El 31 de mayo de 1970, en menos de tres minutos, Huaraz perdió buena parte de su ciudad y la vecina Yungay desapareció entera bajo un alud de hielo y barro. Esa fecha explica por qué la capital del andinismo peruano casi no tiene casco colonial: la Huaraz que hoy recibe a los trekkers es una ciudad reconstruida al pie de las mismas montañas que la golpearon y que hoy son su mayor tesoro. Pero su historia empieza mucho antes, en un valle que fue cuna de civilizaciones milenarias.
Huaraz se asienta en el Callejón de Huaylas, un largo valle andino de la región Áncash, encajonado entre dos cadenas montañosas que marcan todo su carácter. Al este se alza la Cordillera Blanca, la cordillera tropical más alta del planeta, con decenas de picos por encima de los 6.000 metros y glaciares que alimentan lagunas de un turquesa imposible. Al oeste corre la Cordillera Negra, más baja y sin nieves perpetuas. Entre ambas, el río Santa abre el valle por el que se distribuyen Huaraz, Carhuaz, Yungay, Caraz y otros pueblos.
Esta es una de las regiones habitadas más antiguas del Perú andino. A pocas horas de Huaraz se encuentra Chavín de Huántar, el gran centro ceremonial de la cultura Chavín, que floreció hacia el año 1200 a.C. y ejerció una enorme influencia religiosa y artística sobre buena parte de los Andes centrales.
Con la llegada de los incas y luego de los españoles, Huaraz se consolidó como núcleo del valle. Durante la época colonial y la república fue creciendo como ciudad de servicios de una región agrícola y ganadera, hasta convertirse, ya en el siglo XX, en la capital del departamento de Áncash y en la puerta de entrada al montañismo peruano.
Mucho antes de Chavín de convertirse en referencia lejana y de que los incas llegaran a estas tierras, el propio Callejón de Huaylas fue cuna de una civilización propia: la cultura Recuay (también llamada Huaylas), que se desarrolló aproximadamente entre el año 1 y el 600 d.C., en el Periodo Intermedio Temprano, como una evolución local con fuerte influencia de la tradición Chavín y del estilo cerámico conocido como 'blanco sobre rojo'.
Los recuay se asentaron en la parte alta del valle del río Santa, muy cerca de la zona sur del Callejón de Huaylas, y en su momento de mayor expansión su influencia llegó hasta la provincia de Pallasca por el norte, el río Marañón por el este y las partes altas de los valles de Casma, Huarmey y Santa por el oeste. Dejaron un legado artístico muy distintivo: cerámica escultórica con decoración en tonos negro, rojo y blanco, y una notable tradición de escultura en piedra -monolitos y esculturas de personajes, guerreros y seres míticos- que hoy se conserva en gran parte en el Museo Arqueológico de Áncash, en el centro de Huaraz.
Arquitectónicamente, los recuay se caracterizaron por construir cámaras subterráneas y estructuras funerarias complejas, reflejo de una sociedad jerarquizada con una élite guerrera y sacerdotal. Hacia el año 600 d.C., la expansión de la cultura Wari desde el sur comenzó a presionar sobre el Callejón de Huaylas, lo que contribuyó al debilitamiento y eventual desaparición de la cultura Recuay como entidad política independiente, aunque su legado artístico y arqueológico sigue siendo clave para entender la identidad prehispánica de la región.
La historia moderna de Huaraz y de todo el Callejón de Huaylas está partida en dos por el 31 de mayo de 1970. Esa tarde de domingo, a las 15:23, un terremoto de magnitud cercana a 7,9 sacudió la región Áncash. Fue, por su número de víctimas, el peor desastre natural de la historia del Perú: las estimaciones hablan de decenas de miles de muertos en toda la zona, y Huaraz quedó devastada, con buena parte de su casco antiguo en ruinas.
El sismo desencadenó además una tragedia aún mayor en la vecina Yungay. El movimiento desprendió una enorme masa de hielo y roca de la cara oeste del pico norte del Huascarán, que se precipitó valle abajo convertida en un aluvión a una velocidad estimada de entre 200 y 500 km/h. La avalancha sepultó por completo la ciudad de Yungay y el pueblo de Ranrahirca; en Yungay murieron alrededor de treinta mil personas y se salvaron apenas unos cientos, muchos de ellos porque estaban en el cerro del cementerio o en el estadio cuando llegó el alud.
Huaraz, como Yungay, tuvo que reconstruirse casi desde cero. Por eso la ciudad actual tiene un aspecto moderno y algo improvisado, con pocas huellas de su pasado colonial: la mayoría se perdió aquel día. Comprender esto ayuda a mirar Huaraz con otros ojos: no es una ciudad-museo, sino una ciudad resiliente, levantada de nuevo al pie de las mismas montañas que un día la golpearon y que hoy son su mayor riqueza.
Antes de convertirse en meca del trekking, la Cordillera Blanca fue objeto de estudio científico. El naturalista ítalo-peruano Antonio Raimondi recorrió la región en el siglo XIX para estudiar su potencial minero, y sus observaciones quedaron registradas en su obra 'El departamento de Áncash y sus riquezas minerales' (1873). A comienzos del siglo XX, geólogos y geógrafos alemanes como Gustav Steinmann, Wilhelm Sievers y August Weberbauer continuaron el mapeo científico de sus picos y glaciares.
El hito fundacional del montañismo o 'andinismo' en la zona llegó en 1932, cuando una expedición conjunta germano-austriaca -integrada por Erwin Schneider, Hermann Hoerlin, Franz Bernard, Philipp Borchers y Erwin Hein- alcanzó por primera vez la cumbre del Huascarán Sur, el punto más alto del Perú con 6.768 metros, siguiendo la que luego se conocería como ruta normal por la Garganta. Ese mismo año, dos integrantes de la expedición, Schneider y Hein, coronaron también el Artesonraju, la montaña de perfil piramidal que se haría famosa por su parecido con el logo de Paramount Pictures. Antes, en 1908, una expedición estadounidense en la que participó la pionera Annie Smith Peck había reclamado el primer ascenso al Huascarán Norte, un hito disputado por los propios montañistas de la época.
Estas expediciones de la década de 1930 marcaron el inicio de una larga tradición de andinismo internacional en la Cordillera Blanca, que convirtió a Huaraz -entonces una modesta ciudad de provincia- en el punto de partida obligado para escaladores de todo el mundo. Esa vocación montañera, interrumpida pero no borrada por el terremoto de 1970, es la que hoy sostiene la identidad turística de la ciudad.
Tras la reconstrucción, Huaraz encontró su vocación definitiva: ser la base del montañismo y el trekking en el Perú. La cercanía de la Cordillera Blanca, declarada en buena parte Parque Nacional Huascarán en 1975 y reconocida por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad y Reserva de Biosfera, convirtió a la ciudad en un imán para escaladores, caminantes y viajeros de todo el mundo, continuando la tradición abierta por las expediciones de 1932.
Desde Huaraz parten las rutas que hicieron famosa a la región: la caminata a la Laguna 69, la visita a la Laguna Parón bajo el Artesonraju, las lagunas de Llanganuco, el glaciar Pastoruri y travesías de varios días como el trek de Santa Cruz, entre picos legendarios como el Alpamayo, considerado por muchos una de las montañas más bellas del mundo. A esto se suma el patrimonio arqueológico de Chavín de Huántar y el legado de la cultura Recuay, a pocas horas por carretera.
Hoy la economía de Huaraz gira en gran medida en torno a este turismo de naturaleza y aventura: agencias, guías, tiendas de equipo, hostels, cafés y restaurantes. La ciudad combina así su raíz andina prehispánica, su memoria del terremoto y casi un siglo de tradición andinista, en una identidad muy contemporánea: la de campamento base de una de las cordilleras más espectaculares del planeta.