Chan Chan fue la capital del reino chimú (o reino de Chimor), la civilización más poderosa de la costa peruana antes de los incas. Los chimús se desarrollaron en la costa norte aproximadamente entre los siglos XI y XV, heredando en parte la tradición de los moches que los precedieron en la misma región. En su apogeo llegaron a controlar casi mil kilómetros de litoral, desde el extremo norte del actual Perú hasta cerca de Lima, organizados como un verdadero estado.
La tradición atribuye la fundación del reino a un personaje semilegendario, Tacaynamo, llegado por mar, a quien sucedieron otros gobernantes como Guacricur, Naucempinco y, ya en tiempos del choque con los incas, Minchançaman. Los chimús fueron grandes ingenieros del agua: construyeron canales y sistemas de riego que convertían el desierto en campos fértiles, y dominaron la metalurgia (oro, plata, cobre), los textiles y la cerámica de color negro característico.
El fin del reino llegó con la expansión incaica. Bajo el impulso de Pachacútec y la conducción del príncipe Túpac Yupanqui, los incas avanzaron sobre el territorio chimú en una guerra larga y dura, hacia 1470. Al ver imposible resistir, Minchançaman se rindió, y Chimor quedó incorporado al imperio inca pocas décadas antes de la llegada de los españoles.
Chan Chan fue fundada hacia el año 850 d.C. y se convirtió en el mayor centro urbano de barro de toda la América precolombina, con una extensión estimada de unos 20 km². Su nombre se asocia a la lengua local de la región (a veces transcrita como quingnam o muchik) y suele traducirse como 'Sol Sol'. En su momento de esplendor pudo albergar a decenas de miles de habitantes.
La ciudad estaba organizada en torno a grandes recintos amurallados, conocidos como ciudadelas o palacios reales. Cada nuevo gobernante chimú habría mandado construir su propio palacio, que funcionaba como centro de poder en vida y como su mausoleo al morir. Esos recintos contenían plazas ceremoniales, salas de audiencias, depósitos, pozos de agua y áreas funerarias. Alrededor se extendían barrios de artesanos, viviendas y talleres.
La construcción es enteramente de adobe y barro. Los muros, altísimos -de hasta unos doce metros en sus partes mayores- son más anchos en la base (varios metros) que en la cima, lo que les da estabilidad y un perfil inclinado característico. Por dentro, los chimús los recubrieron con relieves modelados en barro: olas, peces, redes de pesca, aves marinas y la 'ardilla de mar' (nutria), un repertorio que revela hasta qué punto su mundo giraba en torno al océano y a la pesca.
El fin de Chan Chan como capital independiente llegó hacia 1470, cuando el Imperio Inca, bajo el gobierno de Pachacútec y al mando de su hijo el auqui Túpac Yupanqui, lanzó una campaña militar contra el reino chimú. En lugar de atacar directamente los formidables muros de la ciudad, los incas emplearon una estrategia tan simple como devastadora: cortaron el suministro de agua, secando los canales que alimentaban Chan Chan, entre ellos el gran canal de La Cumbre, una obra de ingeniería chimú de unos 80 km que llevaba agua del río Chicama al valle de Moche. Sitiada en pleno desierto y sin agua, la ciudad resistió unos seis meses, hasta que el gobernante chimú Minchançaman se rindió ante lo inevitable.
Con la rendición, el reino de Chimor quedó incorporado al Tahuantinsuyo, aunque conservó cierta autonomía y sus élites siguieron teniendo peso, ya que los incas apreciaban y adoptaron numerosas técnicas chimús de metalurgia, textilería y administración. Chan Chan dejó de ser capital de un estado independiente, pero continuó habitada y en uso durante el breve período incaico previo a la llegada de los españoles, apenas décadas después.
Con la conquista española en el siglo XVI y durante todo el período virreinal, Chan Chan sufrió un saqueo sistemático. Corrió la creencia de que sus ruinas escondían fabulosos tesoros de oro y plata, y las autoridades coloniales llegaron a otorgar 'concesiones oficiales' de huaqueo a particulares, a cambio del pago del quinto real (un tributo a la corona) sobre lo hallado. Uno de los sectores del sitio, la Huaca Toledo, debe justamente su nombre a Garci Gutiérrez de Toledo, un vecino de Trujillo que obtuvo una de estas concesiones y extrajo piezas de la huaca. Ese huaqueo autorizado, sumado al expolio clandestino posterior, provocó la pérdida irreparable de una enorme cantidad de objetos y de información arqueológica, una herida que la ciudad de barro arrastra hasta hoy.
De todas las ciudadelas de Chan Chan, la que se visita es Nik An, que durante mucho tiempo se llamó Tschudi, en homenaje al estudioso suizo Johann Jakob von Tschudi. Es la mejor conservada y restaurada, y permite recorrer un palacio chimú completo: la gran plaza de ingreso, las salas de audiencias en forma de U vinculadas a la administración y los depósitos, el reservorio de agua que aprovechaba la napa freática del subsuelo, y el recinto funerario del gobernante. Recorrerla da una idea clara de cómo se organizaba el poder chimú.
El gran enemigo de Chan Chan es el agua. Al estar construida íntegramente en barro, es extremadamente vulnerable a las lluvias, sobre todo a las precipitaciones intensas y excepcionales que trae el fenómeno de El Niño en la costa norte. A eso se suma la salinidad del terreno, que ha debilitado y colapsado algunas estructuras. Por eso el sitio requiere conservación permanente: coberturas protectoras, drenajes y trabajos de restauración constantes.
Reconocida por su valor universal, Chan Chan fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1986 y, a la vez, inscrita en la lista de patrimonio en peligro debido a su fragilidad. Visitarla con respeto -sin tocar los relieves ni salirse de los senderos- es parte de ayudar a que esta ciudad de barro, única en el mundo, siga en pie.