Mucho antes de que Huancayo fuera una ciudad, el valle del Mantaro fue territorio del pueblo wanka (o huanca), una sociedad guerrera y agrícola que ocupó esta amplia y fértil cuenca de la sierra central. Los wankas vivían en numerosos asentamientos repartidos por el valle, muchos en las alturas cercanas por razones defensivas, y eran conocidos por su carácter independiente y su organización en curacazgos, algo que marcó profundamente su relación con los grandes poderes andinos.
Cuando los incas se expandieron hacia la sierra central en el siglo XV, los wankas opusieron una resistencia prolongada antes de ser incorporados al Tahuantinsuyo, que impuso sobre el valle su administración, sus caminos (como el propio Qhapaq Ñan) y centros como Hatun Xauxa (Jauja). Esa relación tensa con el Cusco explica un episodio clave de la conquista: cuando llegaron los españoles, muchos wankas se aliaron con ellos contra los incas, buscando librarse del dominio cusqueño, y aportaron guerreros y recursos decisivos en las primeras campañas.
Esa herencia wanka sigue muy viva en la identidad de Huancayo y su valle. Se la celebra en el Parque de la Identidad Wanka, en danzas como el huaylarsh -declarado Patrimonio Cultural de la Nación en 2005-, en la artesanía y en un orgullo local muy marcado por una cultura que nunca dejó de afirmar su personalidad. Conocer Huancayo es, en buena medida, asomarse a este mundo wanka que precede y trasciende tanto a incas como a españoles.
Durante la colonia, el valle del Mantaro se llenó de pueblos, haciendas e iglesias, y se volvió un territorio clave para abastecer de alimentos a las ciudades del centro del virreinato, en particular a Lima a través de la Carretera Central. Jauja, en el extremo norte del valle, tuvo un papel destacado: fue uno de los primeros asentamientos fundados por los españoles, en 1534, y por un breve período llegó a funcionar como capital antes de que ese rol pasara a Lima al año siguiente.
Uno de los grandes legados coloniales de la región es el convento de Santa Rosa de Ocopa, fundado por los franciscanos en 1725 cerca de Concepción. Desde allí partían las misiones que se internaban en la selva central para evangelizar a los pueblos amazónicos, en una empresa que duró siglos y dejó un acervo documental único. El convento conserva una biblioteca extraordinaria, con más de 25.000 volúmenes antiguos, y un museo con objetos, arte religioso y piezas traídas por los misioneros, que lo convierten en una visita imprescindible del valle.
En paralelo, Huancayo mismo -entonces un pueblo menor del valle- creció al amparo del comercio: ya en 1572 el corregidor Jerónimo de Silva instituyó una feria de intercambio para los indígenas de la zona, ratificada en 1578 por el virrey Francisco de Toledo. Esa feria, antecesora directa de la actual feria dominical, es una de las tradiciones comerciales más antiguas y continuas del Perú, y muestra que el carácter mercantil de Huancayo tiene raíces de más de cuatro siglos.
La feria dominical de la avenida Huancavelica, una de las señas de identidad más fuertes de Huancayo, tiene una historia mucho más larga de lo que sugiere su ubicación actual. Nació formalmente en 1572, cuando el corregidor español Jerónimo de Silva instituyó un mercado de intercambio entre los pueblos indígenas del valle, ratificado en 1578 por el virrey Toledo dentro de su política de reducciones y ordenamiento colonial. En sus primeros siglos funcionó en la plaza Huamanmarca y luego en la Calle Real, hasta que en la década de 1980 fue trasladada a la avenida Huancavelica, donde se transformó en el gigantesco mercado semanal que hoy reúne a miles de comerciantes.
En paralelo a esa tradición comercial, el valle del Mantaro desarrolló una de las expresiones dancísticas más célebres del Perú: el huaylarsh. Sus raíces están en las faenas agrícolas de la civilización wanka -el término deriva del quechua huaylla o huaylluy, 'buen pasto' o 'amar con ternura'- y en su forma tradicional imita los movimientos del sembrío y la cosecha de papa, maíz y otros cultivos andinos. A mediados del siglo XX, el músico Zenobio Dagha Sapaico, de Chupuru, dio origen a una versión mestiza y más ágil del huaylarsh -estrenada en 1949 con la pieza 'Mi Tierra Wanka'- que se popularizó a través de orquestas típicas como la que él mismo fundó, la Juventud Huancaína, y que hoy es la forma más difundida de la danza.
El huaylarsh fue declarado Patrimonio Cultural de la Nación en 2005, y cada Miércoles de Ceniza (tras los carnavales) se celebra el Día Nacional del Huaylarsh Wanka, con concursos y presentaciones que llenan de música y color las calles del valle. Junto con la feria dominical, es una de las expresiones que mejor resumen la vitalidad de la cultura popular huanca contemporánea.
La historia moderna de Huancayo está atada al ferrocarril. A fines del siglo XIX y comienzos del XX se construyó el Ferrocarril Central del Perú, una proeza de ingeniería que une Lima con la sierra central cruzando la cordillera por pasos altísimos, mediante decenas de túneles, puentes y zigzags, obra asociada al ingeniero Henry Meiggs. Durante mucho tiempo fue considerado el ferrocarril de trocha estándar más alto del mundo, y fue determinante para conectar Huancayo con la capital y dinamizar la economía minera y agrícola de la región.
De Huancayo parte además otro ferrocarril entrañable: el Ferrocarril Huancayo-Huancavelica, conocido popularmente como el 'Tren Macho'. Inaugurado en distintas etapas durante el siglo XX, recorre el valle paralelo a los ríos Mantaro e Ichu, atravesando puentes coloniales, baños termales y pueblitos andinos en un trayecto que originalmente cubría alrededor de 128 kilómetros. Su apodo y su fama vienen de su tenacidad para seguir andando pese a las dificultades del terreno, y se ha vuelto un símbolo de la identidad de la región.
En los últimos años el servicio atravesó etapas de suspensión y relanzamiento: reabrió en marzo de 2023 con pasaje gratuito de forma transitoria, operando en un tramo más corto (unos 57 km, alrededor de dos horas) mientras avanza un proyecto de modernización integral anunciado para los próximos años, con una inversión prevista de cientos de millones de dólares. Estos trenes hicieron de Huancayo un nudo de comunicaciones de la sierra central y un punto de encuentro entre la costa, los Andes y la selva; hoy, además de su valor práctico, son parte del atractivo turístico de la zona, aunque siempre conviene confirmar antes la operación vigente de cada servicio.
A lo largo del siglo XX, Huancayo consolidó su papel como capital del departamento de Junín y como la gran ciudad de servicios de la sierra central, superando en población e importancia comercial a otros centros del valle como Jauja o Concepción. El impulso del ferrocarril, la llegada de la Carretera Central asfaltada y el desarrollo de la actividad minera en Cerro de Pasco y La Oroya reforzaron a Huancayo como nudo de transporte y comercio entre Lima, la sierra central y la selva.
La ciudad también atravesó momentos difíciles, como los años de violencia política de las décadas de 1980 y 1990, que afectaron a buena parte de la sierra central peruana y provocaron migraciones hacia la ciudad desde las zonas rurales del valle y de las alturas. Ese proceso, sumado al crecimiento comercial constante -simbolizado en la enorme feria dominical-, transformó a Huancayo en una urbe extensa y dinámica, con una fuerte identidad mestiza que combina raíces wankas, herencia colonial y una vida urbana muy activa.
Hoy Huancayo es una de las ciudades más importantes de los Andes centrales del Perú, menos orientada al turismo masivo que Cusco o Arequipa, pero con un patrimonio cultural, gastronómico y paisajístico propio: el valle del Mantaro con sus pueblos artesanales, el convento de Ocopa, las formaciones de Torre Torre y una identidad wanka que se expresa cada domingo en la feria y en cada fiesta patronal del calendario regional.