Mucho antes de ser un destino turístico, Zakopane era una aldea remota y pobre en el confín sur de Polonia, al pie de los Tatras, habitada por los 'górale' (literalmente, 'los de la montaña'), los montañeses de los Cárpatos. Estos pobladores, cuyos primeros asentamientos estables en la zona datan de los siglos XVI y XVII, vivían de la ganadería de ovejas, del pastoreo en los altos prados, de la explotación de pequeños yacimientos de hierro y de lo que podían arrancar a una tierra difícil y a un clima duro.
Aislados entre montañas, los górale desarrollaron una cultura propia, fuerte y muy característica, que aún hoy define la identidad de Zakopane: un dialecto propio (la 'gwara góralska'), una música y unas danzas inconfundibles, trajes tradicionales ricamente bordados, una arquitectura de madera adaptada a la nieve y una gastronomía basada en el cordero, las papas, el chucrut y, sobre todo, los quesos de oveja ahumados como el famoso 'oscypek'. También cultivaron un fuerte sentido de comunidad, de orgullo y de independencia.
Durante siglos, este mundo montañés permaneció al margen de la historia 'oficial' del país. La región pertenecía, tras las particiones de Polonia, al Imperio austrohúngaro (dentro de Galitzia), pero en la práctica los górale seguían viviendo según sus tradiciones ancestrales. Nadie imaginaba entonces que aquella aldea de pastores estaba a punto de convertirse en uno de los lugares más queridos de toda Polonia.
El gran cambio en la historia de Zakopane llegó en la segunda mitad del siglo XIX, cuando médicos, científicos y viajeros polacos 'descubrieron' las virtudes del lugar. Una figura clave fue el doctor Tytus Chałubiński, un médico de Varsovia que a partir de la década de 1870 promovió Zakopane como estación climática: el aire puro y seco de la montaña se consideraba beneficioso para tratar enfermedades respiratorias, sobre todo la tuberculosis, entonces una plaga sin cura.
Pronto empezaron a llegar pacientes en busca de salud, pero también, y sobre todo, artistas, escritores, intelectuales y patriotas polacos que encontraron en Zakopane algo más que un balneario. En una época en que Polonia no existía como Estado —estaba repartida entre Rusia, Prusia y Austria—, la zona austríaca de Galitzia gozaba de mayor libertad cultural, y Zakopane se convirtió en un refugio del espíritu nacional polaco, un lugar donde la cultura, el arte y la identidad del país podían florecer lejos de la censura de los otros imperios.
La aldea de pastores se transformó a gran velocidad en un vibrante centro cultural y de veraneo. Se construyeron villas, pensiones y hoteles; llegó el ferrocarril en 1899, conectando Zakopane con Cracovia y el resto del país; y la ciudad empezó a atraer a la flor y nata de la cultura polaca. Escritores, pintores, compositores y científicos hicieron de Zakopane su lugar de inspiración y de encuentro, sentando las bases de su fama.
Entre las muchas personalidades que llegaron a Zakopane a finales del siglo XIX, una dejó una huella arquitectónica imborrable: el pintor, arquitecto y teórico del arte Stanisław Witkiewicz. Fascinado por la arquitectura tradicional de madera de los górale —con sus tejados empinados, sus aleros tallados y su decoración típica—, Witkiewicz tuvo una idea ambiciosa: convertir ese arte popular montañés en un verdadero estilo nacional polaco, en un momento en que el país buscaba afirmar su identidad frente a las potencias que lo ocupaban.
Así nació, en la década de 1890, el 'estilo Zakopane' (styl zakopiański), que Witkiewicz plasmó en villas de madera diseñadas por él, como la célebre Villa Koliba (1892-1893, hoy museo de este estilo) y la Villa Pod Jedlami. El estilo combinaba las formas y la ornamentación de las cabañas góral con las necesidades de las residencias burguesas modernas, y aspiraba a aplicarse no solo a las casas, sino a los muebles, los objetos y hasta a las iglesias. Fue todo un movimiento estético y patriótico.
El 'estilo Zakopane' definió para siempre la imagen de la ciudad y contribuyó a preservar y dignificar la cultura material de los górale. Todavía hoy, pasear por Zakopane es admirar esas villas de madera, las iglesias tradicionales y el antiguo cementerio de Pęksowy Brzyzek, con sus lápidas talladas, donde reposan artistas y personalidades ligadas a la ciudad. Fue también en este ambiente donde crecería, décadas después, el excéntrico artista y escritor Stanisław Ignacy Witkiewicz ('Witkacy'), hijo de Stanisław, una de las figuras más singulares de la cultura polaca del siglo XX.
A lo largo del siglo XX, Zakopane consolidó su doble identidad: la de gran centro cultural y la de capital polaca de la montaña y el deporte de invierno. El montañismo y el esquí se desarrollaron con fuerza; se construyeron los primeros teleféricos y funiculares —el famoso teleférico a Kasprowy Wierch se inauguró en 1936, y el funicular a Gubałówka poco después—, y la ciudad se convirtió en sede de competiciones deportivas de nivel internacional, incluidos campeonatos mundiales de esquí. El salto de esquí de la Gran Krokiew se volvió un símbolo de la ciudad.
La Segunda Guerra Mundial trajo también aquí la ocupación nazi (1939-1945). Zakopane, por su posición fronteriza, tuvo un papel particular: fue un punto de paso de rutas clandestinas de correos y fugitivos hacia Hungría a través de las montañas, y a la vez lugar de represión. Los górale fueron objeto de intentos nazis de manipulación (el fallido proyecto de crear una supuesta 'nación Goralenvolk' separada de Polonia), que en su gran mayoría rechazaron, manteniéndose leales a la causa polaca.
Tras la guerra, bajo el régimen comunista, Zakopane siguió creciendo como destino turístico masivo y capital de los deportes de invierno de Polonia, muy popular entre los trabajadores del bloque del Este. El montañismo polaco vivió una edad de oro, y de los Tatras y de Zakopane salieron algunos de los mejores alpinistas del mundo, que protagonizarían las grandes conquistas del Himalaya en las décadas de 1970 y 1980. La ciudad mantuvo, pese a la masificación, su fuerte identidad góral.
La creciente afluencia y el desarrollo turístico plantearon, ya en el siglo XX, la necesidad de proteger la extraordinaria naturaleza de los Tatras. En 1954 se creó el Parque Nacional de los Tatras (Tatrzański Park Narodowy, TPN), que protege el sector polaco de la cordillera —su hermano gemelo, el TANAP, protege el lado eslovaco—. El parque salvaguarda un paisaje de alta montaña único en Polonia: cumbres que superan los 2.400 metros, lagos glaciares como Morskie Oko, valles, bosques, y una fauna que incluye rebecos, marmotas, linces y osos pardos. En 1992, la Unesco declaró la reserva de la biosfera de los Tatras, que abarca ambos lados de la frontera.
Esa protección convive, no sin tensiones, con el turismo masivo. Zakopane es hoy, con enorme diferencia, el principal destino de montaña de Polonia: recibe millones de visitantes al año, atraídos por el senderismo en verano, el esquí en invierno, las termas, la gastronomía góral y el ambiente de la calle Krupówki. La popularidad tiene su reverso: en temporada alta, senderos como el de Morskie Oko y calles como Krupówki se llenan de gente, y el equilibrio entre desarrollo y conservación es un debate permanente.
Aun así, Zakopane conserva su magia y su fuerte personalidad. La cultura góral sigue muy viva —en la música, los trajes, la comida, las 'karczmy' de madera con folclore en directo—, la arquitectura del estilo Zakopane sigue en pie, y basta alejarse un poco de las zonas más concurridas para encontrarse a solas con la grandeza de los Tatras. Sigue siendo, como hace más de un siglo, el lugar adonde los polacos van a respirar aire de montaña, a caminar entre cumbres y a reencontrarse con una de las expresiones más auténticas de su cultura.