En una ladera sobre Atuona, entre cruces blancas, coronas de flores y el rumor del mar de las Marquesas, descansan a pocos metros dos de los europeos más célebres que eligieron morir en el fin del mundo. Uno es Paul Gauguin, el pintor que huyó de París y de Tahití buscando una Polinesia todavía 'salvaje' y murió aquí en 1903, enfrentado a la Iglesia y a la administración colonial. El otro es Jacques Brel, el cantautor belga que llegó en 1975 con su velero, se quedó a vivir sus últimos años volando su avioneta entre las islas y fue enterrado en octubre de 1978. El cementerio del Calvario es hoy el gancho que trae viajeros a Hiva Oa desde el otro lado del planeta.
Pero convertir a Hiva Oa en un anexo de dos biografías francesas y belga es traicionar lo esencial. Mucho antes de que Gauguin comprara su terreno al obispo, esta tierra tenía nombre propio: Te Henua 'Enata, 'la Tierra de los Hombres', poblada por una civilización de navegantes que cruzó miles de kilómetros de océano y levantó en estos valles una de las culturas más originales del Pacífico. Los tikis de piedra más grandes de toda la Polinesia Francesa no los talló ningún europeo: los tallaron los 'enata, siglos antes de que ninguna vela apareciera en el horizonte. Esta es, sobre todo, su historia.
Las Marquesas son de las islas más remotas y aisladas del planeta: no hay laguna que las proteja, ni arrecife de barrera, solo montañas volcánicas que caen a pique sobre un océano abierto. Y sin embargo fueron pobladas por seres humanos que llegaron por mar en grandes canoas dobles, guiándose por las estrellas, las corrientes, el vuelo de las aves y el oleaje. La UNESCO sitúa el asentamiento de esta 'civilización marítima' alrededor del año 1000 de nuestra era, aunque parte de la investigación arqueológica propone fechas más tempranas; las Marquesas fueron, además, uno de los focos desde los que se pobló buena parte de la Polinesia oriental, incluidas Hawái y probablemente la Isla de Pascua.
Los habitantes se llamaban a sí mismos 'enata (o 'enana en el norte del archipiélago): 'los seres humanos'. Cada valle profundo de Hiva Oa era el territorio de una tribu, una sociedad jerárquica encabezada por jefes hereditarios (los ari'i o haka'iki), con sacerdotes y adivinos (tau'a) que mediaban con lo sagrado, artesanos especializados (tuhuna) y guerreros (toa). El mundo se ordenaba según el mana —el poder espiritual que impregnaba a personas, objetos y lugares— y el tapu (de donde viene la palabra 'tabú'), el sistema de prohibiciones sagradas que regulaba desde la comida hasta la muerte.
En cada valle, las comunidades construyeron un paisaje monumental de piedra que todavía hoy asombra: los paepae, plataformas sobre las que se levantaban las casas y los templos; los me'ae, recintos sagrados reservados a los tau'a y a los ritos; y los tohua, grandes explanadas ceremoniales para las fiestas colectivas. Sobre ellos se celebraban el haka —la danza marquesana, poderosa y percusiva—, se recitaban las genealogías y se ejecutaba el tatau, el tatuaje que cubría los cuerpos de motivos que marcaban el rango, la valentía y la pertenencia. Las Marquesas son consideradas la cuna del tatuaje polinesio, y de hecho la palabra 'tatuaje' que usa medio mundo deriva del polinesio tatau. También florecieron el tallado del tiki en piedra y madera y la fabricación del tapa, la tela hecha de corteza batida.
En ningún lugar se siente ese mundo con tanta fuerza como en el valle de Puamau, al noreste de Hiva Oa. Allí, sobre plataformas de piedra en medio de la selva, se alza el me'ae Iipona (a veces escrito Oipona), el sitio arqueológico más importante de las Marquesas y uno de los grandes conjuntos monumentales del Pacífico. Sus esculturas, talladas en toba volcánica roja, representan a personajes deificados y a fuerzas del más allá.
La figura mayor es el tiki Takaii, de unos 2,6 metros: el tiki antiguo más grande de toda la Polinesia Francesa. La tradición lo asocia a un jefe guerrero célebre por su fuerza descomunal. A su lado se encuentra Makii Taua Pepe, una escultura única en toda la Polinesia: una figura tendida horizontalmente, con las extremidades levantadas, interpretada como una sacerdotisa o como una mujer en el momento del parto. El conjunto incluye otras figuras, entre ellas un tiki con rasgos que recuerdan a un animal, y transmite una atmósfera cargada, sagrada, muy distinta de la de un museo.
El sitio nunca se perdió del todo: era conocido por etnólogos y arqueólogos desde el siglo XIX, y fue restaurado en 1991 por los arqueólogos franceses Pierre y Marie-Noëlle Garanger-Ottino. No es el único de la isla: cerca de Atuona, el valle de Taaoa esconde el me'ae Upeke, con uno de los mayores tohua de las Marquesas y cientos de paepae bajo los banianos, testimonio de que cada uno de estos valles fue, alguna vez, un mundo densamente habitado.
El 21 de julio de 1595, la expedición española del navegante Álvaro de Mendaña de Neira, que buscaba las legendarias islas Salomón y una tierra donde fundar una colonia, avistó las primeras Marquesas: Fatu Hiva y las islas del grupo sur, a un paso de Hiva Oa. Fue el primer contacto documentado entre europeos y marquesanos, y también el primer encuentro de Europa con la Polinesia oriental. Mendaña bautizó al archipiélago 'Las Marquesas de Mendoza' en honor a la esposa del virrey del Perú, García Hurtado de Mendoza; el nombre europeo, que ha sobrevivido, borró de un plumazo el nombre propio de la tierra, Te Henua 'Enata.
El encuentro fue breve y sangriento. Los barcos españoles fondearon en Tahuata, la isla vecina de Hiva Oa. Al principio hubo curiosidad y trueque, pero la desconfianza y la violencia se impusieron enseguida: los arcabuces españoles hicieron estragos y, según las propias crónicas de la expedición, unos doscientos marquesanos murieron en apenas dos semanas. Después las velas se alejaron hacia el oeste y las Marquesas quedaron otra vez solas, pero el precedente estaba marcado. Hiva Oa fue cartografiada por los europeos como 'Dominica'.
Durante casi dos siglos más, las islas apenas volvieron a ver un barco. Recién a fines del siglo XVIII regresaron los europeos —el capitán James Cook pasó en 1774, y otros navegantes después—, y con el cambio de siglo empezó lo peor. Los topónimos que dejaron esos primeros encuentros hablan por sí solos: cerca de Atuona, el sistema de bahías que hoy incluye la de Taaoa fue llamado 'de los Traidores' (Baie des Traîtres), memoria de choques y desconfianzas entre visitantes y locales.
El siglo XIX fue una catástrofe para el pueblo 'enata. A partir de 1800 las Marquesas se llenaron de balleneros, comerciantes de sándalo, tratantes y desertores que traían armas de fuego, alcohol, opio y, sobre todo, enfermedades contra las que los isleños no tenían ninguna defensa. Entre finales del siglo XVIII y la década de 1860, oleadas de viruela, tuberculosis, tifus y gripe barrieron el archipiélago, con una mortalidad estimada cercana al 80%.
Las cifras del derrumbe son difíciles de asimilar. La población marquesana, que en el siglo XVI podía superar las cien mil personas —algunas estimaciones hablan de decenas de miles bien entrado el siglo XVIII—, se redujo a unos veinte mil hacia mediados del siglo XIX y a apenas algo más de dos mil hacia 1900. Fue uno de los mayores colapsos demográficos por contacto documentados en el Pacífico: valles enteros que habían sostenido tribus prósperas quedaron vacíos y silenciosos, y con la gente desapareció buena parte del conocimiento oral, las genealogías y los oficios.
Sobre ese pueblo diezmado llegaron los misioneros. Los católicos, establecidos desde la década de 1830, se propusieron convertir a los marquesanos y, a la vez, borrar las prácticas que consideraban paganas: prohibieron el tatau (el tatuaje quedó proscrito hacia 1838, acusado de idolatría y hasta de causar enfermedades), reprimieron las danzas, los cantos y los ritos, y arrinconaron la lengua marquesana frente al francés. En 1842, el almirante Abel Aubert Dupetit-Thouars tomó posesión de las Marquesas en nombre de Francia: el archipiélago pasó a ser una posesión francesa, condición que mantiene hoy dentro de la Polinesia Francesa. A comienzos del siglo XX, con la cultura reprimida y la población en su punto más bajo, muchos daban por muerto al mundo 'enata.
Es en esa isla golpeada donde desembarca Paul Gauguin en 1901. Venía de Tahití decepcionado, buscando una Polinesia menos tocada por Europa, y en Atuona compró al obispo un terreno donde levantó una casa de dos plantas que llamó, provocador, la Maison du Jouir, 'la Casa del Placer', decorada con tallas que escandalizaron a las autoridades. Pintó algunas de sus obras marquesanas más intensas, chocó una y otra vez con la administración colonial y con la misión —a la que llegó a acusar de abusos— y murió allí en 1903, a los 54 años, pobre y enfermo. Fue enterrado en el cementerio del Calvario, sobre la bahía.
Medio siglo después, otro europeo repitió el gesto de buscar refugio en Hiva Oa. Jacques Brel, ya famoso y enfermo de cáncer, llegó en 1975 navegando el Pacífico en su velero, el Askoy, y decidió quedarse en Atuona. Compró una avioneta bimotor roja, el 'Jojo', con la que hacía vuelos de correo y traslados de urgencia entre las islas, y se ganó el cariño de la gente. Murió en 1978 y fue enterrado en el mismo cementerio, a pocos metros de Gauguin. Sus dos tumbas, y los espacios culturales que hoy los recuerdan en Atuona, siguen siendo el imán turístico de la isla.
Pero la historia más importante de las últimas décadas no es la de esos dos exiliados, sino la del renacimiento del propio pueblo marquesano. Desde los años setenta y ochenta, los 'enata recuperaron con orgullo su lengua, su danza, su tallado y su tatuaje. En 1987 la asociación Te Motu Haka o te Henua Enata creó el Matava'a o Te Henua Enata, el gran festival de las artes de las Marquesas, que reúne cada pocos años a las delegaciones de las seis islas habitadas —entre ellas Hiva Oa— en jornadas de haka, canto, deportes tradicionales, tallado y tatau, y que se ha convertido en el motor de la identidad marquesana contemporánea. Ese renacimiento tuvo su consagración internacional el 26 de julio de 2024, cuando la UNESCO inscribió a 'Te Henua Enata – Las Islas Marquesas' en la lista del Patrimonio de la Humanidad como sitio mixto (natural y cultural), reconociendo tanto sus paisajes y biodiversidad como el testimonio excepcional de aquella civilización de navegantes. La Tierra de los Hombres, que a comienzos del siglo XX muchos habían dado por perdida, volvía a ocupar el centro de su propio relato.