Mucho antes de las villas de veraneo y el muelle iluminado, Sopot era apenas un puñado de casas de pescadores a la orilla del Báltico. El nombre aparece documentado por primera vez en 1283, cuando el duque de Pomerania Mestwin II donó la aldea de 'Sopot' al monasterio cisterciense de Oliwa, hoy un barrio de Gdańsk. Durante siglos, la vida transcurrió al ritmo de la pesca, los bosques y la agricultura, a la sombra de la gran ciudad hanseática vecina, Danzig (Gdańsk), uno de los puertos más ricos del norte de Europa.
La cercanía a Danzig marcó todo el destino de Sopot. Las familias patricias de la ciudad hanseática empezaron, ya en los siglos XVI y XVII, a construir residencias de campo y jardines en esta franja costera de suaves colinas y pinares, buscando el aire del mar y el descanso lejos del bullicio del puerto. Sopot se fue perfilando así, muy de a poco, como un lugar de retiro y placer para los adinerados de la región.
Las guerras del norte y los conflictos que sacudieron a Polonia y a Prusia entre los siglos XVII y XVIII pasaron por estas tierras y las empobrecieron en más de una ocasión. Con la primera partición de Polonia, en 1772, la zona quedó bajo dominio del Reino de Prusia. Ese cambio político, lejos de frenar a Sopot, terminaría empujándola hacia su gran transformación en el siglo siguiente: la de convertirse en balneario de moda.
El verdadero acto fundacional del Sopot moderno tiene fecha y protagonista: 1823, y un médico francés llamado Jean Georges Haffner. Haffner había sido cirujano militar en el ejército de Napoleón, y tras las guerras se estableció en Danzig. Convencido de las virtudes terapéuticas del baño de mar —muy en boga en la Europa del siglo XIX—, impulsó la creación de unos baños públicos y una casa de baños calientes en Sopot, sentando las bases de la ciudad-spa.
En pocos años, la aldea de pescadores se transformó en un elegante destino de veraneo. Se construyeron una casa de curas (Kurhaus), paseos, jardines y las primeras villas de huéspedes. Bajo su nombre alemán, Zoppot, el lugar se convirtió en uno de los balnearios más populares del Báltico prusiano, atrayendo a la burguesía de Danzig, de Berlín y de toda Alemania. Haffner es recordado hoy como el 'padre' de Sopot, y la ciudad conserva su memoria en calles y monumentos.
La expansión definitiva llegó con el ferrocarril. En 1870, la línea que unía Danzig con Koszalin puso una estación en Zoppot, lo que multiplicó la llegada de veraneantes. La ciudad creció con hoteles, restaurantes, un primer muelle (de 1827, ampliado con los años), casino y todos los servicios de un balneario de categoría. En 1901, Zoppot recibió oficialmente los derechos de ciudad. La 'temporada' de verano se volvió un acontecimiento social, con conciertos, baños, paseos por el molo y vida nocturna.
Las primeras décadas del siglo XX fueron la edad dorada de Zoppot/Sopot. La ciudad se llenó de arquitectura balnearia: villas con torrecitas, galerías de madera y jardines, un anfiteatro al aire libre en el bosque —la futura Opera Leśna, inaugurada en 1909— y toda la parafernalia del ocio de la belle époque. El balneario competía con los grandes destinos del Báltico y del mar del Norte.
La Primera Guerra Mundial y la derrota alemana cambiaron radicalmente el mapa. Por el Tratado de Versalles (1919), Danzig y su entorno —incluido Sopot— se convirtieron en la Ciudad Libre de Danzig (Freie Stadt Danzig), un pequeño Estado semiautónomo bajo protección de la Sociedad de Naciones, con población mayoritariamente alemana pero vinculado económicamente a Polonia. Sopot quedó así en una frontera política delicada, entre el mundo alemán y el polaco.
En esos años de entreguerras la ciudad vivió un auge glamoroso. En 1927 se inauguró el Grand Hotel, símbolo del lujo de la época, y el casino de Sopot atrajo a jugadores y celebridades de toda Europa: se lo comparaba con Montecarlo o Baden-Baden. El muelle alcanzó su gran longitud y el paseo marítimo se volvió un desfile social. Pero bajo el brillo crecían las tensiones nacionalistas: en la Ciudad Libre de Danzig, el partido nazi ganó fuerza durante los años 30, y la convivencia entre alemanes y polacos se fue envenenando, anticipando la catástrofe.
La Segunda Guerra Mundial empezó, literalmente, a las puertas de Sopot. El 1 de septiembre de 1939, el acorazado alemán Schleswig-Holstein abrió fuego contra el depósito militar polaco de Westerplatte, en la vecina Danzig, en lo que suele considerarse el primer disparo del conflicto en Europa. Con la anexión de la Ciudad Libre de Danzig al Tercer Reich, Sopot quedó incorporada a la Alemania nazi.
Durante la ocupación, la población polaca y judía de la región fue perseguida, expulsada o asesinada, como en toda la zona bajo dominio nazi. La comunidad judía de Sopot, que había tenido su sinagoga y su vida propia, fue aniquilada en el Holocausto. La ciudad, sin grandes industrias bélicas, se libró de los peores bombardeos, pero la guerra la marcó de todos modos.
El final llegó en marzo de 1945, cuando el Ejército Rojo tomó la zona en su avance hacia Danzig. Los combates y los incendios dañaron parte de la ciudad, aunque mucho menos que la vecina Gdańsk, cuyo casco histórico quedó reducido a ruinas. Con el fin de la guerra y los acuerdos de posguerra, todo el territorio de la antigua Ciudad Libre de Danzig pasó a Polonia. La población alemana fue expulsada y reemplazada por polacos, muchos de ellos desplazados a su vez de los territorios del este que Polonia perdió ante la Unión Soviética. Zoppot se convirtió, definitivamente, en la Sopot polaca.
En la Polonia comunista de posguerra, Sopot se consolidó como el gran balneario del país y como un centro cultural de primer orden. Al estar menos dañada que Gdańsk, pudo conservar buena parte de su arquitectura de veraneo, y el Estado la promovió como destino turístico para trabajadores y familias, con sus playas, su muelle y sus centros de reposo.
El gran símbolo cultural de esta etapa fue el Festival Internacional de la Canción de Sopot, celebrado por primera vez en 1961 y luego, durante décadas, en el escenario de la Opera Leśna. En pleno Telón de Acero, el festival se convirtió en una vidriera de la música popular que reunía a artistas del bloque del Este y también de Occidente, y en un acontecimiento seguido por millones de televidentes. Durante un tiempo rivalizó en importancia con otros grandes certámenes europeos y proyectó el nombre de Sopot mucho más allá de las fronteras polacas.
La ciudad mantuvo así un aire cosmopolita y festivo incluso bajo el régimen comunista. Aunque el casino y el glamour de entreguerras habían quedado atrás, Sopot siguió siendo sinónimo de vacaciones, música y vida al aire libre para varias generaciones de polacos. El muelle, el paseo y la Ópera del Bosque se volvieron parte del imaginario nacional del verano.
Tras la caída del comunismo en 1989 y la recuperación de la democracia y la economía de mercado, Sopot se reinventó como uno de los destinos más chic y prósperos de Polonia. La ciudad restauró sus villas de época, modernizó su oferta hotelera y de spa, y volvió a atraer a un público de alto poder adquisitivo, recuperando en parte el aire elegante de entreguerras. En 2004 se inauguró la excéntrica Casa Torcida (Krzywy Domek) en la calle Monte Cassino, que se volvió un ícono pop de la ciudad, y en 2009 se remodeló por completo la Plaza Zdrojowy y la zona del muelle.
Hoy Sopot combina lo mejor de dos mundos: la tranquilidad de un balneario histórico y la energía de una ciudad joven y turística, integrada en el dinámico Trójmiasto junto a Gdańsk y Gdynia. El muelle de madera más largo de Europa sigue siendo su gran emblema; la Ópera del Bosque continúa acogiendo festivales y conciertos; y la calle Monte Cassino no para en verano, con sus cafés, su música y su desfile de veraneantes.
De aldea de pescadores medieval a spa napoleónico, de joya de la Ciudad Libre de Danzig a balneario comunista y, finalmente, a Riviera polaca del siglo XXI, Sopot ha sabido reinventarse una y otra vez sin perder su esencia: la de un lugar hecho para el placer del mar, el descanso y la buena vida, en el rincón más luminoso de la costa báltica de Polonia.