Un millón de arequipeños viven a los pies de un volcán activo, y lo saludan cada mañana como a un viejo conocido. El Misti no es un cerro cualquiera: es un estratovolcán de cono empinado —formado por la acumulación de sucesivas capas de lava, ceniza y otros materiales expulsados a lo largo de miles de años— que todavía respira azufre por su cráter. Se eleva a unos 5.822 metros sobre el nivel del mar y forma parte de la Cordillera Occidental de los Andes, en una región intensamente volcánica del sur del Perú donde también se levantan sus vecinos, el Chachani y el Pichu Pichu. Su cono notablemente simétrico es lo que le da esa silueta casi perfecta que domina el horizonte de Arequipa y que aparece en cada postal de la Ciudad Blanca.
Desde el punto de vista geológico, el Misti se ubica en el contexto de la zona volcánica de los Andes Centrales, donde la subducción de la placa oceánica de Nazca bajo la placa sudamericana genera el magmatismo que alimenta los volcanes. El Misti es un volcán activo en estado de reposo: su cráter presenta fumarolas (emisiones de gases y vapor de azufre) que demuestran que el sistema volcánico sigue vivo bajo la superficie. A lo largo de su historia geológica ha protagonizado erupciones de distinta magnitud.
Lo que vuelve especialmente delicada la situación del Misti es su cercanía a una gran ciudad. Arequipa, con cerca de un millón de habitantes, se ha desarrollado prácticamente a sus pies. Esto convierte al Misti en uno de los volcanes de mayor riesgo del Perú: una eventual erupción importante podría afectar a una enorme población. Por eso es monitoreado de forma permanente por instituciones especializadas, que vigilan su sismicidad, sus gases y cualquier señal de reactivación.
Para las culturas andinas prehispánicas, las grandes montañas y volcanes no eran simples accidentes geográficos, sino seres vivos y sagrados: los 'apus', deidades tutelares que controlaban el clima, el agua y la fertilidad, y a las que había que honrar y aplacar con ofrendas. El Misti, por su imponencia y su naturaleza volcánica —capaz de arrojar fuego y ceniza—, era un apu especialmente poderoso y temido, venerado por las poblaciones que habitaban la región mucho antes de la llegada de los incas y, luego, dentro del Tahuantinsuyo.
Una de las pruebas más impresionantes de esta veneración llegó con los hallazgos arqueológicos en la cima y los alrededores del volcán. En el Misti se encontraron evidencias de la práctica inca de la 'capacocha' (o capac cocha), un ritual de gran importancia en el que se realizaban ofrendas —incluidos sacrificios humanos rituales, generalmente de niños o jóvenes selectos— en las cumbres de las montañas sagradas. Estos hallazgos, junto con ofrendas de objetos finos, cerámica y figuras, confirmaron que el Misti fue un santuario de altura de primer orden.
La capacocha era un rito que vinculaba a las comunidades con el Estado inca y con las deidades de las montañas, y se practicaba en numerosos volcanes y nevados del sur andino (el caso más célebre es el de la 'Dama de Ampato' o 'Juanita', hallada en el cercano volcán Ampato). El Misti, por su cercanía a importantes asentamientos y su carácter de volcán activo, ocupaba un lugar destacado en esta geografía sagrada. Su condición de apu pervive todavía hoy en la cultura popular arequipeña.
La historia del Misti es inseparable de la de Arequipa. Cuando los españoles fundaron la ciudad de Arequipa en 1540, lo hicieron en un valle al pie del volcán, junto al río Chili. Y la propia naturaleza del Misti y de los volcanes vecinos terminó por darle a la ciudad su rasgo más característico: el sillar, una piedra volcánica de color blanco —proveniente de las erupciones de la región— con la que se construyeron sus iglesias, conventos, casonas y portales. Ese material le valió a Arequipa el apodo de 'Ciudad Blanca'.
El sillar, fácil de tallar y de gran belleza, permitió levantar un conjunto monumental de arquitectura colonial y republicana de enorme valor, con joyas como la Catedral, el Monasterio de Santa Catalina y los numerosos templos del centro. Ese centro histórico de Arequipa, con su característica arquitectura de sillar y su entorno de volcanes, fue declarado Patrimonio Mundial por la Unesco en el año 2000. Así, el Misti no solo vigila la ciudad desde el horizonte, sino que está literalmente presente en sus muros.
La convivencia entre Arequipa y su volcán ha tenido también momentos de tensión. A lo largo de la historia, la región ha sufrido terremotos y episodios volcánicos, y la memoria de la peligrosidad del Misti está presente en la cultura local. Pero más allá del riesgo, el volcán es motivo de orgullo e identidad: aparece en el escudo, en las canciones, en la iconografía y en el imaginario de los arequipeños, que lo consideran el guardián de su ciudad.
El Misti es un volcán activo, y aunque hoy se encuentra en reposo, su historia eruptiva y su cercanía a Arequipa lo convierten en objeto de atención científica permanente. A lo largo de los siglos ha tenido episodios de actividad —erupciones, emisiones de ceniza y fumarolas— que quedaron registrados tanto en la geología como en las crónicas y la memoria de la región. La presencia de fumarolas en su cráter recuerda que el sistema volcánico sigue activo bajo la superficie.
El gran desafío del Misti es que se trata de un volcán de alto riesgo: a sus faldas vive una población muy numerosa, la de la ciudad de Arequipa y sus alrededores. Una erupción importante podría generar flujos de lava, caída de ceniza, flujos piroclásticos y, en caso de derretirse hielo o por las quebradas, lahares (flujos de lodo y escombros) que afectarían zonas habitadas. Por eso, los organismos especializados estudian sus escenarios eruptivos y elaboran mapas de peligro para la región.
El monitoreo del Misti está a cargo de instituciones como el Instituto Geofísico del Perú (a través de su observatorio vulcanológico del sur) y el INGEMMET (con su observatorio vulcanológico), que vigilan de forma continua su sismicidad, la deformación del terreno, las emisiones de gases y otras señales que podrían anticipar una reactivación. Esta vigilancia, junto con la preparación de la población, busca reducir el riesgo de la convivencia entre la gran ciudad y su volcán. Para el visitante que sube a la cumbre, presenciar las fumarolas del cráter es un recordatorio directo de que el Misti está vivo.
Con la llegada de la era moderna y el desarrollo del montañismo, el Misti adquirió una nueva dimensión: la de objetivo deportivo y de exploración. Su altura imponente pero su ascenso relativamente accesible (sin grandes dificultades técnicas en la ruta normal) lo convirtieron en uno de los volcanes más subidos de los Andes del sur peruano. Ya en el siglo XIX se realizaron ascensos con fines científicos: el volcán llegó a albergar instalaciones para observaciones astronómicas y meteorológicas en su cima, aprovechando su altitud y la claridad del cielo de la región.
A lo largo del siglo XX y hasta hoy, el Misti se consolidó como un clásico del andinismo. Para muchos montañistas, es el primer 'cinco mil ochocientos' que coronan, una excelente puerta de entrada a la alta montaña andina. Su cercanía a Arequipa, que ofrece toda la infraestructura, guías y agencias, facilita la organización del ascenso. Los arequipeños, además, mantienen una relación especial con su volcán: subirlo es casi un rito local, y no es raro encontrar comitivas que ascienden por tradición o devoción.
Hoy, el ascenso al Misti es una de las experiencias estrella del turismo de aventura en Arequipa, junto con el cañón del Colca y otros destinos. Se realiza habitualmente en dos días, con un campamento de altura, y exige aclimatación y buena forma física más que técnica. Coronar la cumbre, junto a la gran cruz de hierro y al borde del cráter humeante, con Arequipa y los volcanes vecinos a los pies, es una recompensa que combina el esfuerzo deportivo con la emoción de estar sobre un apu sagrado y un volcán vivo.