Antes de la llegada de los incas y de los españoles, la región de Tumbes estuvo habitada por el pueblo de los tumpis (o tumbesinos), una sociedad de la costa norte adaptada a un entorno singular: el encuentro del desierto, el bosque seco ecuatorial, los manglares y un mar tibio y generoso. Los tumpis eran ante todo pescadores y recolectores del manglar —de donde extraían conchas, cangrejos y peces— y hábiles comerciantes que participaban en redes de intercambio a lo largo de la costa del Pacífico.
Su ubicación, en el extremo norte de lo que hoy es el Perú y a las puertas de los territorios del actual Ecuador, los convirtió en un punto de contacto entre culturas. Por sus costas circulaban productos valiosos del mundo prehispánico, como el mullu (la concha spondylus), muy apreciada con fines rituales en todos los Andes, que provenía de las cálidas aguas ecuatoriales. Esa posición de intermediarios les dio importancia dentro de las redes comerciales del norte andino.
Los tumpis recibieron influencias de las grandes culturas de la costa norte peruana y del sur del actual Ecuador, en una zona de transición cultural. Vivían en aldeas vinculadas a la pesca y al manglar, y desarrollaron una identidad propia que mantendría su sello incluso después de ser incorporados a entidades políticas mayores, como el Imperio inca.
En el siglo XV, en plena expansión del Imperio inca, las huestes del Tahuantinsuyo —probablemente en tiempos de Túpac Yupanqui y de su sucesor Huayna Cápac— incorporaron la región de Tumbes al imperio. Por su ubicación en el extremo norte, en el límite con territorios que los incas no llegaron a dominar del todo, Tumbes se convirtió en una importante plaza fronteriza del Tahuantinsuyo, una avanzada del Estado inca frente a los pueblos del norte.
Los incas dotaron a Tumbes de la infraestructura característica de sus centros importantes. Las crónicas mencionan la existencia de una fortaleza, un templo del Sol y un acllahuasi (casa de las mujeres escogidas), además de depósitos y andenes. Tumbes quedó integrada a la red de caminos incas (el Qhapaq Ñan) que articulaba el imperio, y funcionó como punto de control y de proyección hacia el norte y hacia las riquezas de la costa ecuatorial.
Esa importancia estratégica y simbólica explica por qué Tumbes ocuparía un papel decisivo en el momento del encuentro con los europeos. Cuando los españoles llegaron, encontraron en Tumbes una ciudad ordenada, con edificios de piedra, riquezas y una población organizada: precisamente la prueba que buscaban de que más al sur existía un imperio poderoso y rico, el del Inca.
Tumbes ocupa un lugar central en la historia de América, porque fue aquí donde los españoles tuvieron uno de sus primeros contactos significativos con la civilización inca. Durante sus viajes de exploración por la costa del Pacífico, hacia 1527-1528, Francisco Pizarro y sus hombres llegaron a las costas de Tumbes. Lo que vieron —una ciudad ordenada, con fortaleza, templos, andenes, llamas y objetos de oro y plata— confirmó las noticias y rumores que corrían sobre un gran imperio rico en el sur del continente.
La tradición cuenta el episodio del soldado Pedro de Candía, que habría desembarcado y recorrido la ciudad, regresando a la nave con relatos asombrosos de su riqueza y organización. Ese contacto fue decisivo: dio a Pizarro la certeza de que valía la pena emprender la conquista de aquel imperio. La caleta de La Cruz, en el litoral tumbesino, conserva en su nombre y en su monumento la memoria del desembarco y de la cruz que, según la tradición, plantaron los españoles.
Cuando Pizarro regresó años más tarde, en 1532, para iniciar la conquista propiamente dicha, encontró una Tumbes muy disminuida: la ciudad había sufrido los efectos de la guerra civil entre los hermanos incas Huáscar y Atahualpa, y de las epidemias traídas por el contacto europeo. Aun así, Tumbes fue una de las primeras tierras del imperio pisadas por los conquistadores y el punto de partida de la expedición que cambiaría para siempre la historia del Perú.
Tras la conquista, Tumbes perdió la importancia que había tenido como plaza inca y como escenario del primer contacto. Durante el período colonial, fue una región relativamente marginal dentro del virreinato del Perú: un territorio de paso, de bosque seco y manglares, en la ruta que conectaba el centro del virreinato con la Audiencia de Quito, al norte. La población indígena disminuyó por las epidemias y los cambios traídos por la Colonia, y la zona quedó escasamente poblada.
La economía giraba en torno a la pesca, la recolección en los manglares, algo de agricultura en los valles y el tránsito de viajeros y mercaderías entre el Perú y los territorios del norte. La caleta de La Cruz y otros puntos del litoral mantuvieron su actividad pesquera, mientras el interior conservaba su carácter de bosque seco poco habitado.
Esa condición de frontera natural entre dos grandes jurisdicciones coloniales —el Perú y Quito— marcaría el destino futuro de Tumbes. Cuando, tras la independencia, se definieron los límites de las nuevas repúblicas, Tumbes quedó como zona fronteriza entre el Perú y el Ecuador, una posición que la convertiría, ya en el siglo XX, en escenario de tensiones y conflictos limítrofes entre ambos países.
Tras la independencia, la condición fronteriza de Tumbes pasó al primer plano. La definición de los límites entre el Perú y el Ecuador fue una de las cuestiones más complejas y prolongadas de la diplomacia sudamericana, y Tumbes, por su ubicación, quedó en el corazón de esa disputa que se arrastró durante buena parte de los siglos XIX y XX.
A lo largo del siglo XX, las tensiones derivaron en enfrentamientos armados entre ambos países. El conflicto de 1941 llevó al Protocolo de Río de Janeiro de 1942, que fijó buena parte de la frontera, aunque dejó zonas sin demarcar que siguieron generando controversias. Décadas más tarde, la disputa volvió a estallar en el conflicto del Alto Cenepa, en 1995, en la cordillera del Cóndor, lejos de la costa pero parte del mismo diferendo de fondo.
La paz definitiva llegó con los Acuerdos de Brasilia de 1998, que pusieron fin al largo diferendo limítrofe entre el Perú y el Ecuador y permitieron, a partir de entonces, una etapa de integración y cooperación entre ambos países. Para Tumbes, esto significó pasar de ser una zona militarizada y de tensión a convertirse en un dinámico punto de intercambio comercial y de tránsito fronterizo, con el CEBAF de Aguas Verdes como gran puerta entre los dos países.
La Tumbes contemporánea es una región tropical, fronteriza y turística, que ha hecho de su naturaleza singular su principal carta de presentación. En 1942 se creó el departamento de Tumbes, y a lo largo del siglo XX la ciudad y sus distritos fueron creciendo al ritmo de la pesca, el comercio fronterizo con el Ecuador y, cada vez más, el turismo.
Uno de los grandes logros de las últimas décadas ha sido la protección de sus ecosistemas únicos. Tumbes alberga los únicos manglares del Perú, protegidos en el Santuario Nacional Los Manglares de Tumbes; el bosque seco ecuatorial del Parque Nacional Cerros de Amotape; y los relictos de bosque tropical del Pacífico de la Reserva Nacional de Tumbes. En conjunto, estas áreas conforman una Reserva de Biosfera reconocida internacionalmente, hogar de especies que no se encuentran en ninguna otra parte del país, como el cocodrilo de Tumbes o el mono coto de Tumbes.
A esa riqueza natural se suman sus playas de mar tibio —Zorritos, Punta Mero, Punta Sal— y su gastronomía de mariscos, con la concha negra del manglar como emblema. Hoy Tumbes combina su papel histórico (el lugar del primer gran encuentro entre el mundo inca y los españoles), su condición de puerta de frontera con el Ecuador y su perfil de destino de naturaleza tropical y playa, ofreciendo al viajero un Perú diferente, verde y cálido, en el extremo norte del país.