Antes de convertirse en sinónimo del mayor crimen de la historia, Auschwitz era simplemente Oświęcim, una tranquila ciudad del sur de Polonia con siglos de historia. Fundada en la Edad Media, situada en un cruce de caminos y ferrocarriles, Oświęcim tenía a comienzos del siglo XX una población mixta, con una importante y antigua comunidad judía que representaba más de la mitad de sus habitantes y que convivía con la mayoría católica polaca. Era una ciudad corriente, con su mercado, sus sinagogas y sus iglesias.
Todo cambió con la invasión alemana de Polonia el 1 de septiembre de 1939, que dio inicio a la Segunda Guerra Mundial. La Alemania nazi ocupó el país y anexionó esta región directamente al Reich, germanizando los nombres: Oświęcim pasó a llamarse Auschwitz. La población polaca y judía quedó sometida al terror de la ocupación.
Los nazis eligieron este lugar para instalar un campo de concentración por razones muy concretas y frías: Oświęcim estaba bien comunicada por ferrocarril con el resto de la Europa ocupada, lo que permitiría transportar prisioneros desde lejos; había unos cuarteles militares polacos vacíos que servían de base inicial; y la zona estaba relativamente apartada. Esa conjunción de factores logísticos convertiría a una pacífica ciudad polaca en el centro de la maquinaria de exterminio nazi.
El campo de concentración de Auschwitz fue creado por orden de las SS en la primavera de 1940, aprovechando los antiguos cuarteles del ejército polaco a las afueras de Oświęcim. Su primer comandante fue Rudolf Höss. En un principio, no fue concebido como campo de exterminio, sino como un campo de concentración destinado sobre todo a prisioneros políticos polacos: intelectuales, miembros de la resistencia, sacerdotes, opositores y ciudadanos considerados peligrosos por el régimen nazi.
El primer gran transporte de prisioneros llegó en junio de 1940: eran polacos, en su mayoría. Sobre la puerta de entrada, los nazis colocaron la inscripción de hierro 'Arbeit macht frei' ('El trabajo libera'), una consigna cínica que ocultaba una realidad de trabajos forzados, hambre, humillación y muerte. Las condiciones eran atroces: los prisioneros morían por el agotamiento, las palizas, las enfermedades, el hambre y las ejecuciones.
En estos primeros años, Auschwitz fue ante todo un lugar de terror contra la nación polaca. Miles de polacos fueron fusilados en el 'Muro de la Muerte' del Bloque 11 o asesinados de otras formas. Entre los prisioneros de esta etapa estuvo el sacerdote Maximiliano Kolbe, que en 1941 se ofreció voluntariamente a morir de inanición en lugar de otro prisionero, padre de familia, y que fue posteriormente canonizado por la Iglesia católica. También aquí, en el sótano del Bloque 11, los nazis realizaron en 1941 las primeras pruebas de asesinato con el gas Zyklon B, un paso que anunciaba el horror aún mayor que estaba por venir.
En 1941, los nazis comenzaron a construir un segundo campo, mucho mayor, a unos 3 km del original, en un lugar llamado Brzezinka (en alemán, Birkenau): fue Auschwitz II-Birkenau. Este campo enorme —de casi 2 km²— se convertiría en el centro del exterminio masivo. Su construcción coincidió con la decisión nazi de llevar a cabo la 'Solución Final de la cuestión judía' (Endlösung), es decir, el asesinato sistemático de todos los judíos de Europa, coordinado a partir de la Conferencia de Wannsee de enero de 1942.
A partir de 1942, Auschwitz-Birkenau se transformó en el mayor matadero de la historia. Desde toda la Europa ocupada —Polonia, Hungría, Francia, Países Bajos, Grecia, Italia, Eslovaquia y muchos otros países— partían trenes atestados de personas hacinadas en vagones de ganado, en viajes de días sin agua ni comida. Al llegar a la 'rampa' de Birkenau, los oficiales de las SS realizaban la 'selección': la mayoría de los recién llegados —ancianos, niños, enfermos, madres con sus hijos— eran enviados directamente a las cámaras de gas, disfrazadas de duchas, donde eran asesinados con Zyklon B. Sus cuerpos se incineraban en los crematorios. Solo una minoría, considerada apta para el trabajo esclavo, era registrada e internada, para morir después por agotamiento, hambre o enfermedad.
El complejo se completó con un tercer campo, Auschwitz III-Monowitz, de trabajos forzados vinculado a la industria química alemana (IG Farben), y con decenas de subcampos. En Auschwitz, además, el médico de las SS Josef Mengele y otros llevaron a cabo crueles experimentos con prisioneros, incluidos niños y gemelos. Se calcula que, en total, alrededor de 1,1 millones de personas fueron asesinadas en el complejo de Auschwitz, cerca de un millón de ellas judías; el resto, en su mayoría, romaníes (gitanos), prisioneros de guerra soviéticos y polacos.
Pese al terror absoluto, dentro de Auschwitz hubo formas de resistencia. Existió una organización clandestina de prisioneros que documentaba en secreto los crímenes y logró sacar información y fotografías al exterior. En octubre de 1944, un grupo del Sonderkommando —los prisioneros judíos obligados a trabajar en los crematorios— protagonizó una sublevación desesperada y logró destruir parcialmente uno de los crematorios antes de ser aniquilados. Hubo también evasiones que sirvieron para alertar al mundo, como la del eslovaco Rudolf Vrba y Alfréd Wetzler, cuyo informe describió el funcionamiento del campo.
A fines de 1944, ante el avance del Ejército Rojo soviético desde el este, las SS comenzaron a borrar las huellas de sus crímenes: dinamitaron las cámaras de gas y los crematorios de Birkenau, quemaron documentos y, en enero de 1945, evacuaron a decenas de miles de prisioneros en las tristemente célebres 'marchas de la muerte', obligándolos a caminar en pleno invierno hacia el interior de Alemania; muchos murieron de frío, agotamiento o fusilados por el camino.
El 27 de enero de 1945, las tropas soviéticas del Ejército Rojo llegaron a Auschwitz y liberaron a los aproximadamente 7.000 prisioneros que quedaban en el campo, la mayoría enfermos y moribundos, demasiado débiles para haber sido evacuados. Lo que los soldados encontraron —los barracones, las montañas de objetos de las víctimas, los cuerpos, los supervivientes esqueléticos— reveló al mundo la magnitud del horror. Desde 2005, la Asamblea General de la ONU conmemora el 27 de enero como Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto.
Tras la liberación, los supervivientes y el Estado polaco quisieron que el mundo no olvidara lo ocurrido. En 1947, el Parlamento polaco creó el Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau sobre los terrenos de Auschwitz I y Auschwitz II-Birkenau, con la misión de preservar el lugar, conservar los objetos y las instalaciones, investigar y, sobre todo, educar. El Memorial no busca el espectáculo: su tono es sobrio y riguroso, porque su objetivo es la memoria y la transmisión de una advertencia a las generaciones futuras.
En 1979, la Unesco inscribió el sitio en la lista de Patrimonio Mundial. Su nombre oficial es deliberadamente preciso: 'Auschwitz Birkenau, campo de concentración y exterminio nazi alemán (1940-1945)'. Esa formulación —que subraya que fue 'nazi alemán'— es importante: el campo lo construyó y operó la Alemania nazi en territorio de la Polonia ocupada, y las autoridades polacas han insistido en rechazar la expresión errónea de 'campos de exterminio polacos'. El sitio figura en la lista como testimonio único de uno de los mayores crímenes de la humanidad.
¿Por qué visitarlo? Porque, como han repetido los supervivientes, ver con los propios ojos las vías, los barracones, los objetos de las víctimas y las ruinas de las cámaras de gas transmite una comprensión que ningún libro puede dar, y porque la memoria es una forma de responsabilidad. En un mundo donde el antisemitismo, el racismo y la negación del Holocausto no han desaparecido, mantener viva la memoria de Auschwitz es un compromiso ético. Se visita en silencio y con respeto, no como turista, sino como testigo: para recordar a quienes fueron asesinados y para que algo así no vuelva a ocurrir jamás.