Durante buena parte del siglo XX, el Nevado Pastoruri fue el glaciar más visitado y querido de la Cordillera Blanca. Su particularidad lo hacía único entre los gigantes de hielo del Parque Nacional Huascarán: aunque está a más de 5.000 metros de altura, se podía llegar a su base con una caminata corta, sin necesidad de cuerdas, crampones ni experiencia montañera. Esa accesibilidad lo convirtió en el destino ideal para quienes querían tocar el hielo de un glaciar tropical sin ser alpinistas.
En sus mejores años, Pastoruri funcionó incluso como una pequeña estación de deportes de nieve. Sobre sus pendientes heladas se practicaba esquí y snowboard, y allí muchos montañistas peruanos daban sus primeros pasos en el aprendizaje del andinismo y las técnicas sobre hielo. El glaciar recibía a familias, escolares y turistas de todas partes, y se convirtió en uno de los íconos del turismo de aventura de Áncash y en una imagen recurrente de la Cordillera Blanca.
La cercana presencia de los rodales de puya Raimondi en Pumapampa y de los manantiales de agua mineral gasificada completaba un recorrido que combinaba glaciar, flora endémica y curiosidades geológicas. Pastoruri era, en suma, la cara más popular y accesible de un parque que en sus zonas más altas exige técnica y resistencia de alta montaña.
A partir de finales del siglo XX, el glaciar Pastoruri comenzó a retroceder a un ritmo alarmante. Las mediciones mostraron una pérdida acelerada de masa de hielo, parte de un fenómeno general que afecta a los glaciares tropicales de los Andes, especialmente vulnerables al aumento de la temperatura global. El glaciar se fragmentó, su frente se alejó y la superficie de nieve firme se redujo año tras año, hasta hacer imposible la práctica de esquí y snowboard.
Ante ese deterioro, las autoridades del Parque Nacional Huascarán y del SERNANP tomaron una decisión inusual y didáctica: en lugar de cerrar el destino o disimular el problema, lo reconvirtieron en la 'Ruta del Cambio Climático'. El recorrido se equipó con paneles interpretativos y fotografías que muestran hasta dónde llegaba el hielo en décadas anteriores, de modo que el visitante pueda comprobar con sus propios ojos cuánto ha menguado el glaciar y entender las causas y consecuencias del calentamiento global.
Pastoruri se transformó así en un raro caso de atracción turística pensada como advertencia. Quien sube hoy a su base no solo contempla un glaciar tropical, sino que asiste a una lección viva sobre la fragilidad de las reservas de agua dulce de los Andes, de las que dependen millones de personas. El destino conserva su belleza, pero ahora habla también del futuro incierto de las montañas heladas del Perú.
El Nevado Pastoruri forma parte del Parque Nacional Huascarán, creado en 1975 para proteger la Cordillera Blanca, la cadena montañosa tropical más alta del mundo. El parque resguarda decenas de nevados que superan los 5.000 y 6.000 metros, centenares de lagunas glaciares de aguas turquesa y ecosistemas de altura únicos, entre ellos los bosques de queñua (Polylepis) y los rodales de puya Raimondi, la planta de inflorescencia más grande del planeta, que crece precisamente en el sector sur del parque, en el camino a Pastoruri.
La importancia ecológica y paisajística de la zona le valió el reconocimiento internacional: en 1977 fue declarada Reserva de Biosfera y en 1985 Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. El parque alberga fauna emblemática de los Andes, como el cóndor andino, la vicuña, la taruca y el oso de anteojos, y constituye una de las principales reservas de agua del país, ya que los deshielos de sus glaciares alimentan ríos de los que dependen la agricultura y las ciudades de la costa y la sierra.
La administración del parque está a cargo del SERNANP, que regula el acceso, cobra el boleto de ingreso y promueve un turismo responsable. En el caso de Pastoruri, esa gestión incluye la reconversión del destino en clave ambiental y el manejo de un flujo importante de visitantes en un entorno frágil. Cuidar los senderos, no dejar residuos y respetar la flora y la fauna son condiciones para que este sector del parque siga abierto a las generaciones futuras.
La historia de Pastoruri no se agota en su glaciar: el camino que lleva hasta él, por el sector sur del Parque Nacional Huascarán, atraviesa uno de los paisajes botánicos más singulares del planeta. En la zona de Pumapampa crecen los rodales de puya Raimondi (Puya raimondii), la planta con la inflorescencia más grande del mundo. Descrita para la ciencia por el naturalista italiano Antonio Raimondi en el siglo XIX -de ahí su nombre-, esta bromelia gigante vive varias décadas acumulando energía en una roseta de hojas espinosas y, una sola vez en su vida, dispara un colosal tallo floral que puede superar los diez metros y contener miles de flores, para morir poco después de florecer.
Ese ciclo extraordinario convierte cada floración en un acontecimiento: verla en flor es cuestión de suerte y de estación, pero incluso sin flor los rodales de puya, recortados contra la puna y los nevados, son una estampa inolvidable. Junto a las puyas, el trayecto pasa por los manantiales de agua mineral gasificada de Pumapampa, donde el agua brota con burbujas de dióxido de carbono que ascienden del subsuelo, y por la amplia quebrada Pachacoto, tapizada de ichu y recorrida por rebaños de alpacas y llamas.
Esta combinación de glaciar accesible, flora endémica única y curiosidades geológicas explica por qué Pastoruri se consolidó como excursión estrella desde Huaraz, y por qué, aun con el glaciar en retroceso, sigue siendo uno de los paseos más completos de la Cordillera Blanca: en una sola jornada se recorre desde la puna hasta el hielo, con lecciones de biología, geología y cambio climático en el camino.
El deterioro de Pastoruri no es una impresión subjetiva de quienes lo visitaron hace décadas: está documentado con precisión científica. Según estudios del Instituto Nacional de Investigación en Glaciares y Ecosistemas de Montaña (INAIGEM), entre 1995 y 2016 el glaciar perdió alrededor del 60% de su masa, y su frente ha retrocedido unos 651 metros en las últimas décadas. Investigaciones de campo registraron retrocesos de hasta tres o cuatro metros en un solo mes durante ciertas temporadas, una velocidad de pérdida que sorprendió incluso a los propios glaciólogos.
Este caso no es aislado: forma parte de un fenómeno que afecta a toda la Cordillera Blanca y a los glaciares tropicales del Perú en general. Según el estudio 'Las Cordilleras Glaciares del Perú' del INAIGEM, entre 1962 y 2016 el país perdió 1.284 km² de superficie glaciar, equivalentes a más de la mitad (53,56%) de la cobertura de hielo que tenía a mediados del siglo XX, con una tasa de retroceso reciente de aproximadamente 4,97 km² por año en el conjunto de las cordilleras peruanas.
Un efecto secundario menos conocido del retroceso es la aparición de 'aguas ácidas': al derretirse el hielo que antes cubría ciertas rocas, quedan expuestos minerales que, al reaccionar con el agua y el oxígeno, generan un drenaje ácido que altera la calidad del agua de los arroyos cercanos a Pastoruri, un fenómeno que los científicos del INAIGEM estudian activamente. Estos datos son la base técnica sobre la que se construyó la 'Ruta del Cambio Climático': no es una metáfora turística, sino la traducción divulgativa de mediciones reales sobre uno de los glaciares mejor monitoreados del país.