En 1961, unos trabajadores que extraían arena de coral del Motu Paeao, un islote minúsculo en la corona de arrecife de Maupiti, empezaron a desenterrar huesos humanos. La noticia llegó al Museo Bishop de Honolulu, y al año siguiente, en 1962, los arqueólogos Kenneth P. Emory y Yosihiko H. Sinoto viajaron hasta esta isla remota de las Islas de la Sociedad para excavar lo que resultó ser uno de los hallazgos más importantes de la arqueología del Pacífico.
En la arena aparecieron una decena de enterramientos con sus ajuares: anzuelos de una sola pieza tallados en nácar, azuelas de basalto, colgantes hechos con dientes de ballena. No eran objetos cualquiera. Su forma, su estilo, su manera de estar trabajados eran asombrosamente parecidos a los de los primeros sitios maoríes de Nueva Zelanda, a más de 4.000 km de distancia. Maupiti, una isla que hoy cabe entera en la palma de la mano, guardaba una pieza clave del rompecabezas de cómo se pobló el Pacífico.
Los análisis situaron la ocupación de Maupiti al menos hacia el año 850 d. C., y el sitio de Motu Paeao pasó a ser considerado uno de los enterramientos más antiguos conocidos de toda la Polinesia Oriental. Lo que esos huesos y esos anzuelos contaban era una historia de navegantes extraordinarios: los mā'ohi que, siglos antes de que ningún europeo soñara con cruzar océanos abiertos, se lanzaron en canoas dobles a colonizar el triángulo inmenso que va de Hawái a Rapa Nui y a Aotearoa (Nueva Zelanda). Maupiti fue una escala, un hogar y una prueba viva de esa hazaña.
Antes de cualquier bandera europea, Maupiti era parte de un mundo entero: el de los mā'ohi, el pueblo polinesio de las Islas de la Sociedad. Era una sociedad jerárquica y profundamente religiosa, organizada en torno a los ari'i (los jefes de linaje noble), los ra'atira (una suerte de terratenientes) y el común de la gente. En la cúspide de todo estaba el mana: una fuerza sagrada, un poder espiritual que fluía de los dioses y los antepasados y que legitimaba a los jefes. El mana no se tenía sin más: se heredaba, se ganaba, se perdía.
El corazón de esa vida espiritual eran los marae, templos de piedra al aire libre —plataformas y recintos con losas erguidas— donde se hacían las ceremonias, se invocaba a los dioses y se enterraba a los notables. En la pequeña Maupiti, como en toda la Polinesia, los marae marcaban el territorio y el linaje de cada grupo. Estaban dedicados a dioses como Ta'aroa, el creador, o 'Oro, el dios de la guerra cuyo culto se irradiaba desde el gran marae de Taputapuātea, en la vecina Raiatea, considerada la isla sagrada y la cuna espiritual de toda la región.
La cultura mā'ohi era también la del tatau (el tatuaje, palabra que dio origen al término 'tatuaje' en las lenguas europeas), el del 'ori tahiti (la danza), el de la va'a (la canoa) y el de una tradición oral riquísima de genealogías, cantos y leyendas. Y era, sobre todo, la cultura de la navegación: los mā'ohi leían el oleaje, las estrellas, el vuelo de las aves y el color del agua para orientarse en el océano abierto. Maupiti, con su laguna resguardada y su único paso de arrecife, el difícil paso de Onoiau, era a la vez refugio y punto de la red de islas que estos navegantes tejían con sus travesías. Estaba especialmente ligada, cultural y familiarmente, a Bora Bora, su vecina de Sotavento.
El primer europeo que avistó Maupiti no venía buscándola. En 1722, el neerlandés Jakob Roggeveen —el mismo que en su viaje había topado con Rapa Nui el domingo de Pascua— pasó frente a estas islas de Sotavento rumbo al oeste y divisó Maupiti y sus vecinas. No desembarcó ni cambió gran cosa: fue apenas una silueta en el horizonte, un primer roce entre dos mundos que todavía no se entendían.
El encuentro decisivo con Occidente llegó por Tahití, la gran isla vecina. En 1767, el británico Samuel Wallis fue el primer europeo en fondear en Tahití; en 1768 lo hizo el francés Louis-Antoine de Bougainville, que la bautizó 'la Nueva Citera' y llevó a Europa la imagen del paraíso; y en 1769 llegó James Cook, que ancló en la Pointe Vénus de Tahití para observar el tránsito de Venus. Cook exploró y cartografió las Islas de la Sociedad —a las que dio ese nombre, según se cree, en honor a la Royal Society que patrocinaba su viaje— y sus mapas incorporaron el pequeño mundo de Maupiti al conocimiento europeo.
Para islas tan chicas y apartadas como Maupiti, el contacto no trajo tanto conquistadores como consecuencias indirectas y devastadoras: las enfermedades. La viruela, la gripe, la tuberculosis y otras dolencias contra las que los mā'ohi no tenían defensas diezmaron a la población de las Islas de la Sociedad a lo largo del siglo siguiente. Las armas de fuego, además, alteraron el equilibrio de poder entre los jefes y alimentaron las guerras que terminarían por reconfigurar todo el archipiélago.
Mientras Maupiti seguía su vida menuda en el borde del archipiélago, en Tahití se libraba la partida que decidiría el destino de todas estas islas. En 1797, la London Missionary Society desembarcó a sus primeros misioneros protestantes en Tahití. Y un jefe astuto, Pomare I, empezó a usar las armas y las alianzas europeas para imponerse sobre los demás. Su hijo, Pomare II, continuó la empresa: derrotado por sus rivales, se refugió en la isla de Moorea, donde en 1812 se convirtió al cristianismo y se hizo bautizar.
En 1815, Pomare II regresó a Tahití y venció a sus enemigos en la batalla de Te Fei Pī. Su triunfo fue también el triunfo de la nueva religión: en pocos años, los antiguos dioses fueron abandonados, los ídolos quemados y los marae dejados a la ruina. El cristianismo protestante se expandió por todo el archipiélago, y Maupiti, como el resto de las Islas de la Sociedad, se hizo cristiana. Los misioneros trajeron la escritura, las iglesias y una moral nueva, pero también contribuyeron a borrar buena parte de la cultura ancestral, ahora vista como pagana.
Los Pomare construyeron así un reino unificado, el Reino de Tahití, que fue reconocido por las potencias europeas. Pero era un reino frágil, presa de la rivalidad entre Gran Bretaña y Francia por el control del Pacífico. Y las islas de Sotavento —Raiatea, Taha'a, Huahine, Bora Bora y Maupiti— tenían además sus propios jefes y su propia historia, no siempre sometidos al poder de Tahití.
En 1842, el almirante francés Abel Aubert du Petit-Thouars, actuando casi por su cuenta, presionó a la reina Pomare IV para que aceptara un protectorado francés sobre Tahití y sus dependencias. Fue el principio del fin de la independencia tahitiana. La reina resistió durante años, hasta una guerra franco-tahitiana, pero el protectorado se consolidó. En 1880, su hijo, el rey Pomare V, cedió formalmente la soberanía de Tahití y sus dependencias a Francia, que las convirtió en colonia: los Establecimientos Franceses de Oceanía.
Las islas de Sotavento, entre ellas Maupiti, conservaron por un tiempo más su autonomía y sus reyes locales, pero Francia terminó de anexarlas a comienzos del siglo XX. Maupiti quedó así integrada, como el rincón más pequeño y apartado, a un territorio francés lejano y poco atendido. Durante décadas la vida en la isla siguió siendo la de siempre: pesca, cultivos de taro, copra y la cría en la laguna, con la pequeña población que apenas cambiaba.
El siglo XX trajo, sin embargo, una sombra que marcó a toda la Polinesia Francesa: los ensayos nucleares. Entre 1966 y 1996, Francia realizó 193 pruebas atómicas en los atolones de Moruroa y Fangataufa, en el archipiélago de las Tuamotu, primero en la atmósfera y luego bajo tierra. Los ensayos transformaron la economía y la sociedad del territorio, dejaron secuelas sanitarias y ambientales todavía en litigio y alimentaron un fuerte movimiento por la autonomía y contra la presencia militar francesa. Aunque las pruebas se hicieron lejos de Maupiti, su impacto —económico, político, identitario— alcanzó a todo el país.
Desde 2004, la Polinesia Francesa es una colectividad de ultramar de la República Francesa con un amplio estatuto de autonomía: tiene su propio gobierno, su asamblea y su presidente, aunque Francia conserva la defensa, la justicia y el orden público. Maupiti, con poco más de 1.200 habitantes, es una de sus comunas más pequeñas, y ha tomado una decisión que la define frente a todas sus vecinas.
Cuando el turismo de lujo transformó a Bora Bora, a apenas 40 km, en una vidriera de resorts y bungalows sobre el agua, Maupiti eligió el camino contrario. Sus habitantes votaron, en un referéndum, prohibir la construcción de grandes hoteles y permitir solamente pensiones de familia gestionadas por los propios isleños. Fue una apuesta consciente por el turismo comunitario y por preservar el modo de vida, el paisaje y la escala humana de la isla. El resultado es que Maupiti sigue siendo, para muchos, 'la Bora Bora de hace cincuenta años': la misma laguna deslumbrante, pero sin lujo, sin masas y sin cemento.
Hoy la isla vive de la pesca, de un poco de agricultura y de un turismo pequeño y cuidado que llega en los vuelos de Air Tahiti o en el barco desde Bora Bora. El viajero que aterriza en el diminuto aeropuerto del Motu Tuanai y cruza en barco la laguna encuentra un lugar donde todavía se saluda a todos, donde se pedalea la vuelta a la isla en dos horas y donde las mantarrayas planean en la laguna como hace mil años. En sus arenas duermen todavía los huesos de los primeros navegantes; en su decisión de decir no a los resorts late la misma voluntad de seguir siendo dueños de su isla. Maupiti es, en pequeño, la historia entera de la Polinesia: la del pueblo mā'ohi que cruzó el océano más grande del planeta y que aún hoy pelea por decidir su propio rumbo.