Braga es una de las ciudades más antiguas de Portugal y de toda la península ibérica, con una historia urbana ininterrumpida de más de dos mil años. Su origen está en la fundación romana: hacia el año 16 a.C., en tiempos del emperador Augusto, se estableció la ciudad de Bracara Augusta, en honor del propio emperador y de la tribu local de los brácaros que habitaba la región. La nueva ciudad nació como un centro administrativo planificado, con su trazado regular de calles, foro, templos, termas y todos los equipamientos de una urbe romana.
Bracara Augusta alcanzó gran importancia. Llegó a ser capital de una de las divisiones administrativas del noroeste hispano: el Conventus Bracaraugustanus y, más tarde, de la provincia de Gallaecia, creada en época bajoimperial. Era un nudo de calzadas romanas que conectaban el noroeste peninsular, un centro económico y administrativo de primer orden. Su prosperidad se refleja en los restos que hoy se conservan: las termas del Alto da Cividade con su teatro, la singular Fonte do Ídolo (un monumento-fuente con relieves de divinidades) y numerosos vestigios recogidos en el Museo D. Diogo de Sousa.
Esta condición de capital provincial dotó a Braga, desde la Antigüedad, de un peso institucional y religioso que conservaría a lo largo de los siglos. Cuando el cristianismo se expandió por la península, Bracara Augusta fue una de las primeras y más importantes sedes episcopales del occidente hispano, lo que sentaría las bases de su futuro papel como capital religiosa de Portugal.
Con la crisis y el desmoronamiento del Imperio Romano de Occidente en el siglo V, los pueblos germánicos penetraron en la península ibérica. En el noroeste se estableció un pueblo germánico, los suevos, que fundaron un reino propio: el Reino Suevo, con capital precisamente en Braga (la antigua Bracara Augusta). Este reino, surgido hacia el año 410, fue uno de los primeros reinos germánicos de Europa occidental y tiene un lugar especial en la historia: sus reyes se convirtieron al cristianismo, lo que convierte al Reino Suevo en uno de los primeros estados germánicos cristianos del continente.
Durante el periodo suevo (siglo V y buena parte del VI), Braga reforzó su papel como centro político y, sobre todo, religioso. Fue sede de importantes concilios de la Iglesia: los Concilios de Braga, que fijaron aspectos de la disciplina eclesiástica y combatieron herejías como el priscilianismo. Figuras como San Martín de Dumio (San Martín de Braga), un obispo de gran influencia, dejaron una profunda huella en la cristianización de la región y en la organización de la Iglesia del noroeste. La diócesis de Braga adquirió así un prestigio y una antigüedad que reivindicaría durante toda su historia.
En el año 585, el Reino Suevo fue absorbido por el Reino Visigodo de Toledo, y Braga pasó a integrarse en la monarquía visigoda, manteniendo su importancia como sede episcopal. Esta larga continuidad como centro eclesiástico, desde la época romana y sueva, es la raíz de la condición de Braga como una de las sedes cristianas más antiguas y venerables de la península, y explica su posterior aspiración al título de 'Primado de las Españas'.
Tras los siglos de dominio musulmán que siguieron a la invasión del 711, y con el avance de la reconquista cristiana, la diócesis de Braga fue restaurada en el siglo XI (hacia 1070), recuperando su antiguo esplendor eclesiástico. A partir de entonces, Braga se afirmó como la gran sede religiosa del noroeste peninsular y, más tarde, del reino de Portugal. La reconstrucción de su catedral (la Sé), iniciada en el siglo XI-XII, fue el símbolo de ese renacimiento.
El arzobispado de Braga reclamó para sí un título de enorme prestigio: el de 'Primado de las Españas' (Primaz das Espanhas), es decir, la primacía sobre las demás sedes de la península ibérica. Esto le enfrentó en una larga y famosa disputa con el arzobispado de Toledo, que reclamaba el mismo honor. La rivalidad entre Braga y Toledo por la primacía fue un asunto recurrente en la política eclesiástica medieval. Aunque la cuestión nunca se resolvió de forma plenamente concluyente, Braga mantuvo y mantiene el título de Primado, símbolo de su antigüedad y su peso dentro de la Iglesia.
Durante la Edad Media, los arzobispos de Braga no eran solo autoridades religiosas: ejercían también un poder señorial casi principesco sobre la ciudad y su territorio. Eran los señores de Braga, con jurisdicción civil, y residían en el imponente Palacio Arzobispal. La ciudad creció a su sombra, marcada por la religión, las peregrinaciones y la vida eclesiástica. Según la tradición, en la catedral reposan los restos de Enrique de Borgoña y Teresa de León, padres de Alfonso Henriques, el primer rey de Portugal, lo que vincula a Braga con los orígenes mismos de la nacionalidad.
Braga experimentó una gran transformación a comienzos del siglo XVI gracias a la figura del arzobispo Don Diogo de Sousa (arzobispo entre 1505 y 1532), un verdadero renovador urbano. Inspirado por las ideas del Renacimiento, Don Diogo reorganizó la ciudad: abrió y ensanchó calles, creó plazas, levantó fuentes, mejoró la catedral y dotó a Braga de una imagen más monumental y ordenada. Su impronta es comparable a la de un gran mecenas urbano, y muchas de las arterias y espacios del centro histórico actual datan de su época.
Pero el momento de máximo esplendor artístico de Braga llegó con el barroco, en los siglos XVII y XVIII. Movidos por el espíritu de la Contrarreforma y por la riqueza de la Iglesia, los arzobispos y las órdenes religiosas llenaron la ciudad de iglesias, conventos, palacios, fuentes y escalinatas de exuberante decoración barroca. Las fachadas labradas en granito, los interiores cubiertos de talla dorada, los azulejos y los retablos convirtieron a Braga en un escaparate del barroco portugués. Fue entonces cuando la ciudad ganó su célebre apodo de 'Roma portuguesa', por la densidad y riqueza de su patrimonio religioso, comparable, salvando las distancias, con la capital de la cristiandad.
A esta época, y a las décadas centrales del siglo XVIII en adelante, pertenece la gran obra que hoy simboliza a Braga: el Santuario del Bom Jesus do Monte, con su monumental escalinata sacra en zigzag. Esta vía crucis monumental, con sus fuentes alegóricas, capillas y estatuas, es la cumbre del barroco religioso portugués y la expresión más acabada de la profunda religiosidad de la ciudad. Su construcción se prolongó durante mucho tiempo, y el conjunto se completó y embelleció en los siglos siguientes.
El Santuario del Bom Jesus do Monte merece un capítulo propio en la historia de Braga, porque es su monumento más emblemático y un caso excepcional del arte sacro europeo. Situado en una colina boscosa a las afueras de la ciudad, su elemento más célebre es la escalinata barroca en zigzag que asciende por la ladera a lo largo de más de medio kilómetro, conduciendo al peregrino, escalón a escalón, hasta la iglesia que corona la cima.
La escalinata fue concebida como una vía sacra, un camino de meditación y ascensión espiritual. Se estructura en tramos cargados de simbolismo: la escalera de los Cinco Sentidos, con fuentes que representan la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto; y la escalera de las Tres Virtudes teologales (Fe, Esperanza y Caridad). A lo largo del recorrido se distribuyen capillas con escenas de la Pasión de Cristo, estatuas de personajes bíblicos y profetas, fuentes y un refinado juego de geometría y perspectiva barroca en blanco y granito. Es una obra maestra de la integración entre arquitectura, escultura, agua y paisaje. En 1882 se inauguró el funicular del Bom Jesus, el más antiguo del mundo movido por contrapeso de agua, que aún hoy sube a los visitantes.
En 2019, la Unesco inscribió el Santuario del Bom Jesus do Monte en la lista de Patrimonio Mundial, reconociendo su valor universal excepcional como ejemplo sobresaliente de un 'Sacro Monte' (monte sagrado) barroco, esa tradición europea de recrear lugares santos en paisajes naturales para la devoción y la peregrinación. El santuario consagró definitivamente a Braga como un gran centro de peregrinación, junto con el cercano santuario del Sameiro, segundo en importancia mariana en Portugal después de Fátima.
Durante los siglos XIX y XX, Braga mantuvo su carácter de capital religiosa de Portugal y centro de un fervor popular que se manifestaba —y se manifiesta— en sus grandes celebraciones. La Semana Santa de Braga es una de las más antiguas, solemnes y espectaculares de la península ibérica, con procesiones que recorren las calles del centro en un ambiente de profundo recogimiento. Y las fiestas de São João (San Juan), a finales de junio, son vividas con enorme intensidad en toda la región del Minho, con Braga como uno de sus epicentros, mezclando devoción, tradición y celebración popular.
En la segunda mitad del siglo XX, Braga experimentó una notable transformación que la modernizó profundamente. La creación de la Universidad del Minho en 1973, con su gran campus en la ciudad, atrajo a miles de estudiantes y cambió por completo su perfil demográfico: Braga pasó a ser una de las ciudades más jóvenes de Portugal y de Europa, con una población estudiantil numerosa que le dio una energía nueva, una vida nocturna animada y un dinamismo cultural y tecnológico creciente. La ciudad combina hoy industria, servicios y un sector tecnológico en expansión.
Así, la Braga actual es una ciudad de contrastes fascinantes: por un lado, la milenaria capital religiosa, la 'Roma portuguesa' de iglesias barrocas, catedral primada y santuarios; por otro, una urbe joven, universitaria, moderna y vibrante. Ese diálogo entre el peso de veinte siglos de historia y la vitalidad de su población joven es, quizá, lo que mejor define a Braga, una de las grandes joyas del norte de Portugal y del valle del Minho.