Se suele contar la historia de Lima como si empezara con Francisco Pizarro en 1535, pero eso es un espejismo colonial: cuando el conquistador clavó su estandarte en el valle del Rímac, esa tierra ya llevaba más de mil quinientos años habitada. Entre los siglos II y VII de nuestra era floreció allí la llamada cultura Lima, que levantó enormes pirámides de adobe (las huacas) con millones de pequeños ladrillos hechos a mano. Dos de ellas siguen en pie, incrustadas hoy entre los edificios modernos: la Huaca Pucllana, en pleno Miraflores, y la Huaca Huallamarca, en San Isidro. Verlas rodeadas de tráfico y torres de vidrio es una de las postales más elocuentes de la ciudad: el pasado prehispánico asomando entre el cemento.
Más tarde, el valle quedó bajo la influencia del señorío Ychsma y, sobre todo, del gran santuario de Pachacámac, a pocos kilómetros al sur, dedicado al dios Pacha Kamaq, 'el que anima el mundo', una de las divinidades más poderosas y temidas de toda la costa andina. Peregrinos de regiones lejanas llegaban a consultar su oráculo. Hacia el siglo XV, cuando los incas del Cusco incorporaron la región a su imperio, fueron lo bastante astutos como para no destruir ese culto: en lugar de arrasarlo, lo sumaron al suyo y levantaron junto al viejo santuario un Templo del Sol, una jugada política tan típica de su forma de expandirse.
El propio nombre de la ciudad guarda ese origen indígena. 'Lima' deriva casi con certeza de 'Rímac', el nombre quechua del río y del valle, que significa 'el que habla', en alusión a un oráculo que hablaba a los antiguos pobladores. Los españoles, al pronunciarlo, fueron deformando Rímac en Limaq y luego en Lima. Es decir que, aunque la ciudad se fundó con un rimbombante nombre castellano, terminó llamándose para siempre con una palabra en la lengua de los pueblos que ya vivían allí.
Tras la caída del imperio inca, Francisco Pizarro necesitaba una capital cerca del mar, con buen clima, agua y una salida rápida al océano en caso de rebelión. Después de descartar Jauja, en la sierra, eligió el valle del Rímac, en la confluencia de los ríos que bajan de los Andes hacia el Pacífico.
El 18 de enero de 1535 Pizarro fundó allí la ciudad con el nombre de 'Ciudad de los Reyes', en homenaje a la festividad cristiana de la Epifanía (los Reyes Magos), celebrada pocos días antes. Trazó la Plaza Mayor y, alrededor, repartió los solares para la catedral, el cabildo y la casa de gobierno: ese damero fundacional es el que hoy reconocemos como Centro Histórico. Con el tiempo, el nombre popular 'Lima' (del valle del Rímac) terminó imponiéndose sobre el oficial.
Lima se convirtió muy rápido en el centro del poder español en toda Sudamérica. En 1543 se estableció como sede del Virreinato del Perú y de una Real Audiencia, y por su puerto del Callao salía buena parte de la plata americana rumbo a España, buena parte de ella extraída del cerro de Potosí. Durante casi tres siglos, Lima fue una de las ciudades más ricas, pobladas y poderosas del continente: sede de virreyes, de la Inquisición y, desde 1551, de la Universidad de San Marcos, la más antigua de América. La llamaban, con orgullo, la 'Ciudad de los Reyes', y su aristocracia vivía rodeada de un lujo que asombraba a los viajeros europeos.
Esa prosperidad dejó un legado arquitectónico enorme, que todavía hoy define el paisaje del Centro Histórico: la Catedral, el convento de San Francisco con sus catacumbas, el Palacio de Torre Tagle, decenas de casonas con esos balcones de madera tallada, cerrados con celosías, que se volvieron un símbolo de la ciudad. Detrás de las celosías, las mujeres de la élite podían mirar la calle sin ser vistas, en una Lima barroca, devota y jerárquica, marcada por las castas y por una vida religiosa intensísima, con procesiones que aún hoy, como la del Señor de los Milagros, paralizan la ciudad cada octubre.
Pero ese esplendor convivía con la amenaza constante de la tierra. Lima se asienta en una de las zonas sísmicas más activas del planeta, y su historia colonial está puntuada por terremotos que una y otra vez la echaron abajo. El más devastador fue el de 1746, que marcó un antes y un después en la manera de construir la ciudad. Por la riqueza y unidad de ese conjunto colonial que sobrevivió a los sismos, en 1988 la Unesco declaró al Centro Histórico de Lima Patrimonio de la Humanidad, distinción ampliada en 1991.
La noche del 28 de octubre de 1746, a las diez y media, la tierra se sacudió con una violencia que Lima no había conocido. El sismo, hoy estimado en torno a magnitud 8,6-8,8, derribó en cuestión de minutos gran parte de la ciudad: de las tres mil casas del casco urbano, apenas un puñado quedó en pie, y templos, conventos y palacios se vinieron abajo. Pero lo peor ocurrió a pocos kilómetros, en el puerto del Callao. Media hora después del terremoto, un tsunami con olas descomunales -las crónicas hablan de hasta veinte metros- barrió el puerto y lo borró casi por completo. De los miles de habitantes del Callao sobrevivieron unos pocos cientos; sumando ambas ciudades, se calcula que murieron alrededor de una de cada diez personas del área.
La reconstrucción quedó en manos del virrey José Antonio Manso de Velasco, a quien la Corona premiaría con el título de Conde de Superunda ('sobre las olas') y a quien la historia recuerda como una suerte de 'segundo fundador' de Lima. Manso de Velasco actuó con notable frialdad: impuso orden, organizó el auxilio y encaró una reforma urbana pensada para resistir el próximo sismo, porque todos sabían que llegaría. Se prohibió levantar segundos pisos de adobe pesado; se impuso el uso de la quincha -una técnica ligera de caña y barro, mucho más flexible ante los temblores-; se ensancharon calles para facilitar la evacuación; y el puerto del Callao se rediseñó, con un nuevo asentamiento en Bellavista y, más tarde, la imponente fortaleza del Real Felipe.
Aquel cataclismo no solo cambió la forma física de Lima: cambió su mentalidad. La ciudad barroca y confiada del siglo XVII dio paso a una Lima más consciente de su fragilidad, obsesionada con la sismología antes de que la palabra existiera. Muchas de las iglesias que hoy admira el turista fueron reconstruidas después de 1746, y las torres esbeltas de otros tiempos fueron reemplazadas por campanarios más bajos y macizos. Entender esto ayuda a leer el Centro Histórico: buena parte de lo que parece 'colonial puro' es, en realidad, el resultado de aquella gran reconstrucción del siglo XVIII.
El 28 de julio de 1821, José de San Martín subió a un tablado en la Plaza Mayor de Lima, desplegó la bandera y proclamó la independencia del Perú con una frase que quedó grabada en la memoria nacional: el Perú era, desde ese momento, libre e independiente 'por la voluntad general de los pueblos'. El acto abrió el camino al fin del dominio español, aunque la guerra todavía tardaría años en resolverse, hasta las batallas de Junín y Ayacucho en 1824.
A lo largo del siglo XIX, la ciudad fue desbordando lentamente sus murallas coloniales -demolidas hacia 1870- y expandiéndose hacia el sur y hacia el mar. La riqueza del guano primero, y la reconstrucción tras la traumática Guerra del Pacífico contra Chile (1879-1883), que incluyó la ocupación de Lima por tropas chilenas, marcaron una etapa de altibajos. A comienzos del siglo XX, con bulevares afrancesados, tranvías y los primeros balnearios elegantes como Barranco y Miraflores, Lima todavía era una ciudad relativamente pequeña y ordenada, la 'Lima horizontal' de casas bajas que muchos recuerdan con nostalgia.
Ese mundo cambió para siempre a partir de 1940. Una migración masiva desde la sierra y la selva -empujada por la pobreza rural y atraída por la promesa de trabajo en la capital- transformó por completo la escala de la ciudad. Ante la ausencia de políticas de vivienda, los recién llegados ocuparon los cerros, los arenales y las orillas del Rímac, levantando sus casas ladrillo a ladrillo: así nacieron las barriadas, hoy llamadas pueblos jóvenes, que a lo largo del siglo llegaron a contarse por miles. De una ciudad de poco más de medio millón de habitantes en los años cuarenta, Lima pasó a ser una metrópoli de cerca de diez millones. Esa transformación fue dura y a menudo dolorosa, pero también convirtió a Lima en un mosaico donde conviven todas las regiones del Perú, con su música, sus fiestas, sus lenguas y, sobre todo, sus cocinas.
Si hay algo que resume la Lima contemporánea, es un plato de comida. La ciudad que se llenó de migrantes de todo el país terminó, décadas después, convertida en la capital gastronómica de América Latina y en una de las grandes referencias culinarias del planeta. No es casualidad: aquella diversidad forzada por la migración -sierra, costa, selva, más los aportes de las cocinas china (chifa), japonesa (nikkei), italiana y africana que llegaron con distintas oleadas de inmigrantes- creó una despensa de sabores que pocas ciudades del mundo pueden igualar.
El giro decisivo llegó a fines del siglo XX y comienzos del XXI. En 1994, el chef Gastón Acurio y su esposa, la pastelera alemana Astrid Gutsche, abrieron 'Astrid y Gastón', que empezó como restaurante francés y se convirtió en el epicentro de una nueva cocina peruana orgullosa de sus raíces. Acurio se transformó en el gran embajador de la gastronomía del país, convencido de que la comida podía ser una fuente de identidad y de orgullo nacional. A su estela llegó toda una generación de cocineros que llevaron el nombre de Lima a lo más alto: Virgilio Martínez y Pía León, cuyo restaurante Central fue elegido mejor restaurante del mundo en 2023; y Mitsuharu 'Micha' Tsumura, hijo de padre japonés y madre peruana, cuyo restaurante Maido -templo de la cocina nikkei- fue coronado como el mejor del mundo en 2025 por la lista The World's 50 Best Restaurants.
Para el viajero, esto significa que comer en Lima es, en sí mismo, una de las grandes experiencias del viaje. Se puede ir de un ceviche perfecto en una cevichería de barrio a una cena de degustación de fama mundial; probar el lomo saltado (herencia del chifa), el ají de gallina, los anticuchos de la calle o un pisco sour frente al Pacífico. Esa escena culinaria, nacida del cruce entre el pasado prehispánico, la herencia colonial y las migraciones de los siglos XX y XXI, es quizá la mejor síntesis de lo que es Lima hoy: una ciudad hecha de muchas ciudades, servida en un plato.