Los uros son uno de los pueblos más antiguos de la cuenca del lago Titicaca, con raíces que se remontan a tiempos muy anteriores a los incas. La tradición y diversas fuentes los describen como 'gente del lago', un grupo que hizo del agua su hogar y su forma de vida. Sus antepasados habrían navegado y poblado estas orillas desde épocas remotas, mucho antes de que el Tahuantinsuyo se expandiera por la región.
Una explicación difundida sobre su modo de vida flotante sostiene que los uros desarrollaron sus islas de totora, en parte, como estrategia frente a pueblos más poderosos: ante la presión de aimaras, quechuas o de los propios incas, podían desplazar sus islas y refugiarse en medio del lago, fuera del alcance de sus vecinos. Más allá de cuánto haya de literal en esa idea, expresa bien la singularidad de un pueblo que eligió vivir sobre el agua.
Su identidad propia incluía una lengua originaria, el uru o uruquilla, hoy casi perdida: con el correr de los siglos, los uros adoptaron mayoritariamente el aimara, la lengua dominante en buena parte del altiplano. Reconocidos por el Estado peruano como pueblo indígena, los uros mantienen viva una cultura distinta, ligada por completo al lago y a la totora, que sigue siendo el centro material y simbólico de su existencia.
Toda la cultura material de los uros gira en torno a una sola planta: la totora, un junco que crece en abundancia en las aguas poco profundas del Titicaca. Con ella construyen, literalmente, el suelo bajo sus pies. Las islas se forman a partir de bloques de las raíces y el fango entrelazado de la totora -una base esponjosa y flotante- sobre la que se apilan capas y capas de junco cortado, cruzadas en distintas direcciones, hasta lograr una plataforma firme que sostiene casas, personas y enseres.
Mantener una isla es un trabajo constante. Como la totora del fondo se pudre con el contacto del agua, hay que añadir junco fresco en la superficie de manera regular; una isla bien cuidada puede durar décadas con ese mantenimiento. Además, las islas se anclan con sogas y estacas para que el viento y las corrientes no las arrastren. El mismo material sirve para levantar las viviendas, las torres-mirador y las célebres balsas de totora con las que los uros se desplazan y pescan.
La totora no solo se usa para construir y navegar: también se come. La parte blanca y tierna del junco es comestible y forma parte de la dieta tradicional, junto con los peces y aves del lago. Así, una sola planta provee techo, transporte, alimento y sustento, en una adaptación al medio acuático que asombra por su ingenio y que define la identidad del pueblo uro hasta hoy.
La vida de los uros cambió de manera profunda en las últimas décadas con la llegada masiva del turismo. Las islas más cercanas a Puno reciben hoy a numerosos visitantes que llegan en bote para conocer cómo se construyen, ver las viviendas, dar un paseo en balsa de totora y comprar artesanías. Para muchas familias, el turismo se convirtió en una fuente de ingreso central, que se suma a las actividades tradicionales de pesca, caza de aves y elaboración de tejidos.
Ese encuentro tiene luces y sombras. Por un lado, el turismo aporta sustento y da visibilidad a una cultura única; por otro, hay un riesgo de 'escenificación', en que la experiencia se vuelve un espectáculo para visitantes y se difumina la frontera entre la vida real y lo que se muestra. Las comunidades buscan equilibrios: hay iniciativas de turismo vivencial, en las que las familias reciben huéspedes y comparten su cotidianidad de manera más genuina, y un creciente interés por preservar la lengua, las costumbres y la identidad uro frente a la presión externa.
Para el viajero, todo esto invita a una visita consciente. Detrás de la postal de las islas de totora hay personas reales que sostienen, no sin dificultades, una de las formas de vida más originales del planeta. Acercarse con respeto y curiosidad sincera, comprar directamente a los artesanos, valorar lo que cuentan y entender el peso histórico de su pueblo transforma una simple excursión en un verdadero encuentro cultural en el lago navegable más alto del mundo.
Con el paso de las décadas, y a medida que el turismo fue creciendo, la comunidad uro tuvo que resolver un problema práctico: cómo repartir de forma justa los beneficios de las visitas entre las muchas islas y familias del archipiélago. La respuesta fue organizarse en sectores o agrupaciones -a veces llamados 'islas centrales' y 'zonas más alejadas'- que rotan la recepción de turistas y administran de forma colectiva el cobro de tasas de ingreso y la coordinación con las agencias de Puno.
Esta organización comunal no es un invento reciente: se apoya en formas tradicionales andinas de trabajo colectivo y toma de decisiones en asamblea, adaptadas ahora a la gestión turística. Cada isla suele tener sus propias autoridades o representantes, que negocian con los operadores, fijan turnos de recepción de botes y administran los fondos comunes destinados a mantenimiento, salud o educación. De esta manera se busca que no sean solo las islas más cercanas al puerto -las más visitadas- las que concentren todos los ingresos.
Esta estructura también responde a un dato geográfico importante: los Uros no son una sola isla sino un archipiélago disperso en varios sectores del lago, algunos a poca distancia de Puno y otros más alejados, cerca de la ruta hacia Taquile y Amantaní. Conocer esta organización ayuda a entender por qué la experiencia puede variar bastante de una isla a otra: algunas están más acostumbradas al flujo turístico diario, mientras que otras, más alejadas, ofrecen un contacto más pausado y genuino con la vida cotidiana de las familias.