Los antiguos no la llamaban Moorea. La conocían como 'Aimeho o Eimeo, y una vieja leyenda cuenta que su nombre actual —Mo'orea, que suele traducirse como 'lagarto amarillo'— nace de una visión: un sacerdote o un jefe que soñó, o vio, un lagarto amarillo asociado a la isla. Los nombres, en la Polinesia, no eran etiquetas: eran genealogía, eran mito, eran memoria. Y Moorea, esa isla de montañas dentadas que se alza al oeste de Tahití como un decorado imposible, ha sido escenario de mitos desde que los primeros mā'ohi remaron hasta sus bahías.
Porque Moorea fue poblada, como el resto de las Islas de la Sociedad, por los navegantes polinesios que colonizaron el Pacífico central hace más de mil años. Sus dos grandes bahías gemelas —la de 'Ōpūnohu y la de Cook (Pao Pao)—, hundidas entre paredes de roca volcánica, ofrecían refugio, pesca y tierra fértil. En sus valles, sobre todo en el amplio y verde valle de 'Ōpūnohu, se levantaron aldeas, huertas de taro y decenas de marae, los templos de piedra donde la sociedad mā'ohi rendía culto a sus dioses y honraba a sus jefes.
A solo 17 km de Tahití, separada apenas por un canal que hoy se cruza en ferry en media hora, Moorea estuvo siempre íntimamente ligada a la gran isla vecina y a su historia. Compartía dioses, linajes y guerras. Y cuando el destino de todo el archipiélago se jugó, entre dioses viejos y una fe nueva, entre jefes rivales y barcos europeos, Moorea no fue un espectador lejano: fue, más de una vez, el mismísimo centro del tablero.
Quien sube hoy por la carretera del valle de 'Ōpūnohu, camino del mirador del Belvédère, atraviesa sin saberlo uno de los conjuntos arqueológicos más importantes de la Polinesia Francesa. Bajo los grandes árboles, entre helechos y plantaciones, se esconden más de un centenar de estructuras de piedra: marae, plataformas, recintos, terrazas de cultivo y tiros de arco ceremoniales. Es el testimonio de que este valle, hoy tranquilo y semivacío, estuvo densamente poblado antes de la llegada de los europeos.
Los marae eran el corazón de la vida religiosa y política mā'ohi: plataformas rectangulares de piedra y coral, a veces con losas erguidas (los ahu), donde se hacían las ceremonias, se invocaba a los dioses —Ta'aroa el creador, 'Oro el dios de la guerra— y se legitimaba el poder de los ari'i, los jefes de linaje sagrado. Cada grupo familiar y cada jefatura tenía su marae, y su tamaño y prestigio hablaban del mana, el poder espiritual, de quienes lo levantaban.
En el valle de 'Ōpūnohu se han restaurado varios de estos templos para que el visitante los pueda recorrer. El más conocido es el marae Titiroa, rodeado de banianos y reconstruido a fines de la década de 1960 por el arqueólogo Yosihiko Sinoto y su equipo, junto con los marae Afareaito y otros. Caminar entre esas piedras cubiertas de musgo, a la sombra de árboles centenarios, es asomarse a la Moorea anterior a la Cruz: la de los sacerdotes, los tambores y las ofrendas, la de un mundo que estaba a punto de cambiar para siempre.
A comienzos del siglo XIX, mientras los barcos europeos iban y venían por Tahití, un jefe ambicioso intentaba dominar todo el archipiélago: Pomare II, heredero de la dinastía que su padre había empezado a construir con la ayuda de armas y aliados occidentales. Pero sus rivales lo derrotaron, y en diciembre de 1808 Pomare II tuvo que huir de Tahití y refugiarse, precisamente, en Moorea.
En Moorea, el jefe caído encontró algo más que refugio: encontró a los misioneros protestantes de la London Missionary Society, que habían desembarcado en las islas en 1797 y que también se habían replegado allí. En el exilio moorano, Pomare II se acercó a la nueva religión y, en 1812, se hizo bautizar: un paso de enorme peso simbólico, porque era el primer gran jefe en abrazar el cristianismo. Moorea se convirtió así en el bastión desde el cual se preparó no solo la reconquista del reino, sino la conversión de todo un pueblo.
El desenlace llegó el 12 de noviembre de 1815, cuando Pomare II regresó a Tahití y venció definitivamente a sus enemigos en la batalla de Te Fei Pī. Su victoria militar fue también la victoria del cristianismo: en poco tiempo, los antiguos ídolos fueron abandonados y quemados. La tradición cuenta que en el marae Papetoai, en la costa norte de Moorea, el propio sacerdote principal del dios 'Oro se convirtió y destruyó los ídolos del templo. Sobre ese lugar sagrado del paganismo se levantó más tarde el templo octogonal de Papetoai, una de las iglesias cristianas más antiguas del Pacífico Sur, símbolo perfecto de aquel cambio de mundo que empezó en Moorea.
La conversión de Pomare II consolidó a su dinastía al frente de un reino cristiano, el Reino de Tahití, que abarcaba también a Moorea y otras islas. Pero era un reino atrapado en la pulseada entre las grandes potencias. En 1842, el almirante francés Abel Aubert du Petit-Thouars, aprovechando un incidente con misioneros católicos, presionó a la reina Pomare IV para que aceptara un protectorado francés sobre Tahití y sus dependencias, Moorea incluida. La reina y buena parte de su pueblo resistieron durante años —hubo una guerra franco-tahitiana entre 1844 y 1847—, pero el protectorado se impuso.
En 1880, el rey Pomare V, hijo de Pomare IV, cedió formalmente la soberanía de Tahití y sus dependencias a Francia a cambio de una pensión. El reino desapareció y nacieron los Establecimientos Franceses de Oceanía, una colonia. Moorea, tan cercana a Tahití, quedó dentro de ese nuevo orden colonial, con su administración, sus escuelas en francés y su economía volcada a la exportación: la vainilla, la copra (pulpa seca de coco) y, más tarde, el café y la fruta.
Durante buena parte de los siglos XIX y XX, Moorea fue una isla rural y tranquila, de plantaciones y aldeas de pescadores, a la sombra de Tahití. Sus valles produjeron vainilla y, sobre todo, el ananás (piña) que todavía hoy es su emblema y que se destila en la fábrica de jugos y licores del valle de 'Ōpūnohu. La isla mantenía su ritmo pausado mientras, en la lejana capital Papeete, se cocían los grandes cambios que sacudirían a toda la Polinesia en el siglo XX.
El siglo XX transformó a Moorea en dos frentes opuestos. Por un lado, la isla se convirtió en pionera del turismo polinesio: en 1961, el legendario hotel Bali Hai, fundado por tres estadounidenses aventureros —los 'Bali Hai Boys'—, inauguró en Moorea uno de los primeros bungalows sobre el agua del mundo, ese ícono que hoy asociamos a la Polinesia entera. Moorea, con sus bahías de postal y su cercanía a Tahití, se volvió el destino soñado de lunas de miel y viajeros del Pacífico.
Por otro lado, sobre toda la Polinesia Francesa cayó la sombra de la bomba atómica. Entre 1966 y 1996, Francia realizó 193 ensayos nucleares en los atolones de Moruroa y Fangataufa, en el archipiélago de las Tuamotu: 46 en la atmósfera y el resto bajo tierra. El primero fue el 3 de julio de 1966; el último, en enero de 1996. El Centro de Experimentación del Pacífico transformó la economía del territorio —atrajo mano de obra, dinero y una urbanización acelerada de Papeete—, pero dejó también graves secuelas sanitarias y ambientales, un legado de contaminación y enfermedades cuya reparación todavía se litiga. Los ensayos alimentaron un fuerte movimiento independentista y por la desnuclearización que marcó la política polinesia de las últimas décadas.
En paralelo, la Polinesia Francesa fue ganando autonomía: obtuvo estatutos cada vez más amplios hasta convertirse, en 2004, en una colectividad de ultramar con gobierno, asamblea y presidente propios, aunque Francia conserva competencias como la defensa y la justicia. Moorea vivió de cerca todos estos vaivenes desde su cercanía a la capital, sin dejar de ser el jardín verde y tranquilo al que los tahitianos escapan el fin de semana.
La Moorea de hoy es mucho más que un paisaje de bahías y montañas. Con unos 17.000 habitantes, es la segunda isla más poblada de las de Sotavento y del Viento después de Tahití, y funciona en buena medida como su prolongación: miles de personas cruzan a diario o los fines de semana en el ferry desde Papeete. Vive del turismo —con sus resorts, sus pensiones familiares y sus tours de laguna con rayas y tiburones—, de la agricultura del ananás y de la pesca en la laguna.
Pero Moorea es también, curiosamente, una isla de ciencia. En el valle de 'Ōpūnohu funciona una estación de investigación marina de la Universidad de California en Berkeley (la Gump Station), y toda la isla es objeto de uno de los proyectos de ecología más ambiciosos del mundo, el 'Moorea Biocode', que intentó catalogar genéticamente todas las especies de un ecosistema tropical completo. Sus arrecifes y su laguna son un laboratorio natural estudiado por científicos de todo el planeta, y sus aguas reciben cada año, entre julio y noviembre, a las ballenas jorobadas que vienen a parir y criar.
En esa mezcla está el carácter de Moorea: una isla que guarda en el valle de 'Ōpūnohu los marae de sus ari'i y, unos metros más allá, un laboratorio de biología del siglo XXI; que fue el refugio desde el que Pomare II cambió la fe de todo un pueblo y que hoy es refugio de fin de semana de los papeetinos; que produjo vainilla para el imperio colonial y hoy exporta postales de bungalows sobre el agua. De forma de corazón vista desde el aire, Moorea condensa toda la historia de la Polinesia —el poblamiento mā'ohi, la Cruz, la colonia, la bomba y la autonomía— en apenas 134 km² de montañas verdes hundidas en una laguna turquesa.