Mucho antes de que existieran La Merced o San Ramón, el valle de Chanchamayo ya había sido escenario de intentos coloniales de penetración. El primero data de 1635, cuando el misionero franciscano fray Juan Jerónimo Jiménez ingresó a la zona y fundó el asentamiento de San Buenaventura de Quimiri, en la confluencia de los ríos Chanchamayo y Paucartambo, un intento temprano y frágil de establecer presencia española permanente en un territorio que era, y seguiría siendo por siglos, dominio del pueblo asháninka.
Durante los siglos siguientes, fueron sobre todo los frailes franciscanos del convento de Santa Rosa de Ocopa -a unos 25 km de Huancayo, y todavía hoy un centro misionero activo- los protagonistas de sucesivos intentos de evangelización y colonización del valle. Estas misiones enfrentaron una resistencia asháninka constante y, en varias ocasiones, fueron destruidas o abandonadas, lo que retrasó durante generaciones la consolidación de una presencia colonial estable en Chanchamayo.
No fue sino hasta el siglo XIX, ya en la época republicana, cuando el Estado peruano retomó con mayor decisión la apertura de caminos hacia el valle, buscando comunicarse con los pueblos yánesha y asháninka con el objetivo explícito de colonizar la región. Ese nuevo impulso estatal sentaría las bases para la fundación de los pueblos que hoy conocemos como los ejes de Chanchamayo.
El hito fundacional de Chanchamayo tal como se conoce hoy ocurrió en 1869. Ese año, una expedición liderada por el coronel José Manuel Pereira Palomino avanzó hacia la confluencia de los ríos Chanchamayo y Tulumayo, donde se había levantado previamente un fuerte militar bautizado San Ramón, pensado para proteger a los colonos de eventuales conflictos con la población nativa. Poco después, la misma expedición fundó un nuevo pueblo, al que dieron el nombre de La Merced, el 24 de septiembre de 1869 -fecha que hoy se celebra como el aniversario de la ciudad-.
Esta fundación formal marcó el inicio de una colonización más sistemática del valle, respaldada por el Estado peruano, que veía en estas tierras fértiles y de clima benigno una oportunidad para expandir la frontera agrícola nacional hacia la selva. La Merced y San Ramón, distantes apenas unos kilómetros entre sí, se convirtieron desde entonces en los dos polos urbanos alrededor de los cuales creció todo el desarrollo posterior de la provincia de Chanchamayo.
A la colonización peruana se sumó, en las décadas siguientes, la llegada de inmigrantes europeos: descendientes de italianos se establecieron con fuerza en las cuencas de los ríos Oxabamba y Chanchamayo, con especial presencia en los territorios de San Ramón y La Merced; más tarde llegaron también grupos de chilenos, contratados como mano de obra agrícola, y a comienzos del siglo XX, algunas familias de polacos y franceses. Este mosaico de orígenes fue moldeando la identidad particular del valle, mezcla de lo andino, lo amazónico y lo migrante.
El clima templado-cálido y la altitud adecuada de Chanchamayo resultaron ideales para un cultivo que terminaría dándole fama nacional e internacional: el café. Con el correr de las décadas posteriores a la fundación de La Merced y San Ramón, los cafetales se multiplicaron por las laderas neblinosas del valle, impulsados tanto por colonos peruanos como por las familias de inmigrantes europeos que aportaron técnicas y capital a la naciente agricultura comercial de la zona.
Chanchamayo se convirtió así en uno de los principales valles cafetaleros del Perú, un estatus que conserva hasta hoy y que comparte con la vecina Villa Rica, en la región Pasco. El café no fue solo un cultivo de exportación: se transformó en un elemento central de la identidad económica, social y cultural del valle, presente en la vida cotidiana de sus pobladores y, en las últimas décadas, en el creciente turismo de la región.
Esa vocación cafetalera explica hoy el auge del agroturismo en Chanchamayo: las rutas del café permiten al visitante recorrer las fincas familiares, conocer todo el proceso de elaboración -desde la cosecha hasta el tostado artesanal- y degustar un producto que sigue siendo motivo de orgullo regional, más de siglo y medio después de la fundación de los primeros pueblos del valle.
Mucho antes de la llegada de los colonos, el valle de Chanchamayo y buena parte de la selva central eran territorio del pueblo asháninka, el más numeroso de la Amazonía peruana, con una lengua de la familia arawak y una relación profunda con los bosques y ríos de la región. La historia del contacto entre los asháninka y la sociedad colonizadora, desde los primeros intentos franciscanos del siglo XVII hasta la colonización estatal del siglo XIX, estuvo marcada por tensiones, despojos territoriales y resistencias sostenidas.
El capítulo más doloroso de esa historia llegó en el siglo XX, durante el conflicto armado interno peruano. Entre 1988 y 1993, la selva central -especialmente la vecina provincia de Satipo- vivió el momento más álgido de la violencia de Sendero Luminoso, que utilizó estos territorios como zona de repliegue y control, generalizando saqueos, asesinatos y secuestros. El pueblo asháninka fue una de las principales víctimas de este periodo: la Comisión de la Verdad y Reconciliación estimó cerca de seis mil muertes entre la población asháninka, unos cinco mil nativos mantenidos cautivos por los senderistas en condiciones de esclavitud, y alrededor de diez mil desplazados de sus tierras ancestrales.
Frente a esta violencia, los propios asháninka organizaron rondas nativas y comités de autodefensa, sobre todo en la región de los ríos Tambo y Ene, que combatieron directamente contra Sendero Luminoso entre 1989 y 1993, después con apoyo de las Fuerzas Armadas. Esa resistencia, pagada con un costo humano enorme, es hoy parte fundamental de la memoria histórica del pueblo asháninka y un capítulo que las comunidades que reciben turistas -como Pampa Michi o Bajo Marankiari- llevan consigo, incluso cuando no siempre se relata explícitamente en las visitas. Conocer esta historia enriquece y da profundidad al encuentro con la cultura asháninka viva de Chanchamayo hoy.
Superada la etapa más dura de la violencia de los años 90, Chanchamayo reconstruyó su economía en torno a los pilares que la habían definido desde el siglo XIX: la agricultura, especialmente el café, y una convivencia -no exenta de tensiones históricas- entre la población colona y las comunidades asháninka del valle. En las últimas décadas se sumó con fuerza un tercer pilar: el turismo de naturaleza y cultura, que hoy representa una fuente de ingresos importante tanto para La Merced y San Ramón como para las propias comunidades nativas.
Hoy, comunidades como Pampa Michi o Bajo Marankiari abren sus puertas al turismo vivencial, compartiendo con los visitantes sus danzas, su música, su artesanía y sus prácticas ancestrales. Estas visitas, cuando se hacen con respeto y de manera justa, son una oportunidad para reconocer el papel de los asháninka como guardianes históricos del valle y para que el turismo se convierta en un apoyo genuino a la preservación de su cultura, tras décadas marcadas por el despojo y la violencia.
Chanchamayo es, así, mucho más que café y cascadas: es el territorio vivo de uno de los grandes pueblos de la Amazonía, con una historia de colonización, resistencia y reconstrucción que se puede palpar, aunque sea de manera indirecta, en cada visita a sus fincas cafetaleras, sus cataratas y sus comunidades nativas.