Hay ciudades que se definen por un río, por un monumento o por una batalla. Coimbra se define por una idea: el conocimiento. Encaramada sobre una colina a orillas del Mondego, a medio camino entre Lisboa y Oporto, esta ciudad del centro de Portugal lleva más de siete siglos girando en torno a una de las universidades más antiguas del mundo en funcionamiento continuo. Caminar por su ciudad alta, entre estudiantes de capa negra y muros centenarios, es sentir el peso de generaciones de sabios, poetas y fadistas que hicieron de Coimbra un lugar aparte.
Pero antes de ser la gran ciudad universitaria, Coimbra fue muchas otras cosas. Fue una ciudad romana a la sombra de la vecina Conímbriga. Fue frontera disputada entre cristianos y musulmanes. Fue, durante más de un siglo, la capital del joven reino de Portugal, y guarda en el Mosteiro de Santa Cruz las tumbas de sus dos primeros reyes. Fue el escenario de la historia de amor más trágica de la literatura portuguesa, la de Pedro e Inês de Castro. Y fue, en el siglo XX, un campo de batalla entre la universidad y la dictadura.
Esta es la historia de cómo un modesto núcleo romano heredó el nombre de una ciudad vecina destruida por los bárbaros; de cómo se convirtió en cuna de reyes; de cómo el rey Dinis instaló aquí, de forma intermitente y finalmente definitiva, un 'estudio general' que se convertiría en el corazón intelectual de un imperio; y de cómo esa universidad —con su biblioteca dorada guardada por murciélagos— sigue marcando el pulso de la ciudad.
El nombre de Coimbra esconde una curiosa herencia. En época romana, el cerro donde hoy se levanta la ciudad estaba ocupado por Aeminium, un núcleo urbano fundado hacia los tiempos del emperador Augusto, de importancia secundaria. La gran ciudad de la zona era otra: Conímbriga, situada unos 16 km al sur, cerca de la actual Condeixa-a-Velha. Originalmente un asentamiento celta, Conímbriga fue romanizada a partir del siglo I y llegó a ser una próspera urbe, con foro, termas, un acueducto y lujosas casas decoradas con mosaicos de una calidad extraordinaria, como los de la Casa dos Repuxos y la Casa de Cantaber, hoy entre los mejor conservados del mundo romano occidental. Aeminium dependía administrativamente de ella.
La suerte de ambas ciudades se invirtió con la caída del Imperio romano. Entre los años 465 y 468, Conímbriga fue saqueada por suevos y visigodos; sus habitantes, para defenderse, levantaron a toda prisa una imponente muralla que hoy parte en dos el yacimiento y es una de sus imágenes más impactantes. Pese a todo, la ciudad fue perdiendo población hasta quedar abandonada. Aeminium, mejor situada sobre su colina junto al río y más defendible, tomó el relevo como centro urbano y episcopal de la región. Con el tiempo, heredó incluso el nombre de la vecina caída: 'Conímbriga' se transformó en 'Coimbra'.
Durante los siglos siguientes, la ciudad pasó por manos suevas y visigodas y, a partir del siglo VIII, quedó en la zona de influencia musulmana de al-Ándalus, en una frontera inestable que cambiaba de manos con frecuencia. Coimbra fue conquistada y reconquistada varias veces hasta que, en 1064, el rey Fernando I de León la tomó de forma definitiva para el mundo cristiano, convirtiéndola en una plaza clave del avance hacia el sur.
Cuando a comienzos del siglo XII nació Portugal como entidad política, Coimbra estaba destinada a un papel protagonista. El primer rey, Afonso Henriques —que había forjado la independencia en el norte, en Guimarães, tras la batalla de São Mamede de 1128—, necesitaba una base más meridional, cercana a la frontera móvil con los musulmanes, desde la que dirigir la expansión del reino. Coimbra, recién ganada para la cristiandad y bien situada sobre el Mondego, era ideal. Hacia 1131 la ciudad se convirtió, de hecho, en la capital del joven reino, condición que mantendría hasta 1255.
Bajo los primeros reyes de la dinastía de Borgoña, Coimbra vivió su época de mayor esplendor político. Se levantaron sus grandes monumentos religiosos: el Mosteiro de Santa Cruz, fundado en 1131, se convirtió en uno de los centros culturales y espirituales más importantes del país, y la Sé Velha, iniciada hacia 1140, se alzó con su aire de fortaleza como catedral de la ciudad. En Santa Cruz reposan los dos primeros reyes de Portugal: el propio Afonso Henriques y su hijo Sancho I, cuyos sepulcros góticos, mandados labrar siglos después por Manuel I, presiden todavía el altar mayor.
En 1255, sin embargo, el rey Afonso III trasladó la capital a Lisboa, más grande, mejor comunicada con el mar y ya lejos de la vieja frontera. Coimbra perdió su rango de capital política, pero estaba a punto de encontrar la vocación que la haría célebre para siempre: la del conocimiento.
El 1 de marzo de 1290, el rey Dinis firmó el documento por el que se creaba un 'Estudo Geral' (Studium Generale), es decir, una universidad, para el reino de Portugal. Poco después, en agosto de ese mismo año, el papa Nicolás IV la confirmó mediante una bula. Es el acta de nacimiento de la que sería la Universidade de Coimbra, una de las más antiguas de Europa y del mundo en funcionamiento continuo. Curiosamente, no nació en Coimbra, sino en Lisboa.
Durante los dos siglos siguientes, la universidad protagonizó un largo vaivén entre las dos ciudades, movida por conflictos entre los estudiantes y las poblaciones locales, y por decisiones reales. Se trasladó a Coimbra en 1308, volvió a Lisboa en 1338 por orden de Afonso IV, regresó a Coimbra, y así sucesivamente. Esta itinerancia terminó en 1537, cuando el rey João III la transfirió de forma definitiva a Coimbra y la instaló en el antiguo palacio real de la ciudad, el Paço das Escolas, en lo alto de la colina. Desde entonces, universidad y ciudad quedaron fundidas en una sola identidad.
En los siglos siguientes, la Universidade de Coimbra se convirtió en el gran centro intelectual del imperio portugués, por donde pasaron generaciones de juristas, teólogos, médicos y humanistas. En el siglo XVIII llegó su joya más deslumbrante: entre 1717 y 1728, el rey João V —el monarca del oro brasileño, gran mecenas del barroco— mandó construir la Biblioteca Joanina, que lleva su nombre. Con sus tres salas decoradas en oro sobre fondos de laca verde, roja y negra, sus techos pintados y su atmósfera de templo, es considerada una de las bibliotecas barrocas más bellas de Europa. Hasta hoy, dos colonias de murciélagos la habitan y protegen sus libros comiéndose de noche los insectos que podrían dañarlos, una insólita alianza entre la naturaleza y el saber que dura más de dos siglos.
Ninguna historia está tan ligada a Coimbra como la de Pedro e Inês de Castro, la tragedia amorosa más célebre de la literatura portuguesa. Inês de Castro (hacia 1325-1355) era una noble gallega, dama de compañía de la esposa del infante Pedro, heredero al trono. Entre Pedro e Inês surgió una pasión prohibida: el rey Afonso IV, padre de Pedro, veía con enorme recelo la influencia de la familia Castro y el peligro político que suponía la relación. Pese a la oposición real, los amantes vivieron su romance, en buena parte en Coimbra, y tuvieron varios hijos.
El 7 de enero de 1355, por orden de Afonso IV, tres nobles —Pêro Coelho, Álvaro Gonçalves y Diogo Lopes Pacheco— fueron al Mosteiro de Santa Clara-a-Velha, en la orilla sur del Mondego, donde Inês vivía, y la asesinaron, degollándola delante de sus pequeños hijos. La leyenda sitúa el crimen, o el llanto que lo siguió, en los jardines de la actual Quinta das Lágrimas, donde aún se muestran la Fonte dos Amores y la Fonte das Lágrimas; según el mito, las aguas brotan de las lágrimas de Inês y unas algas rojizas representan su sangre.
La venganza de Pedro fue terrible. Cuando llegó al trono como Pedro I, en 1357, persiguió a los asesinos de Inês, capturó a dos de ellos y los hizo ejecutar de forma brutal. Proclamó además que se había casado en secreto con Inês antes de su muerte, reconociéndola así como reina legítima; la leyenda —recogida por poetas y dramaturgos durante siglos, incluido Camões en 'Os Lusíadas'— cuenta incluso que hizo exhumar su cadáver y coronarlo, obligando a la corte a rendirle homenaje. Sus restos y los de Inês descansan hoy, uno frente al otro, en el Mosteiro de Alcobaça. La historia convirtió a Coimbra en el escenario eterno de un amor más fuerte que la muerte.
La condición de gran centro intelectual y religioso tuvo también su lado oscuro. Como otras ciudades universitarias, Coimbra vivió la larga sombra de la Inquisición portuguesa, establecida en 1536: el control de la ortodoxia católica marcó la vida académica durante siglos, censurando ideas y libros y persiguiendo a conversos y sospechosos de herejía, en una tensión constante entre el saber y el dogma que solo se aflojó con las reformas ilustradas del Marqués de Pombal en el siglo XVIII, que modernizaron los estudios y crearon nuevas facultades científicas.
En el siglo XX, la universidad volvió a ser escenario de conflicto, esta vez político. Durante la dictadura del Estado Novo de António de Oliveira Salazar (1933-1974) —él mismo antiguo profesor de la Universidade de Coimbra—, la ciudad y su vida académica quedaron sometidas al control del régimen. La universidad se convirtió en foco de resistencia estudiantil, que estalló con fuerza en la llamada 'crisis académica de 1962' y, sobre todo, en la de 1969, cuando las protestas de los estudiantes por sus libertades chocaron con la represión. El régimen suspendió a los representantes estudiantiles, detuvo a numerosos alumnos y, en distintos momentos, expulsó a los dirigentes elegidos, negándoles su participación en los órganos de la universidad. Aquellas luchas fueron parte del caldo de cultivo que desembocaría en la Revolución de los Claveles del 25 de abril de 1974, que puso fin a la dictadura.
En democracia, Coimbra ha reforzado su papel de gran ciudad universitaria y ha visto reconocido su valor patrimonial: en 2013, la Universidade de Coimbra —Alta y Sofía— fue declarada Patrimonio Mundial por la Unesco. Hoy la ciudad combina su enorme legado histórico con la energía de decenas de miles de estudiantes, que mantienen vivas tradiciones como el traje académico, las 'repúblicas' estudiantiles, la fiesta de la Queima das Fitas de mayo y el inconfundible fado de Coimbra. Sobre el Mondego, entre tumbas de reyes, mosaicos romanos y estanterías doradas, Coimbra sigue siendo, ante todo, la ciudad del saber.