El pueblo que hoy reciben los mochileros camino a Machu Picchu no es el pueblo original: el viejo Santa Teresa quedó bajo el barro y las piedras una noche de 1998, cuando el río Sacsara bajó desbocado y lo borró del mapa. Lo que se ve al llegar es un asentamiento levantado casi desde cero, medio kilómetro más arriba, por gente que decidió no rendirse. Para entender por qué este rincón de la selva cusqueña late como late -entre cafetales, aguas termales y adrenalina-, hay que empezar mucho antes de esa catástrofe, en la larga historia de La Convención.
Santa Teresa pertenece a la provincia de La Convención, la más extensa del departamento de Cusco, situada en la ceja de selva, esa franja de transición donde los Andes descienden hacia la Amazonía. Es una tierra de valles profundos, ríos caudalosos como el Vilcanota-Urubamba, abundante humedad y una vegetación exuberante muy distinta a la del altiplano cusqueño. Desde tiempos prehispánicos, esta región fue una zona de contacto entre el mundo andino y el amazónico: los incas la conocían y la valoraban por sus productos tropicales, como la coca, las plumas, las frutas y la madera.
Durante la época colonial y, sobre todo, durante la república, La Convención se fue colonizando a través de grandes haciendas dedicadas a cultivos tropicales. El valle se convirtió en un importante productor de coca (de uso tradicional), caña de azúcar, café, cacao y frutales, aprovechando su clima cálido y húmedo. Esta economía de hacienda marcó fuertemente la estructura social de la zona, con hacendados, arrendatarios y campesinos.
En ese contexto se fueron formando los pueblos del valle, entre ellos Santa Teresa, ligados al trabajo agrícola y a las rutas que conectaban la selva con la ciudad del Cusco a través de pasos de montaña. La identidad de Santa Teresa nace, por tanto, de esa doble condición: un pueblo de selva cálida, productor de café y frutales, pero íntimamente conectado con la sierra cusqueña y con la cuenca del Urubamba, el mismo río que más abajo baña el santuario de Machu Picchu.
El siglo XX fue decisivo para La Convención. A mediados de siglo, el valle se convirtió en uno de los grandes escenarios de las luchas campesinas del Perú. Los arrendatarios y campesinos que trabajaban las tierras de las haciendas, sometidos a duras condiciones, comenzaron a organizarse en sindicatos para reclamar mejoras y, finalmente, la propiedad de la tierra que cultivaban. La figura más conocida de ese proceso es Hugo Blanco Galdós, dirigente campesino de filiación trotskista que en 1962 llegó a ser secretario general de la Federación Provincial de Campesinos de La Convención y Lares, e impulsó una 'reforma desde abajo' bajo la consigna 'Tierra o Muerte'. Su movimiento organizó sindicatos de base en los valles de La Convención y Lares y tuvo una enorme repercusión nacional, aunque fue desarticulado y Blanco capturado en 1963.
Estos movimientos campesinos de La Convención fueron un antecedente directo de la reforma agraria que transformaría el agro peruano. La reforma, impulsada con fuerza a partir de 1969, desmanteló el sistema de haciendas y redistribuyó la tierra entre los campesinos. En valles como el de Santa Teresa, esto significó el paso de una economía de hacienda a una de pequeños y medianos productores, muchos de ellos dedicados al café, que con el tiempo se convertiría en uno de los productos emblemáticos de la región y en seña de identidad de la zona.
Esta historia de organización campesina y de apego a la tierra explica buena parte del carácter de los pueblos de La Convención: comunidades trabajadoras, ligadas a la agricultura tropical, con una fuerte identidad local. Santa Teresa creció como uno de esos pueblos agrícolas de la ceja de selva, todavía lejos de imaginar el papel turístico que el destino le tenía reservado gracias a su cercanía con Machu Picchu y a sus aguas termales.
La historia reciente de Santa Teresa está marcada por una tragedia mayor. En 1998, en el contexto de las intensas lluvias asociadas al fenómeno de El Niño, la cuenca del río Sacsara -afluente del Urubamba que baja desde las alturas glaciares vecinas- se desbordó en un violento aluvión que arrasó por completo la antigua capital del distrito. El desastre fue de una magnitud tal que obligó a evacuar al cien por ciento de la población y a tomar una decisión drástica: no reconstruir en el mismo lugar, sino trasladar el pueblo entero a un emplazamiento más seguro, unos 500 metros más arriba de la zona devastada, en un terreno llano y menos expuesto a futuros aluviones.
Así nació 'Nuevo Santa Teresa', el pueblo que hoy reciben los viajeros, construido prácticamente desde cero por sus propios habitantes tras perder buena parte de su patrimonio material. Es un capítulo doloroso pero también de resiliencia: una comunidad que, golpeada por la naturaleza, logró reorganizarse y reconstruir su vida colectiva en un nuevo sitio.
El riesgo geológico de la zona no quedó completamente atrás: en años posteriores, la región ha registrado nuevos huaicos y deslizamientos menores -entre ellos uno en 2020 que volvió a dañar viviendas y puentes-, ligados en parte a procesos de deglaciación en las cabeceras de cuenca por el cambio climático. Esta realidad recuerda que Santa Teresa convive con un entorno geográfico hermoso pero también dinámico y potencialmente peligroso, algo que las autoridades locales y los propios pobladores monitorean de cerca en cada temporada de lluvias.
Del renacer de la tragedia de 1998 surgió, con el tiempo, una nueva vocación económica. La reconstrucción del pueblo coincidió con el auge sostenido del turismo en torno a Machu Picchu y con la consolidación de la ruta alternativa por Hidroeléctrica, que convierte a Santa Teresa en un paso casi obligado para los viajeros que llegan a la ciudadela por la vía más económica, caminando junto a las vías del tren hasta Aguas Calientes. El pueblo se transformó así en una parada estratégica de mochileros y turistas con presupuesto ajustado, generando ingresos que antes dependían casi por completo de la agricultura.
A ese papel se sumó el atractivo de las aguas termales de Cocalmayo, junto al río Urubamba, que con los años se ganaron fama internacional por su limpieza y su entorno selvático, muy distinto al de otras termas de la región. En paralelo se desarrollaron actividades de aventura como la tirolesa y el rafting, aprovechando el relieve abrupto del cañón y el caudal del Vilcanota-Urubamba, atrayendo a un público más joven y deportivo.
De pueblo agrícola golpeado por la naturaleza, Santa Teresa pasó así a ser un pequeño centro de turismo de aventura y de paso, que combina relax, adrenalina y la magia de ser una de las puertas a Machu Picchu. Hoy buena parte de su economía gira en torno a hospedajes, restaurantes, transporte turístico y operadores de aventura, sin abandonar del todo su identidad cafetalera y agrícola, que sigue siendo parte del paisaje y de la vida cotidiana del valle.