Mucho antes de que existiera la ciudad, el valle del Caplina y el desierto del extremo sur peruano estuvieron habitados desde tiempos muy remotos. El testimonio más impresionante de esa ocupación antigua son los Petroglifos de Miculla, un extenso campo de arte rupestre con miles de grabados en las rocas: figuras humanas, camélidos, aves, serpientes, felinos y escenas de caza y danza, atribuidos a las culturas que poblaron la región a lo largo de muchos siglos.
La zona del actual Tacna recibió influencias de las grandes culturas del sur andino. El altiplano cercano y la región estuvieron bajo la órbita de Tiahuanaco (Tiwanaku) y, más tarde, de los señoríos aimaras que dominaron buena parte del sur peruano y boliviano. Estos pueblos desarrollaron una agricultura adaptada al desierto y a los valles, aprovechando el agua del río Caplina y de las quebradas para cultivar en un entorno árido.
Hacia el siglo XV, la expansión del Imperio inca alcanzó esta región sureña, integrándola al Collasuyo, el cuarto sur del Tahuantinsuyo. Los incas organizaron el territorio, mantuvieron rutas y tambos y articularon a las poblaciones locales dentro de su sistema administrativo. Cuando llegaron los españoles en el siglo XVI, encontraron una región de pequeños poblados agrícolas en los valles, con raíces aimaras e influencia inca, que sería el germen de la futura Tacna.
Durante la Colonia, Tacna fue un poblado de paso en la ruta que conectaba la costa del Pacífico con el altiplano y las minas del sur. Su economía giró en torno a la agricultura de los valles —con cultivos como la vid, que dio origen a su tradición de pisco y vinos— y al comercio que circulaba entre el puerto de Arica y las regiones del interior. Era una villa pequeña pero estratégica dentro del virreinato del Perú.
Tacna ocupa un lugar de honor en la historia de la independencia peruana. El 20 de junio de 1811, el criollo Francisco Antonio de Zela encabezó en Tacna uno de los primeros levantamientos contra el dominio español en el Perú, alentado por las noticias de las luchas independentistas en el Alto Perú (la actual Bolivia) y en el resto de América. Aunque la rebelión fue sofocada y Zela terminó preso, su gesto quedó grabado como un hito pionero del proceso emancipador.
A ese primer movimiento siguieron otros levantamientos en la región en los años siguientes, antes de que la independencia del Perú se consolidara definitivamente en la década de 1820. Por haber sido cuna de aquel temprano grito libertario, Tacna recibió más tarde el título de 'Ciudad Heroica', un reconocimiento que se sumaría, décadas después, al heroísmo demostrado durante los años de ocupación tras la Guerra del Pacífico.
El capítulo más doloroso de la historia de Tacna comenzó con la Guerra del Pacífico (1879-1883), el conflicto que enfrentó a Chile contra la alianza de Perú y Bolivia por el control del territorio rico en salitre del desierto de Atacama. La región de Tacna, por su posición fronteriza, quedó en el corazón de la guerra. En mayo de 1880 se libró cerca de la ciudad la Batalla del Alto de la Alianza (o Batalla de Tacna), en la que el ejército chileno derrotó a las fuerzas peruano-bolivianas y ocupó la ciudad.
Pocos días después caía también Arica, en la heroica defensa del Morro liderada por el coronel Francisco Bolognesi, que murió en combate antes que rendirse. Con estas victorias, Chile ocupó todo el extremo sur peruano. La guerra continuó hacia el norte, con la campaña de Lima y la resistencia en la sierra, hasta que el Perú, vencido, se vio obligado a negociar la paz.
El conflicto se cerró con el Tratado de Ancón, firmado en 1883. Por este acuerdo, el Perú cedió a perpetuidad la provincia de Tarapacá, y las provincias de Tacna y Arica quedaron bajo administración chilena por un plazo de diez años, al cabo de los cuales un plebiscito debía decidir su destino definitivo. Ese plebiscito, sin embargo, nunca llegó a realizarse, y Tacna entró en un larguísimo período de ocupación que se prolongaría por casi medio siglo.
Tras la guerra, Tacna vivió casi cincuenta años bajo administración chilena, un período que los peruanos recuerdan como el del 'cautiverio'. La población tacneña, en su mayoría de identidad peruana, debió convivir con un gobierno extranjero que, especialmente en las primeras décadas del siglo XX, impulsó una política de 'chilenización' destinada a borrar los sentimientos peruanos y arraigar la pertenencia a Chile.
Esa política incluyó medidas en la educación, la administración, la prensa y la vida religiosa, así como presiones sobre sacerdotes y maestros peruanos. Pese a todo, buena parte de los tacneños mantuvo viva su identidad nacional de maneras silenciosas y simbólicas: conservando las tradiciones, la memoria de los héroes y el anhelo de volver al Perú. Esta resistencia callada, a lo largo de tantos años, es el origen del fervor patriótico que todavía hoy caracteriza a la ciudad.
Mientras tanto, en el plano diplomático, la 'cuestión de Tacna y Arica' seguía sin resolverse. Las negociaciones para el plebiscito previsto en el Tratado de Ancón fracasaban una y otra vez. La situación se mantuvo en un limbo durante décadas, convirtiendo a Tacna en un símbolo doloroso de la guerra perdida y, al mismo tiempo, en una causa nacional que el Perú no estaba dispuesto a abandonar.
La larga 'cuestión de Tacna y Arica' encontró por fin una salida en 1929. Tras años de gestiones diplomáticas, en las que jugaron un papel los buenos oficios de los Estados Unidos como mediadores, el Perú y Chile firmaron el Tratado de Lima el 3 de junio de 1929. Por este acuerdo se repartió el territorio en disputa: Tacna volvía a la soberanía del Perú, mientras que Arica quedaba definitivamente para Chile.
El 28 de agosto de 1929, las autoridades chilenas entregaron formalmente la ciudad y Tacna fue reincorporada al Perú en medio de una enorme emoción popular. Para los tacneños, que habían esperado casi medio siglo, fue el fin del 'cautiverio' y el reencuentro con la patria. Esa fecha quedó grabada para siempre en el calendario cívico de la ciudad y del país.
Desde 1929, cada 28 de agosto Tacna celebra el aniversario de su reincorporación con la solemne Procesión de la Bandera, una ceremonia única en el Perú en la que una gigantesca bandera nacional es llevada en andas por mujeres tacneñas a lo largo del Paseo Cívico, en un acto de profundo significado patriótico. La reincorporación cerró una herida histórica y consolidó la imagen de Tacna como la 'Ciudad Heroica', símbolo del amor a la patria.
Reincorporada al Perú, Tacna inició una nueva etapa de crecimiento y modernización. A lo largo del siglo XX se consolidó como la capital del extremo sur peruano y como una de las principales ciudades fronterizas del país, beneficiada por su intenso intercambio con la vecina Arica y, en general, con Chile. El comercio transfronterizo, las zonas francas y el flujo constante de visitantes de ambos lados de la frontera dieron a la ciudad un dinamismo económico particular.
La ciudad ordenó su trazado en torno al Paseo Cívico, completó la construcción de su Catedral —proyectada por la escuela de Eiffel y por fin inaugurada tras la reincorporación— y levantó el Arco Parabólico en homenaje a los héroes de la Guerra del Pacífico. Se desarrollaron también sus valles agrícolas, su tradición vitivinícola y de pisco, y atractivos turísticos como los petroglifos de Miculla y los baños termales del Caplina.
Hoy Tacna es una ciudad próspera, soleada y profundamente orgullosa de su historia. Su identidad gira en torno a dos ejes: el patriotismo, alimentado por la memoria del cautiverio y la reincorporación, que se renueva cada 28 de agosto con la Procesión de la Bandera; y su condición de gran puerta de frontera entre el Perú y Chile, que la convierte en un cruce de caminos, lenguas y culturas. Esa mezcla de orgullo cívico y vocación fronteriza es lo que define a la Tacna de hoy.