La Laguna Humantay se encuentra en la cordillera de Vilcabamba, en el distrito de Mollepata, a unos 4.200 metros sobre el nivel del mar. Es una laguna de origen glaciar: nació y se sostiene gracias al deshielo del nevado Humantay, que se alza sobre ella con sus paredes de roca y hielo a unos 5.473 metros. Muy cerca domina el horizonte el Salkantay, de 6.270 metros, una de las cumbres más altas e imponentes de la región.
Lo que más cautiva al visitante es el color del agua: un turquesa intenso, casi irreal, que cambia de matices según la luz del día. Ese tono se debe a la 'harina glaciar', partículas finísimas de roca que el glaciar muele y arrastra hacia la laguna; suspendidas en el agua, dispersan la luz y producen ese verde-azulado luminoso. Con sol y cielo despejado, el contraste entre el agua, la roca oscura y el hielo blanco es sobrecogedor.
Lagunas como esta son comunes en los Andes glaciares, pero la de Humantay destaca por su belleza y su accesibilidad relativa desde Cusco. Es, además, un recordatorio vivo del retroceso de los glaciares: estas lagunas crecen y cambian a medida que el hielo se derrite, un proceso que la ciencia vincula al calentamiento global y que está transformando el paisaje de alta montaña en todo el Perú.
Para las comunidades andinas, Humantay y el vecino Salkantay no son solo montañas: son apus, espíritus tutelares de la naturaleza, protectores del territorio y de quienes lo habitan. El Salkantay, en particular, figura entre los apus más importantes de la región del Cusco, y su nombre se asocia a la idea de montaña 'salvaje' o indómita. La laguna, al pie del glaciar, participa de esa sacralidad: el agua, la nieve y la montaña forman parte de un mundo cargado de significado espiritual.
Esta dimensión se hace visible en el lugar. Es común encontrar apachetas -pequeños montículos de piedras apiladas- que peregrinos y visitantes levantan como ofrenda y como pedido de buen camino. También se realizan 'pagos' o despachos a la Pachamama (la Madre Tierra): ofrendas de hojas de coca, semillas y otros elementos con que las comunidades agradecen y piden equilibrio. Quien visita la laguna entra, sin siempre saberlo, en un espacio que para los lugareños es profundamente sagrado.
Tener presente esto cambia la actitud del viajero. Más allá de la foto turquesa, conviene comportarse con respeto: no arrojar basura, no meterse en el agua, seguir los senderos y entender que se está en un sitio venerado. La cosmovisión andina concibe a la naturaleza como un todo vivo con el que hay que relacionarse con reciprocidad; acercarse a Humantay con esa mirada hace de la visita una experiencia más rica que un simple paseo.
La Laguna Humantay está íntimamente ligada al Salkantay Trek, una de las rutas de senderismo más famosas del Perú y la principal alternativa al Camino Inca clásico para llegar a Machu Picchu a pie. El trek, de varios días, atraviesa paisajes que van de los glaciares de altura a la ceja de selva, bordeando el apu Salkantay, y suele empezar precisamente en Soraypampa, el mismo punto desde donde se sube a la laguna.
Por eso, para muchos caminantes, Humantay es la primera gran recompensa del recorrido: el primer día se llega a Soraypampa, se deja el equipaje en el campamento y se sube a la laguna, ya sea al atardecer o a la mañana siguiente, antes de seguir camino hacia el abra del Salkantay. Esa combinación de esfuerzo, altura y belleza marca el tono de toda la travesía.
Pero no hace falta comprometerse con varios días de trekking para conocerla. La laguna se popularizó enormemente como excursión de un solo día desde Cusco, accesible para viajeros que no harán el trek completo. Esa doble condición -etapa de una gran travesía y a la vez paseo independiente- explica buena parte de su fama actual y de la cantidad de gente que la visita cada día en temporada alta.
Mollepata y Soraypampa fueron durante siglos territorio de comunidades campesinas quechuahablantes dedicadas al pastoreo de altura y al tránsito de arrieros, que usaban estas quebradas como parte de rutas de intercambio entre la sierra y la ceja de selva cusqueña, hacia los valles cocaleros de La Convención. El propio trazado del Salkantay Trek recupera, en buena medida, antiguos caminos de herradura utilizados por generaciones de campesinos y comerciantes mucho antes de que existiera el turismo.
La llegada de visitantes a la zona se aceleró desde fines del siglo XX, cuando el creciente número de viajeros en Cusco y la saturación del cupo diario del Camino Inca clásico -limitado por regulación estatal para proteger el santuario de Machu Picchu- impulsaron rutas alternativas. El Salkantay Trek, con su recorrido de varios días bajo la sombra del apu homónimo, se convirtió en la opción más popular entre esas alternativas, y Soraypampa pasó de ser un paraje de pastoreo a un nodo logístico con campamentos, domos y servicios turísticos.
La Laguna Humantay, que hasta entonces era conocida sobre todo por los propios comuneros y por los caminantes del trek, empezó a promocionarse como excursión independiente de un solo día ya en la década de 2010, aprovechando la relativa cercanía a Cusco y la espectacularidad de sus fotografías. En pocos años pasó de ser una parada secundaria del trekking a uno de los íconos turísticos más reproducidos del Perú, comparable en popularidad a Machu Picchu o la Montaña de Siete Colores.
Hay una paradoja incómoda detrás de la postal turquesa: la Laguna Humantay es tan hermosa, en parte, porque el glaciar que la alimenta se está muriendo. Las lagunas glaciares como esta se forman y crecen cuando el hielo retrocede y el agua de deshielo se acumula en la cubeta que el propio glaciar excavó. Cada verano austral que el nevado Humantay pierde masa, la laguna recibe más agua y más 'harina glaciar', esa suspensión de roca finísima que le da el color. Dicho de otro modo, buena parte de lo que el viajero fotografía es el rastro de un hielo en desaparición.
Los números son contundentes. Según la Autoridad Nacional del Agua (ANA) del Perú, la Cordillera de Vilcabamba —el macizo que corona el Salkantay y el Humantay— perdió alrededor del 63,6 % de su superficie glaciar (unos 21,91 km²) en las últimas cuatro décadas. En el caso puntual del Salkantay, estudios sobre la cuenca del río Aobamba documentaron que su cobertura de hielo bajó de 8,59 km² en 1963 a 3,98 km² en 1998, una pérdida cercana al 54 % en apenas 35 años. El Perú concentra cerca del 70 % de los glaciares tropicales del planeta, y son precisamente los glaciares tropicales los más sensibles al calentamiento global, porque viven todo el año cerca del punto de fusión.
Este retroceso no es solo un dato para científicos. Proyectos como 'Glaciares 513' —ejecutado por la ONG Care en Cusco y Huaraz con asistencia de la Universidad de Zúrich— estudiaron durante años cómo la desglaciación acelerada, empujada por el cambio climático, la deforestación y otros factores, amenaza el abastecimiento de agua de comunidades enteras y hasta la generación de la central hidroeléctrica de Machu Picchu, aguas abajo. Las lagunas nuevas que deja el hielo, además, pueden convertirse en un riesgo: cuando se llenan demasiado o cuando un desprendimiento de roca o hielo cae dentro, generan aluviones capaces de arrasar los valles.
Por eso, subir hoy a la Laguna Humantay tiene algo de privilegio y algo de advertencia. El viajero contempla un paisaje que sus abuelos habrían visto con mucho más hielo y que sus nietos, casi con seguridad, verán muy distinto. Entender esa dimensión —que el turquesa es también un termómetro del planeta— convierte la caminata en algo más que una foto: en un testimonio directo de cómo el cambio climático está reescribiendo, glaciar por glaciar, el techo de los Andes.