El Huascarán (también llamado Mataraju en quechua) es la montaña más alta del Perú: su cumbre sur alcanza los 6.768 metros sobre el nivel del mar. Esa cifra lo convierte no solo en el techo del país, sino en el punto más elevado de los Andes del norte y de toda la franja tropical de la Tierra. En el conjunto de Sudamérica es, además, una de las montañas más altas, por detrás de gigantes como el Aconcagua.
El macizo tiene en realidad dos cumbres principales: la sur, de 6.768 m, y la norte, de 6.654 m, separadas por un collado glaciar conocido como La Garganta. Se alza en la provincia de Yungay, en la región Áncash, en pleno corazón de la Cordillera Blanca, la cadena montañosa tropical más alta del mundo. Desde el Callejón de Huaylas, el valle a sus pies, el Huascarán domina el horizonte y se ha convertido en el símbolo natural de toda la región.
Su nombre se asocia a Huáscar, uno de los incas que disputó el poder a su hermano Atahualpa, aunque el origen exacto del topónimo se discute. Más allá de la etimología, el Huascarán es para los habitantes de Áncash mucho más que una montaña: es una presencia constante, un punto de referencia y una fuente de agua, ya que sus glaciares alimentan ríos y lagunas de toda la cuenca.
Por su altura y dificultad, el Huascarán fue durante mucho tiempo un desafío para los montañistas. La primera cumbre en ser alcanzada fue la norte, la más baja de las dos, el 2 de septiembre de 1908, por una expedición estadounidense en la que destacó la pionera del montañismo Annie Smith Peck, una de las grandes figuras femeninas de la exploración de su época.
La cumbre sur, la más alta y técnicamente más exigente, tardó más en caer. Fue conquistada el 20 de julio de 1932 por una expedición conjunta alemana y austriaca, que abrió la ruta hacia el verdadero techo del Perú. Desde entonces, el Huascarán se consolidó como uno de los grandes objetivos del andinismo en Sudamérica, atrayendo a escaladores de todo el mundo a la Cordillera Blanca.
Hoy el ascenso sigue siendo una empresa seria, reservada a montañistas con experiencia, buena aclimatación y apoyo de guías profesionales. La ruta normal parte del pueblo de Musho y exige cruzar glaciares, sortear grietas y pasar varios días en campamentos de altura. El cambio climático, que ha acelerado el retroceso de los glaciares, ha vuelto algunas secciones más inestables, lo que obliga a extremar la prudencia.
La historia del Huascarán está marcada para siempre por la tragedia del 31 de mayo de 1970. Ese día, un terremoto de magnitud cercana a 7,9 sacudió la región Áncash. La sacudida desprendió de la cara oeste del pico norte del Huascarán una gigantesca masa de hielo y roca -de cientos de metros de ancho, desde una altura de entre 5.600 y 6.200 metros- que se precipitó valle abajo convertida en un aluvión devastador.
La avalancha alcanzó velocidades estimadas de entre 200 y 500 kilómetros por hora y, pese a las barreras naturales que en teoría protegían la zona, sepultó por completo la ciudad de Yungay y arrasó el pueblo de Ranrahirca. Solo en Yungay murieron alrededor de treinta mil personas; los supervivientes fueron apenas un puñado, muchos de ellos salvados porque en ese momento se encontraban en el cerro del cementerio o en el estadio, ligeramente elevados. Fue el desastre por desprendimiento glaciar más mortífero registrado en la historia.
Hoy, sobre lo que fue Yungay, se conserva el Campo Santo: un sitio de memoria donde apenas asoman las copas de unas palmeras de la antigua plaza y la silueta de algunos restos, en medio de un paisaje silencioso al pie de la misma montaña. El Huascarán, así, encarna una doble cara: la belleza imponente que atrae a viajeros de todo el mundo y la memoria de una de las mayores catástrofes de la historia del Perú.
La tragedia de 1970 no fue la primera vez que la cara norte del Huascarán se desprendía sobre el valle. Ocho años antes, el 10 de enero de 1962, un bloque de hielo del glaciar norte se desplomó y generó un aluvión que arrasó el pueblo de Ranrahirca y varias localidades vecinas, causando la muerte de unas 4.000 a 5.000 personas. Aunque de escala menor a la catástrofe de 1970, aquel desastre ya había demostrado con claridad la peligrosidad de la cara norte del macizo.
Tras el aluvión de 1962, especialistas y autoridades discutieron medidas de prevención, incluida la posibilidad de trasladar la ciudad de Yungay a una zona más segura, dado que se encontraba en la trayectoria de futuros posibles desprendimientos. Sin embargo, estas advertencias no se tradujeron en una reubicación efectiva de la población antes de que ocurriera la tragedia mayor de 1970, que repitió -a una escala mucho más devastadora- el mismo patrón de riesgo geológico.
Este antecedente es clave para entender la magnitud de lo ocurrido en 1970: no se trató de un evento imprevisible en abstracto, sino de la repetición ampliada de un fenómeno que la propia montaña ya había mostrado ser capaz de producir. Los estudios posteriores sobre glaciares y riesgo geológico en la Cordillera Blanca, incluidos programas de monitoreo de lagunas glaciares que podrían generar aluviones (los llamados GLOF, por sus siglas en inglés), se intensificaron a partir de estas dos tragedias.
En parte como respuesta a la necesidad de gestionar y proteger un territorio de alto riesgo geológico y altísimo valor natural, en 1975 el Estado peruano creó el Parque Nacional Huascarán, que abarca gran parte de la Cordillera Blanca y protege tanto el propio Huascarán como decenas de picos, glaciares, lagunas y valles de la región Áncash. El parque se convirtió en un modelo temprano de área protegida de alta montaña en Sudamérica, combinando la conservación de ecosistemas de puna y bosques de queñual con la gestión del riesgo asociado a los glaciares.
El reconocimiento internacional llegó en 1985, cuando la UNESCO declaró al Parque Nacional Huascarán Patrimonio Mundial Natural, en atención a su excepcional belleza escénica, su biodiversidad y la presencia de la cadena montañosa tropical más alta del planeta. Este reconocimiento reforzó tanto la protección ambiental de la zona como su proyección como destino turístico internacional para el trekking y el montañismo.
Hoy el Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado (SERNANP) administra el parque, regula el ingreso mediante boletos de pago y coordina con las comunidades locales y las agencias de turismo la gestión sostenible de un territorio que combina una belleza extraordinaria con riesgos naturales que la ciencia sigue estudiando de cerca, especialmente en el contexto del retroceso acelerado de los glaciares por el cambio climático.