Antes de que fuera la postal más cara del planeta, Bora Bora era Pora Pora, un nombre que la tradición oral tahitiana traduce como «la primogénita» o «la primera nacida»: según los relatos mā'ohi, fue la primera isla que emergió del mar después de la sagrada Raiatea. Los europeos, incapaces de pronunciar la oclusiva glotal y sin la letra 'b' en tahitiano, la escribieron «Bola Bola» y luego «Bora Bora», y así quedó.
La isla que hoy vende silencio y lujo nació de la violencia geológica: un volcán de más de siete millones de años que se derrumbó y se hundió, dejando en pie solo dos agujas de basalto —el monte Otemanu (727 m) y el monte Pahia— rodeadas por una laguna somera y un anillo casi cerrado de motus, los islotes de coral. Ese anillo dejó un único paso navegable al océano abierto, el de Teavanui, un detalle geográfico que, siglos después, decidiría el destino militar de la isla.
Los primeros habitantes llegaron por mar. Formaban parte de la gran expansión de los navegantes austronesios y luego polinesios que, a lo largo de milenios, cruzaron el Pacífico en canoas dobles, las va'a, guiándose por las estrellas, el oleaje, el vuelo de las aves y las corrientes, sin instrumentos. Desde el corazón espiritual de las Islas de la Sociedad —Raiatea y su gran marae de Taputapuatea, el santuario más importante de la Polinesia central— los mā'ohi poblaron las islas vecinas hace más de mil años. Bora Bora, tan próxima, fue de las primeras.
La sociedad mā'ohi de Bora Bora se organizaba, como en el resto del archipiélago, en torno a los ari'i —los jefes de linaje noble—, los marae de piedra donde se celebraban los ritos y se legitimaba el poder, y un orden social atravesado por el concepto de mana, la fuerza espiritual que emanaba de los dioses, los ancestros y los jefes. Se navegaba, se pescaba en la laguna, se cultivaba el taro y el árbol del pan, se tatuaba el cuerpo (el tatau, palabra que el mundo entero terminaría adoptando) y se bailaba y recitaba la genealogía como forma de memoria.
Pero Bora Bora se ganó una fama particular: la de isla de guerreros temibles. Sus hombres eran célebres en todo el archipiélago por su fuerza y su espíritu marcial, y la isla resistió durante generaciones la expansión de la poderosa dinastía Pomare de Tahití, que a fines del siglo XVIII y principios del XIX fue unificando bajo su mando buena parte de las Islas de la Sociedad. Los jefes de Bora Bora no solo se mantuvieron independientes: proyectaron su influencia sobre las islas cercanas —Maupiti, Tupai, Maupihaa, Motu One, Manuae— y participaron en las guerras de la región.
A comienzos del siglo XIX, la política local se enredó con la de Tahití. Hacia 1810, el jefe Mai (o May) y unos 262 guerreros de Bora Bora se aliaron con Pomare II en su lucha por el trono tahitiano; en la batalla de Fe'i Pi, en 1815, el bando de Pomare —ya convertido al cristianismo— venció al partido tradicionalista, y el nuevo dios de los misioneros quedó asociado a la victoria. Los guerreros de Bora Bora volvieron a su isla portando esa fe nueva.
El primer europeo que dejó constancia de haber avistado Bora Bora fue el neerlandés Jakob Roggeveen, en 1722, el mismo navegante que ese año «descubrió» la Isla de Pascua. Pero fue el británico James Cook quien la cartografió y la dio a conocer a Occidente: la visitó en 1769, durante su primer viaje al Pacífico, y regresó en 1777, en el tercero. Cook admiró la habilidad náutica de sus habitantes y describió la belleza de la laguna que hoy es mundialmente famosa.
El cambio profundo, sin embargo, no lo trajeron los exploradores sino los misioneros. La London Missionary Society (LMS), que había desembarcado en Tahití en 1797, extendió su obra a las Islas de Barlovento occidental. Hacia 1820 el cristianismo protestante se implantó en Bora Bora, y en 1822 se inauguró una iglesia en el distrito de Nunue. En 1824 llegó desde Tahití el pastor británico John Muggridge Orsmond, de la LMS, que fundó un asentamiento misionero al que llamó «Beulah»: levantó una iglesia, un embarcadero, caminos, casas y una escuela. Ese poblado es el origen del actual Vaitape, hoy capital de la isla.
La conversión reordenó la vida mā'ohi: los misioneros combatieron los cultos ancestrales, prohibieron muchas prácticas —entre ellas el tatuaje y ciertas danzas—, impusieron un código moral estricto y alfabetizaron en tahitiano usando la Biblia como texto. Los marae, antes centros del poder sagrado, fueron abandonados o desmantelados, y la piedra de algunos terminó reutilizada. La cultura no desapareció, pero quedó soterrada bajo la nueva fe, y buena parte del conocimiento tradicional sobrevivió apenas en la memoria y en los nombres de los lugares.
Cuando en 1842 la reina Pomare IV de Tahití aceptó, bajo presión de los cañones del almirante Dupetit-Thouars, el protectorado de Francia sobre Tahití y Moorea, las Islas de Barlovento occidental —Raiatea, Huahine, Bora Bora, Maupiti— quedaron fuera. Más aún: en 1847, por la Convención de Jarnac, Francia y el Reino Unido acordaron reconocer la independencia de esos reinos y no anexarlos, dejándolos como estados soberanos bajo sus propias dinastías. Bora Bora siguió siendo, así, un reino independiente durante casi medio siglo más, con su propia familia real, mientras Tahití ya era francesa.
Ese equilibrio se rompió a fines del siglo XIX. Con el imperialismo europeo en pleno auge y el interés estratégico por el Pacífico, Francia decidió incorporar las Islas de Barlovento pese al viejo acuerdo. El 19 de marzo de 1888, el gobernador Eugène Lacascade proclamó la anexión de Bora Bora y de las otras Islas Sous-le-Vent. La joven reina Teriimaevarua III (1871-1932) conservó un poder ya solo nominal hasta que, el 21 de septiembre de 1895, fue obligada a abdicar y un vice-residente francés tomó el gobierno de la isla.
La anexión no fue pacífica en toda la región: en las islas vecinas, sobre todo en Raiatea, estalló una feroz resistencia armada contra Francia entre 1887 y 1897, encabezada por el jefe Teraupo'o, que solo terminó con su captura en febrero de 1897 y la deportación de cientos de isleños. Bora Bora, con una tradición guerrera pero una monarquía más dispuesta a negociar, pasó a la administración colonial francesa sin una guerra tan sangrienta, integrándose a los Établissements français de l'Océanie, el embrión de la actual Polinesia Francesa.
Durante casi medio siglo, Bora Bora fue una isla remota y olvidada del imperio francés, hasta que la Segunda Guerra Mundial la puso, de golpe, en el mapa estratégico del planeta. Tras el ataque japonés a Pearl Harbor y el avance imperial por el Pacífico, Estados Unidos necesitaba una escala de reabastecimiento de combustible en la ruta entre el canal de Panamá y Australia, el último gran bastión aliado del Pacífico sur. La geografía de Bora Bora —una bahía profunda en Faanui, un único paso fácil de vigilar y una posición apartada— la hacía perfecta.
En febrero de 1942 comenzó la Operación Bobcat: entre 4.300 y 7.000 militares estadounidenses —incluidos artilleros del 198.º Regimiento de Artillería de Costa y los célebres Seabees, los batallones de construcción de la Marina— desembarcaron en la isla. En pocos meses transformaron el paisaje: construyeron carreteras, un muelle, enormes depósitos de combustible, una base naval y aérea y una pista de aterrizaje sobre el Motu Mute —la misma que, ampliada, sigue siendo hoy el aeropuerto de Bora Bora—. Para defenderse de un ataque japonés que nunca llegó, instalaron ocho cañones costeros de 155 mm en puntos altos de la costa.
La base funcionó hasta junio de 1946 y llegó a reabastecer alrededor de mil barcos. Los cañones jamás dispararon en combate, pero la ocupación dejó una huella profunda y ambivalente: modernizó la isla, introdujo el dinero, la electricidad y bienes de consumo, y dejó también una generación de niños de padres estadounidenses, los llamados «hijos de Bobcat», cuando las tropas partieron. Hoy varios de aquellos cañones oxidados siguen asomando entre la vegetación de las colinas, apuntando a una laguna que se volvería símbolo de todo lo contrario a la guerra.
La posguerra devolvió a Bora Bora a la calma, pero la Polinesia Francesa entraba en su capítulo más traumático. En 1958, el líder tahitiano Pouvanaa a Oopa, considerado el padre del nacionalismo polinesio, impulsó el voto por la independencia; fue detenido, condenado y exiliado en un juicio que la justicia francesa anularía recién en 2018, décadas después de su muerte. Poco después, Francia eligió los atolones de Moruroa y Fangataufa, en las Tuamotu, para su Centro de Experimentación del Pacífico (CEP). Entre 1966 y 1996 realizó allí 193 ensayos nucleares —46 de ellos atmosféricos hasta 1974, el resto subterráneos—, cuyas consecuencias sanitarias y ambientales sobre la población, los trabajadores y el territorio siguen siendo objeto de reclamos y de una reparación tardía. El presidente Emmanuel Macron reconoció esa deuda en 2021, sin pedir perdón. El CEP transformó también la economía y la sociedad polinesias, atrajo migración masiva a Tahití y aceleró el reclamo de autonomía que, en etapas desde 1977 y 1984 hasta el estatuto de 2004, convertiría al país en una colectividad de ultramar con amplio autogobierno.
En medio de esa historia grande y dolorosa, Bora Bora encontró su propio destino en el turismo. En 1961, la filmación de una película y la llegada de los primeros viajeros con medios abrieron el camino; en las décadas siguientes se popularizó un invento nacido en la Polinesia Francesa que definiría a la isla: el bungalow sobre el agua, construido sobre pilotes en la laguna. Bora Bora, con su Otemanu y sus cincuenta azules, se volvió el escenario perfecto, y a partir de los años ochenta y noventa las grandes cadenas internacionales levantaron resorts sobre los motus.
Hoy Bora Bora vive casi por entero del turismo de lujo y las lunas de miel, con unos 10.000 habitantes y una economía muy dependiente de los grandes hoteles. La isla convive con las tensiones de todo paraíso vendido: el costo de la vida, la presión sobre la laguna, el contraste entre los resorts y la vida cotidiana de Vaitape. Pero bajo la postal sigue latiendo la Pora Pora de los navegantes y los guerreros: en los marae que resisten frente al mar, en los cañones de la guerra, en la lengua tahitiana, en el 'ori tahiti y en el orgullo mā'ohi de una isla que, durante siglos, nadie logró someter.