Los orígenes de Gdańsk se pierden en la Alta Edad Media. Un asentamiento junto a la desembocadura del río Motława en el Báltico existía ya en torno al año 997, cuando —según la tradición— el obispo Adalberto de Praga bautizó a sus habitantes; esa fecha se toma como el 'milenario' simbólico de la ciudad. Situada en un punto estratégico donde el gran río Vístula desemboca en el mar, la localidad estaba destinada al comercio marítimo.
Durante los siglos siguientes, Gdańsk (Danzig, en alemán) creció como puerto bajo los duques de Pomerania y fue poblándose de mercaderes y artesanos, muchos de habla alemana, atraídos por las oportunidades del comercio báltico. La ciudad recibió derechos urbanos y empezó a prosperar.
En 1308 se produjo un episodio sangriento y decisivo: la Orden Teutónica —la orden militar alemana que dominaba las tierras vecinas— tomó Gdańsk en una acción que las crónicas describen como una masacre de sus habitantes. A partir de entonces, la ciudad quedó bajo el control de los Caballeros Teutónicos durante casi siglo y medio. Bajo su dominio, aunque con tensiones, Gdańsk siguió creciendo como plaza comercial e ingresó en la poderosa Liga Hanseática, la red de ciudades mercantes que dominaba el comercio del norte de Europa. Se sentaban así las bases de su futura grandeza.
El punto de inflexión llegó en el siglo XV. Hartas del dominio teutónico, las ciudades y la nobleza de Prusia se rebelaron, y Gdańsk se puso del lado del rey de Polonia. Tras la larga Guerra de los Trece Años, el Segundo Tratado de Toruń de 1466 incorporó Gdańsk y toda la Prusia Real a la Corona polaca. La ciudad conservó una amplísima autonomía —acuñaba moneda, tenía su propio gobierno y ejército— y, sobre todo, obtuvo el control del comercio de la desembocadura del Vístula.
Eso la convirtió en el gran puerto de Polonia y en una de las ciudades más ricas y populosas de toda Europa central y del norte. Por Gdańsk salía hacia el resto del continente el grano de las vastas llanuras polacas —el 'granero de Europa'—, además de madera, sal, potasa y el preciado ámbar del Báltico. A cambio entraban productos manufacturados, telas, vinos y especias. Los mercaderes de Gdańsk amasaron fortunas colosales.
Esa riqueza se plasmó en un patrimonio espléndido: las altas casas de fachadas ornamentadas del Camino Real, la monumental Basílica de Santa María (la mayor iglesia de ladrillo del mundo), la Corte de Artús donde se reunían los comerciantes, la Fuente de Neptuno, las puertas monumentales y la gran Grúa del puerto. Gdańsk fue también una ciudad culta y relativamente tolerante, abierta a distintas confesiones religiosas, y cuna de personajes como el científico Daniel Fahrenheit, inventor de la escala termométrica. Era una república mercantil orgullosa, cosmopolita y próspera, bajo la protección de la corona polaca.
La suerte de Gdańsk cambió con la decadencia de Polonia y las particiones de finales del siglo XVIII. En 1793, en la segunda partición, la ciudad fue anexionada por el Reino de Prusia y pasó a ser, con el nombre de Danzig, una ciudad alemana. Durante el siglo XIX y comienzos del XX formó parte de Prusia y luego del Imperio alemán, y su carácter se germanizó, aunque conservó una población de origen polaco y su identidad portuaria.
Tras la Primera Guerra Mundial y la derrota alemana, el Tratado de Versalles de 1919 dio a Gdańsk un estatus muy peculiar: en 1920 se creó la 'Ciudad Libre de Danzig' (Wolne Miasto Gdańsk), un pequeño Estado semiautónomo bajo la protección de la Sociedad de Naciones, con población mayoritariamente alemana pero con derechos especiales para Polonia, que necesitaba una salida al mar. Esta solución de compromiso dejó a todos insatisfechos y convirtió a Danzig en un foco permanente de tensión entre Alemania y Polonia durante el período de entreguerras.
La Alemania nazi de Hitler hizo de la 'cuestión de Danzig' —su exigencia de reincorporar la ciudad al Reich— uno de los pretextos para la agresión contra Polonia. La reivindicación de Danzig se convirtió así en la chispa que precedió al mayor conflicto de la historia.
La madrugada del 1 de septiembre de 1939, el acorazado alemán Schleswig-Holstein, fondeado en el puerto de Gdańsk con la excusa de una visita de cortesía, abrió fuego contra la pequeña guarnición militar polaca del Depósito de Tránsito Militar de Westerplatte, una península a la entrada del puerto. Aquellos disparos son considerados por la historia el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, el conflicto más devastador de todos los tiempos. La guarnición de Westerplatte, con poco más de 200 hombres, resistió heroicamente durante siete días el ataque muy superior alemán, convirtiéndose en símbolo de la resistencia polaca.
Ese mismo día, los defensores polacos del edificio de Correos de Danzig (la Poczta Polska) protagonizaron otra resistencia desesperada; muchos de los que se rindieron fueron después ejecutados. La ciudad fue anexionada por la Alemania nazi, y su población polaca y judía sufrió persecución, deportaciones y muerte durante los años de ocupación.
El final de la guerra trajo la destrucción casi total de Gdańsk. En 1945, en los combates por la conquista de la ciudad por el Ejército Rojo soviético y en los incendios y saqueos que siguieron, el magnífico casco histórico quedó reducido a ruinas: se calcula que más del 90% del centro fue arrasado. La población alemana huyó o fue expulsada tras la guerra, y Gdańsk, devuelta a Polonia por los acuerdos de posguerra, se repobló con polacos, muchos de ellos desplazados de los territorios del este perdidos ante la Unión Soviética. La ciudad recuperaba su nombre polaco, pero yacía en escombros.
Como Varsovia, Gdańsk decidió resucitar de sus ruinas. Durante las décadas de posguerra, el casco histórico —el llamado Główne Miasto o 'Ciudad Principal'— fue reconstruido con cuidado, recuperando el trazado, las fachadas de las casas de mercaderes, las puertas y la gran Basílica de Santa María a partir de fotografías, planos y documentos. Hoy, ese casco reconstruido con sus fachadas de colores es de nuevo uno de los conjuntos urbanos más bellos de Polonia.
Pero Gdańsk estaba destinada a volver a cambiar la historia. En diciembre de 1970, una brutal represión de protestas obreras en la ciudad dejó decenas de muertos. Y en agosto de 1980, en los astilleros Lenin de Gdańsk, un electricista despedido llamado Lech Wałęsa saltó el muro y se puso al frente de una huelga que se extendió como la pólvora. De aquella huelga nacieron los Acuerdos de Gdańsk y Solidaridad (Solidarność), el primer sindicato libre e independiente del bloque soviético, que llegó a tener millones de afiliados. Pese a la ley marcial impuesta en 1981, el movimiento resistió en la clandestinidad y se convirtió en la principal fuerza de oposición pacífica al comunismo.
La presión de Solidaridad condujo, en 1989, a las negociaciones de la Mesa Redonda y a las primeras elecciones semilibres, que abrieron el camino a la democracia en Polonia y desencadenaron la caída del comunismo en toda Europa del Este. Lech Wałęsa recibió el Premio Nobel de la Paz en 1983 y fue presidente de Polonia entre 1990 y 1995. Hoy, el Centro Europeo de Solidaridad, junto a los astilleros, cuenta esta historia. La Gdańsk contemporánea es una ciudad próspera, culta y orgullosa: puerto pujante, capital del ámbar, destino turístico de primer nivel y símbolo doble del siglo XX polaco, el lugar donde empezó la guerra y donde empezó a caer el Telón de Acero.