportaladas, sus casas de entramado de madera y su trazado intacto, era un conjunto de valor universal. La Unesco destacó precisamente su autenticidad y su carácter de ejemplo bien conservado de la evolución de una ciudad medieval a la moderna. En 2023, la clasificación se amplió para incluir la Zona de Couros, el antiguo barrio de las curtiembres, reconociendo también el patrimonio industrial y artesanal de la ciudad.
El otro gran hito reciente llegó en 2012, cuando Guimarães fue Capital Europea de la Cultura. Más que una sucesión de eventos, el título funcionó como un proyecto de reconciliación de la ciudad con su pasado industrial: varias de las grandes fábricas textiles abandonadas se reconvirtieron en espacios culturales. La antigua fábrica ASA se transformó en centro de creación artística; el viejo Mercado Municipal dio paso a la Plataforma das Artes e da Criatividade, que hoy alberga el Centro de Arte José de Guimarães; y numerosos espacios industriales degradados encontraron una nueva vida. El proyecto ayudó, en palabras de sus impulsores, a 'curar el orgullo herido' de una ciudad marcada por el cierre de sus fábricas, y dejó un legado cultural que aún hoy define su identidad.
La presencia de la Universidad del Minho, con campus en Guimarães, ha añadido juventud y dinamismo a una ciudad que combina como pocas el peso de la historia con la creatividad contemporánea. Hoy Guimarães vive en buena medida del turismo cultural: viajeros de todo el mundo suben a su castillo, recorren el Paço dos Duques, se pierden por el Largo da Oliveira y la Rua de Santa Maria, y ascienden en teleférico al Monte da Penha para contemplar desde arriba la ciudad donde, según reza su muralla, nació Portugal. Un lugar pequeño y verde del norte que guarda, con orgullo tranquilo, la memoria del origen de toda una nación.