En el sureste del Perú, en la región Madre de Dios, la Reserva Nacional Tambopata protege un fragmento del que es, probablemente, uno de los rincones más vivos del planeta. A lo largo de unas 274.690 hectáreas de selva tropical, en torno a los ríos Tambopata y Madre de Dios, se concentra una biodiversidad que deja sin palabras a científicos y viajeros por igual.
Las cifras hablan por sí solas. Tambopata alberga cientos de especies de aves, más de un centenar de mamíferos -incluidos felinos como el jaguar, el puma y el ocelote-, y una de las mayores concentraciones de mariposas registradas en el mundo, con más de mil especies identificadas en pocos kilómetros cuadrados. A eso se suman reptiles, anfibios, peces e innumerables plantas e insectos, muchos todavía por estudiar.
Entre todos sus atractivos, dos destacan especialmente: las collpas y las cochas. Las collpas son paredes de arcilla donde, al amanecer, se reúnen bandadas de guacamayos y loros a comer barro mineral, en un espectáculo de color inolvidable. Las cochas -lagos en forma de herradura, como el Lago Sandoval o Tres Chimbadas- son refugio de lobos de río, caimanes y aves acuáticas. Tambopata es, en suma, un santuario donde la vida se manifiesta en toda su exuberancia.
Mucho antes de que existiera la figura legal de 'reserva nacional', la cuenca del río Tambopata y sus alrededores eran el territorio ancestral del pueblo indígena ese eja, uno de los pueblos originarios de la Amazonía sur del Perú y Bolivia. Los ese eja desarrollaron a lo largo de generaciones un profundo conocimiento del bosque, sus ciclos, sus plantas medicinales y su fauna, viviendo de la caza, la pesca, la recolección y una agricultura itinerante adaptada al ecosistema amazónico.
Con el auge cauchero de fines del siglo XIX y comienzos del XX, la región de Madre de Dios vivió una etapa de explotación intensiva y violencia contra las poblaciones indígenas, que fueron desplazadas, esclavizadas o diezmadas por enfermedades traídas de afuera. Este período dejó huellas profundas en la memoria y en la distribución territorial de los pueblos amazónicos de la zona, incluidos los ese eja.
En las décadas siguientes, distintas comunidades ese eja se fueron asentando en puntos específicos de la cuenca, entre ellas la comunidad de Infierno, sobre el río Tambopata, que con el tiempo se convertiría en un actor clave del turismo comunitario de la zona. Cuando el Estado peruano creó las áreas protegidas de Tambopata y Bahuaja-Sonene en las décadas de 1990 y 2000, lo hizo sobre un territorio que ya tenía dueños ancestrales, lo que generó una relación compleja entre conservación estatal y derechos indígenas que continúa hasta hoy.
La protección formal de esta selva comenzó en 1977, cuando el Estado peruano estableció la Zona Reservada de Tambopata, un área inicial de poco más de 5.000 hectáreas de selva baja y pantanos de palmeras cerca del entonces recién fundado Explorer's Inn, uno de los primeros lodges de investigación y turismo de naturaleza de la Amazonía peruana. Fue un paso pionero: en esos años, la idea de proteger selva amazónica con fines de conservación e investigación científica era todavía poco común en el Perú.
Durante las décadas de 1970 y 1980, Tambopata se convirtió en un laboratorio natural para biólogos y naturalistas de todo el mundo, que documentaron su extraordinaria diversidad de aves, mariposas y otras especies, sentando las bases científicas que más tarde justificarían una protección mayor. Estas investigaciones ayudaron a posicionar a la zona como uno de los puntos de mayor biodiversidad registrada en el planeta.
En 1990, en reconocimiento a esa riqueza, el área protegida se amplió de forma considerable para incluir las cuencas de los ríos Tambopata y Candamo, alcanzando unas 271.000 hectáreas. Fue en ese momento cuando el área pasó a denominarse Reserva Nacional Tambopata, sentando el nombre y buena parte de los límites que conocemos hoy.
El estatus definitivo de Reserva Nacional llegó el 4 de septiembre del año 2000, cuando el Decreto Supremo N.º 048-2000-AG declaró formalmente la Reserva Nacional Tambopata con la extensión y categoría que mantiene en la actualidad: unas 274.690 hectáreas administradas por el Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado (SERNANP), el organismo creado para gestionar el sistema de áreas protegidas del Perú.
Unos años antes, el 17 de julio de 1996, el Estado peruano había creado el vecino Parque Nacional Bahuaja-Sonene, una extensión aún mayor de selva y sabanas húmedas al sur de Tambopata, en el límite con Bolivia. Juntas, Tambopata y Bahuaja-Sonene conforman un corredor de conservación de dimensiones extraordinarias, que protege un gradiente de ecosistemas amazónicos desde el bosque de tierra firme hasta las sabanas inundables (pampas del Heath), refugio de especies tan singulares como el ciervo de los pantanos.
Esta combinación de categorías -reserva nacional (que permite cierto uso sostenible de recursos) y parque nacional (de protección estricta)- refleja una estrategia de conservación en capas, donde las comunidades locales, entre ellas la de Infierno, pueden desarrollar actividades de turismo y aprovechamiento controlado en la reserva, mientras el parque nacional preserva intacta la naturaleza más prístina de la región.
Desde su declaración, la Reserva Nacional Tambopata desarrolló un modelo de gestión que combina la protección de la naturaleza con el turismo sostenible y el aprovechamiento responsable de los recursos por parte de las comunidades locales. Un ejemplo destacado es la comunidad nativa de Infierno, del pueblo ese eja, que ha participado activamente en proyectos de ecoturismo y manejo de la selva desde los años noventa, en alianza con operadores privados, y desde cuyo entorno parten muchas de las navegaciones hacia los lodges de la reserva.
Este modelo demostró que las poblaciones amazónicas pueden ser protagonistas y beneficiarias directas de la conservación -a través de empleo, participación en la gestión turística y regalías- en lugar de quedar al margen del negocio que genera su propio territorio. Tambopata se convirtió así en un referente regional de turismo de naturaleza comunitario, atrayendo a investigadores, voluntarios y viajeros de todo el mundo desde la década de 1990.
Sin embargo, Tambopata y todo Madre de Dios enfrentan hoy serias amenazas. La principal es la minería ilegal de oro, que avanza en zonas del entorno de la reserva y a lo largo del corredor minero de La Pampa, provocando una deforestación severa y una fuerte contaminación por mercurio en los ríos y en la cadena alimentaria. A esto se suman la tala ilegal y la presión por la apertura de nuevos caminos hacia zonas antes inaccesibles. La reserva se ha convertido así en un frente donde el turismo, la ciencia y la conservación resisten frente a presiones cada vez más organizadas. Visitarla de forma responsable, con operadores serios y comprometidos con la comunidad y el ambiente, es también una manera de apoyar la defensa de este tesoro natural.