La existencia de un conjunto de lagunas y pantanos en plena costa desértica del sur del Perú parece, a primera vista, una paradoja. La costa de Arequipa es una de las zonas más áridas del planeta, parte del gran desierto que recorre el litoral peruano-chileno, donde las lluvias son escasísimas. Y sin embargo, en la desembocadura del río Tambo, junto al balneario de Mejía, se extiende una franja de humedales verdes y llenos de vida. La clave está en el agua que llega por dos vías: el aporte del propio río Tambo, que baja desde los Andes arequipeños, y los afloramientos de la napa freática (agua subterránea) que aparecen cerca del litoral.
Estos aportes de agua dulce, combinados con la cercanía del mar y la influencia de las mareas, crean un mosaico de ambientes: lagunas de agua dulce, lagunas salobres, totorales, gramadales (praderas inundables) y la propia ría donde el río se mezcla con el océano. Esa diversidad de hábitats en un espacio reducido es lo que explica la enorme riqueza biológica del lugar. En un entorno donde el agua es el bien más escaso, estos humedales funcionan como un oasis que concentra la vida.
Los humedales costeros como el de Mejía son ecosistemas dinámicos y frágiles: dependen de un equilibrio delicado entre el caudal del río, el nivel de la napa freática y la acción del mar. Cambios en el uso del agua río arriba (riego agrícola en el valle de Tambo), variaciones climáticas o la presión humana pueden alterar ese equilibrio. Por eso su conservación es tan importante y tan delicada.
Mucho antes de que existieran balnearios o áreas protegidas, la costa y el valle del río Tambo fueron territorio habitado por poblaciones prehispánicas que supieron aprovechar los recursos del mar, del río y de los humedales. La franja costera del sur peruano estuvo ocupada por culturas que pescaban, recolectaban mariscos y cazaban aves en estos ambientes ricos, y que cultivaban en los valles fértiles regados por los ríos que bajan de los Andes.
El valle de Tambo, donde se asienta hoy una próspera agricultura, fue desde tiempos antiguos un corredor de vida en medio del desierto. Las culturas costeras del sur, vinculadas a tradiciones que se extendían por toda la costa peruana, dependían en parte de humedales como el de Mejía para obtener agua, totora (usada para construir embarcaciones y techos) y fauna. Estos espacios eran, además, puntos de encuentro entre los recursos del mar y los del interior.
Con la llegada de los europeos y, más tarde, con la consolidación de la República, la zona se orientó cada vez más a la agricultura intensiva del valle de Tambo y al desarrollo del puerto de Mollendo, que en el siglo XIX y comienzos del XX fue uno de los principales puertos del sur peruano y la salida natural de Arequipa hacia el Pacífico. El balneario de Mejía surgió como lugar de veraneo de las familias arequipeñas. Toda esta ocupación humana convivió con los humedales, que mantuvieron su función ecológica hasta que, en el siglo XX, su valor llevó a protegerlos formalmente.
A lo largo del siglo XX, el avance de la agricultura, la urbanización de los balnearios y la presión sobre el agua del valle de Tambo empezaron a amenazar los humedales de Mejía. Al mismo tiempo, crecía la conciencia, tanto en el Perú como en el mundo, sobre la importancia de los humedales como ecosistemas vitales para la biodiversidad y, en particular, para las aves migratorias. Mejía no era un humedal cualquiera: era —y sigue siendo— el único humedal protegido de toda la costa sur peruana, un eslabón irremplazable en la cadena de sitios de descanso que las aves utilizan a lo largo del Pacífico.
Por estas razones, el Estado peruano decidió darle protección legal. El 24 de febrero de 1984 se estableció el Santuario Nacional Lagunas de Mejía, una categoría de área natural protegida destinada a conservar de forma intangible los hábitats y la fauna del lugar. El santuario abarca alrededor de 690 hectáreas que incluyen las lagunas, los totorales, los gramadales, la playa y la desembocadura del río Tambo. Su gestión recae hoy en el Sernanp (Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado).
La creación del santuario buscó conciliar la conservación con la presencia de las actividades humanas vecinas: la agricultura del valle de Tambo, los balnearios de Mejía y Mollendo y la pesca artesanal. Es un equilibrio siempre desafiante, porque los humedales dependen del agua del río y de la napa freática, recursos también demandados por la agricultura. La protección formal, sin embargo, fue un paso decisivo para asegurar que este oasis de vida en el desierto siguiera cumpliendo su función ecológica.
El verdadero tesoro del Santuario Nacional Lagunas de Mejía son sus aves. En este pequeño humedal se han registrado más de doscientas especies, una cifra extraordinaria que combina aves residentes —que viven aquí todo el año— con aves migratorias que llegan en determinadas temporadas desde lugares muy lejanos. Entre las residentes se cuentan patos, gallaretas, garzas, zambullidores y diversas aves de los totorales; entre las visitantes, aves playeras y acuáticas que recorren miles de kilómetros.
La explicación de tanta riqueza está en la geografía continental. Las aves migratorias del hemisferio norte que viajan hacia el sur en el invierno boreal siguen rutas a lo largo de las costas americanas, conocidas como corredores migratorios. En esos largos viajes necesitan 'estaciones de servicio': lugares donde descansar, alimentarse y reponer energías. En la costa hiperárida del sur peruano, donde el agua dulce y los humedales son rarísimos, Mejía cumple ese papel vital. Sin sitios como este, muchas aves no podrían completar sus migraciones.
Esto convierte al santuario en un lugar de interés no solo nacional sino internacional para la conservación. Por eso es un destino predilecto de observadores de aves (birdwatchers) y de fotógrafos de naturaleza, y por eso su protección trasciende las fronteras del Perú: cuidar Mejía es cuidar un eslabón de una red de humedales que sostiene la vida de aves de todo el continente. El verano austral (noviembre a marzo) es la mejor época para apreciar esta riqueza, cuando llegan las migratorias.
Como todo humedal costero, el de Mejía vive bajo presión constante. Su mayor vulnerabilidad está en el agua: el santuario depende del caudal del río Tambo y de la napa freática, recursos que también demanda la intensa agricultura del valle de Tambo, una de las zonas agrícolas más productivas del sur peruano. La competencia por el agua, el uso de agroquímicos que pueden llegar a las lagunas, y los cambios en el régimen del río son amenazas reales para la salud del ecosistema.
A esto se suman otras presiones: la expansión urbana de los balnearios, la presencia de visitantes que, sin las debidas precauciones, pueden perturbar a las aves o degradar los hábitats, y los efectos del cambio climático sobre los regímenes de agua y las migraciones. La gestión del Sernanp busca equilibrar la conservación estricta del área con su uso ordenado para la educación ambiental, la investigación y el turismo de naturaleza, instalando senderos, miradores y un centro de interpretación que canalizan las visitas sin dañar el humedal.
La conservación de Mejía es, en el fondo, una historia sobre la convivencia entre la naturaleza y la actividad humana en un entorno extremo. Demostrar que es posible mantener un humedal lleno de vida junto a una agricultura próspera y unos balnearios activos es el gran desafío del santuario. Para el visitante, entender esta fragilidad es parte de la experiencia: recorrer Mejía con respeto, sin salirse de los senderos y sin perturbar a las aves, es contribuir a que este oasis siga existiendo para las futuras generaciones y para las aves que, cada año, dependen de él para sobrevivir.