Para entender Taha'a hay que mirar primero el agua que la rodea. Esta isla con forma de flor no está sola: comparte una única y enorme laguna, encerrada por un mismo arrecife, con su vecina Raiatea, apenas unos kilómetros al sur. Desde el aire, las dos islas parecen dos montañas verdes flotando en un mismo espejo de agua turquesa. Y esa vecindad no es solo geográfica: durante milenios, Taha'a y Raiatea compartieron historia, cultura, dioses y destino. Quien se acerca a Taha'a se acerca, sin saberlo, al corazón espiritual de toda la Polinesia.
Porque Raiatea, la isla hermana, fue Havai'i, la tierra madre de la civilización mā'ohi, el lugar desde el que las grandes canoas de doble casco partieron para poblar el triángulo polinesio: Hawái al norte, Aotearoa (Nueva Zelanda) al suroeste, Rapa Nui (Isla de Pascua) al sureste. En su costa este se levanta el marae Taputapuātea, el templo más sagrado del Pacífico, hoy Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Taha'a orbitaba en torno a ese centro sagrado, formando parte del mismo mundo de jefes (ari'i), sacerdotes y navegantes, regido por el mana, el poder sagrado heredado de los dioses y los antepasados.
Taha'a, alta y volcánica, coronada por el monte Ohiri (590 m) y recortada por profundas bahías, ofrecía tierras fértiles y una laguna generosa. Fue poblada por los mismos navegantes austronesios que colonizaron las Islas de la Sociedad siglos antes de la era cristiana, llegados desde el oeste del Pacífico —Samoa, Tonga— en un viaje de siglos. Sus habitantes vivían de la pesca, del cultivo del taro y el árbol del pan, de los cocoteros, y estaban unidos por lazos de parentesco y alianza a las demás Islas de Sotavento. Taha'a no tenía la primacía sagrada de Raiatea, pero era parte inseparable de su mundo.
Las Islas de Sotavento —Raiatea, Taha'a, Huahine, Bora Bora, Maupiti— formaban, antes de la llegada europea, un archipiélago culturalmente coherente y a menudo turbulento. Los jefes de estas islas competían y se aliaban entre sí en un juego constante de guerras, matrimonios y ceremonias. Bora Bora, en particular, fue durante generaciones una potencia guerrera temida en toda la región, y sus incursiones alcanzaron incluso el marae Taputapuātea de Raiatea, que fue atacado hacia 1763. Taha'a, por su posición y su tamaño, solía quedar bajo la influencia de sus vecinas más poderosas, especialmente Raiatea y Bora Bora.
La sociedad mā'ohi de estas islas era profundamente religiosa y jerárquica. En lo más alto estaban los ari'i, jefes cuyo linaje se remontaba a los dioses; luego los ra'atira (propietarios de tierras) y los manahune (gente común). Los sacerdotes ('tahu'a') custodiaban el saber sagrado, las genealogías y los rituales que se celebraban en los marae. La sociedad de los arioi, dedicada al dios 'Oro, recorría las islas con sus danzas, cantos y ceremonias. El tatau (tatuaje), la construcción de grandes canoas y el arte de la navegación por las estrellas eran pilares de esta cultura, una de las más sofisticadas de la Oceanía.
En ese mundo, Taha'a era una isla de valles y bahías donde la vida seguía el ritmo de las estaciones, la pesca y las plantas. Su laguna compartida con Raiatea era una autopista de canoas, y sus habitantes participaban de las grandes ceremonias del vecino Taputapuātea. Nada de esto era estático: era un mundo vivo, cambiante, con sus propias guerras y alianzas, que llevaba siglos evolucionando cuando, en el horizonte, aparecieron las velas de los barcos europeos y todo empezó a cambiar.
El siglo XVIII trajo a los europeos. El capitán James Cook exploró las Islas de Sotavento en 1769, guiado por Tupaia, el sacerdote-navegante de Raiatea que llevaba en la memoria un mapa de más de setenta islas. Con los barcos llegaron el hierro, las armas de fuego y, sobre todo, enfermedades nuevas —sarampión, gripe, viruela— contra las que los mā'ohi no tenían defensas, y que en pocas generaciones diezmaron dramáticamente a la población de todas las islas, Taha'a incluida.
El cambio más profundo, sin embargo, fue religioso. Desde fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, los misioneros de la London Missionary Society se propusieron cristianizar el archipiélago, apoyados en el ascenso de la dinastía Pomare, que unificó Tahití y extendió su influencia a las Islas de Sotavento. La conversión de Pomare II arrastró a la población, y con el cristianismo llegaron el fin de los cultos a los antiguos dioses, la prohibición del tatau y de muchas danzas, el abandono de los marae y una nueva moral. La vieja religión que había hecho de esta región el centro sagrado de la Polinesia se apagó en apenas unas décadas.
En el terreno económico, el siglo XIX introdujo en Taha'a los cultivos que definirían su futuro. La vainilla —una orquídea originaria de México, la Vanilla tahitensis, adaptada a estas islas— encontró en el suelo y el clima de Taha'a condiciones ideales. Como aquí no existía el insecto que la poliniza en su tierra de origen, cada flor debía (y debe todavía) polinizarse a mano, una a una, un trabajo minucioso que se volvió tradición familiar. Poco a poco, Taha'a se especializó en esta vainilla aromática y cotizada, hasta convertirse en 'la isla vainilla' que produce la enorme mayoría de la vainilla polinesia. Más tarde, la laguna daría además otra riqueza: la perla negra de Tahití.
Mientras Tahití caía bajo control francés —protectorado en 1842, colonia en 1880—, las Islas de Sotavento conservaron durante casi medio siglo una independencia singular. La Convención de Jarnac, firmada en 1847 entre Francia y Gran Bretaña, garantizaba que Raiatea, Taha'a, Huahine y Bora Bora permanecieran independientes, sin que ninguna de las dos potencias las anexara. Durante esas décadas, Taha'a y sus vecinas vivieron como pequeños reinos, con sus propios jefes y una autonomía que las diferenciaba del resto de la Polinesia ya colonizada.
Todo cambió en 1887, cuando Francia y Gran Bretaña acordaron dejar sin efecto la Convención de Jarnac, y Francia se decidió a anexar las Islas de Sotavento. La reacción no se hizo esperar. El 21 de abril de 1888, Francia proclamó la anexión, pero encontró una resistencia feroz, sobre todo en Raiatea, donde el jefe Teraupo'o encabezó una rebelión que se extendió por toda la región en lo que se conoce como la Guerra de las Islas de Sotavento. Los rebeldes se hicieron fuertes en los valles y las montañas, y hostigaron a las tropas coloniales en una guerra de desgaste que se prolongó casi diez años.
Francia respondió con bombardeos navales y expediciones de castigo por todas las islas, Taha'a incluida. La resistencia solo terminó en 1897, cuando las fuerzas francesas capturaron a Teraupo'o y lo deportaron, junto a decenas de sus seguidores, a Nueva Caledonia. Con esa derrota, Taha'a y las demás Islas de Sotavento quedaron definitivamente incorporadas a los Establecimientos Franceses de Oceanía. Se cerraba así el último capítulo de soberanía mā'ohi en las Islas de la Sociedad, y comenzaba la larga integración de Taha'a en la Polinesia Francesa moderna.
El siglo XX y XXI transformaron a Taha'a en la isla tranquila y productiva que es hoy. Con algo más de cinco mil habitantes repartidos en pueblos como Patio —su centro administrativo—, Haamene, Tapuamu o Vaitoare, Taha'a vive de sus manos: la vainilla que la hizo famosa, las granjas de perlas negras de su laguna, el copra de los cocoteros, la pesca y, cada vez más, un turismo discreto y de calidad. Es una isla sin aeropuerto, a la que solo se llega por agua desde Raiatea, y esa relativa dificultad de acceso la ha mantenido a salvo del turismo masivo: quien llega, llega buscando calma.
Su gran tesoro turístico es la laguna que comparte con Raiatea, y en especial el jardín de coral del motu Tautau, uno de los snorkels más bellos de la Polinesia. Alrededor, los motu de arena blanca, las plantaciones de vainilla que perfuman los valles, las granjas donde nacen las perlas y la pequeña destilería de ron componen una experiencia que es la antítesis del lujo ruidoso: la de una Polinesia rural, auténtica y amable. El resort del motu Tautau, con sus bungalows sobre el agua y su vista a Bora Bora, convive con las pensiones familiares donde se come en la mesa del anfitrión.
Como toda la Polinesia Francesa, Taha'a comparte la memoria del siglo XX: los ensayos nucleares franceses en los atolones de Moruroa y Fangataufa (1966-1996) marcaron a todo el país y alimentaron el debate sobre la autonomía, la salud y la reparación. Y comparte también el renacimiento cultural mā'ohi de las últimas décadas —el resurgir de la lengua, la danza, el tatau y la navegación tradicional— que tiene su epicentro en la vecina Raiatea y su marae Taputapuātea, hoy reconocido por el mundo entero. Visitar Taha'a es, al final, asomarse a ese mundo desde su rincón más sereno: una isla que huele a vainilla, flota sobre una laguna sagrada y guarda, en su calma, el pulso antiguo de la Polinesia.