Pocos nombres de un destino turístico son tan prosaicos como el de la Laguna 69. Y, sin embargo, detrás de esa cifra hay una historia sencilla y curiosa. Cuando se delimitó y estudió el Parque Nacional Huascarán, en la Cordillera Blanca, los técnicos catalogaron decenas y decenas de lagunas glaciares. Muchas tenían nombres tradicionales en quechua o en español; otras, más remotas o sin uso cotidiano por las comunidades, no tenían denominación propia. Para inventariarlas se les asignó simplemente un número. A una de ellas le tocó el 69, y así quedó.
Lejos de restarle encanto, ese nombre práctico contrasta con la belleza casi irreal del lugar y se ha vuelto parte de su atractivo. La Laguna 69 se encuentra a unos 4.600 metros de altura, en un anfiteatro de roca y hielo, alimentada por el deshielo de los glaciares que la rodean. El intenso color turquesa de sus aguas se debe a las partículas minerales finísimas que arrastra el hielo al derretirse y que quedan en suspensión, dispersando la luz.
Es, por tanto, una laguna de origen glaciar relativamente joven en términos geológicos, hija directa de los nevados de la Cordillera Blanca. Su existencia depende de esos glaciares, hoy amenazados por el retroceso provocado por el cambio climático, un proceso visible en toda la región.
La Laguna 69 no es un sitio aislado, sino una joya más dentro del Parque Nacional Huascarán, creado en 1975 para proteger casi toda la Cordillera Blanca. Este parque resguarda la cadena montañosa tropical más alta del mundo, con decenas de picos de más de 6.000 metros -encabezados por el Huascarán, de 6.768 m, la montaña más alta del Perú-, además de glaciares, lagunas, bosques de queñual y una fauna que incluye al cóndor andino, la vizcacha y la taruca.
En 1985, la UNESCO inscribió el Parque Nacional Huascarán en la lista del Patrimonio Mundial, en reconocimiento a su excepcional valor natural. La caminata a la Laguna 69 atraviesa parte de estos paisajes: pasa cerca de las lagunas de Llanganuco, cruza pampas y bosques de queñuales -uno de los árboles que crecen a mayor altitud del planeta- y termina al pie de nevados como el Chacraraju.
Visitar la laguna es, así, asomarse a un ecosistema de alta montaña frágil y protegido. Por eso se cobra entrada al parque, se pide no dejar basura ni salirse de los senderos, y se insiste en respetar tanto la naturaleza como las comunidades que habitan el Callejón de Huaylas desde tiempos antiguos.
Mucho antes de que la Laguna 69 tuviera un número o un cartel turístico, la Cordillera Blanca y el Callejón de Huaylas ya estaban habitados. Culturas preincaicas como la Recuay (que floreció entre los siglos II y VII d.C. en el Áncash actual) dejaron cerámica, tumbas y esculturas de piedra en estos valles, y más tarde la región fue incorporada al Tahuantinsuyo por los incas, que valoraban las montañas nevadas como apus o deidades tutelares.
Para las comunidades andinas, los nevados de la Cordillera Blanca -el Huascarán, el Huandoy, el Chacraraju, el Alpamayo- no eran solo accidentes geográficos, sino seres sagrados que regulaban el agua, el clima y la fertilidad de los campos. Las lagunas glaciares, alimentadas por esos mismos nevados, formaban parte de ese mismo sistema de creencias: se les rendía respeto y, en algunos casos, ofrendas, como todavía ocurre hoy en ceremonias de pago a la tierra en distintos puntos de los Andes peruanos.
Esa relación ancestral con la montaña sigue viva en las comunidades campesinas del valle de Llanganuco y alrededores, que continúan pastoreando ganado en las punas altas y que, en cierto modo, son las verdaderas custodias del paisaje que hoy recorren los excursionistas camino a la Laguna 69.
Ningún relato sobre la Cordillera Blanca puede pasar por alto el 31 de mayo de 1970, el día en que un terremoto de magnitud 7,9 con epicentro frente a las costas de Áncash desprendió una enorme masa de hielo y roca de la cara norte del nevado Huascarán. Ese alud, calculado en millones de metros cúbicos, cayó sobre la ciudad de Yungay -a apenas unos kilómetros del punto de partida hacia la Laguna 69 y las lagunas de Llanganuco- y la sepultó casi por completo en cuestión de minutos, causando decenas de miles de muertes.
La tragedia de Yungay es, hasta hoy, uno de los desastres naturales más letales de la historia de América Latina, y transformó para siempre la relación de la región con sus propios glaciares: bellos e imponentes, pero también capaces de un poder destructivo extremo. El antiguo emplazamiento de Yungay se conserva como campo santo y memorial, visitado por quienes recorren el Callejón de Huaylas.
Este episodio también impulsó un mayor control y monitoreo de las lagunas glaciares de la zona, muchas de las cuales -incluida la propia Laguna 69 en su escala- son vigiladas por el riesgo de desembalses o aluviones (los llamados 'GLOF', por sus siglas en inglés) causados por el retroceso acelerado de los glaciares a causa del cambio climático. Caminar hoy hacia la Laguna 69 es, de alguna manera, atravesar un paisaje que sigue vivo, cambiante y no exento de riesgos naturales.
La exploración moderna de la Cordillera Blanca comenzó a fines del siglo XIX y se intensificó en el siglo XX con expediciones de alpinistas europeos, especialmente austríacos y alemanes, atraídos por picos técnicos como el Alpamayo (bautizado por algunos como 'la montaña más bella del mundo') o el Chacraraju, la cumbre que corona precisamente el anfiteatro de la Laguna 69. Huaraz, entonces un pueblo de provincia, se fue consolidando como base logística de estas expediciones.
El terremoto de 1970 marcó un antes y un después también para el turismo: Huaraz debió reconstruirse casi por completo, y en las décadas siguientes la ciudad reorientó buena parte de su economía hacia el trekking y el montañismo, apoyada en la creación y consolidación del Parque Nacional Huascarán. Durante mucho tiempo, las rutas más conocidas fueron los trekkings de varios días, como Santa Cruz-Llanganuco o el circuito del Huayhuash.
La Laguna 69, en cambio, permaneció durante años como una excursión relativamente secundaria frente a esos trekkings largos, conocida sobre todo por caminantes experimentados y agencias locales. Su despegue como uno de los destinos más fotografiados del Perú es un fenómeno reciente, ligado al auge de las redes sociales: desde la década de 2010, y con más fuerza en los años 2015-2020, miles de fotografías del turquesa imposible de sus aguas -comparadas una y otra vez con la Laguna Humantay del Cusco o con paisajes de la Patagonia- circularon en Instagram y otras plataformas, disparando su popularidad entre viajeros de todo el mundo.
Hoy la Laguna 69 es, junto con Huaraz como base, uno de los pilares del turismo de aventura y naturaleza del Perú, con decenas de agencias ofreciendo el tour de día completo y un flujo constante de visitantes en la temporada seca. Ese crecimiento trajo beneficios económicos para Huaraz y las comunidades del valle, pero también planteó desafíos de gestión ambiental: control de residuos, capacidad de carga de los senderos y la necesidad de que cada visitante entienda que camina por un ecosistema de alta montaña tan frágil como espectacular.