El Callao nació como puerto natural de la ciudad de Lima, fundada por Francisco Pizarro en 1535 con el nombre de Ciudad de los Reyes. A pocos kilómetros de la nueva capital, sobre una bahía protegida del océano Pacífico, comenzó a desarrollarse un caleta y embarcadero que muy pronto se convirtió en la salida marítima de Lima y, con el tiempo, en el principal puerto de toda la costa del Pacífico sur durante el virreinato del Perú.
El origen del nombre 'Callao' no tiene una explicación única y aceptada por todos. Algunas hipótesis lo vinculan a una voz indígena de la zona; otras, a la palabra española 'callao', que designa a las piedras o cantos rodados redondeados que abundan en algunas playas de la costa. Lo cierto es que el topónimo se fijó tempranamente para designar al puerto y su entorno.
La importancia del Callao creció a la par del sistema económico colonial. Por su muelle salía la plata extraída del cerro de Potosí (en el Alto Perú, actual Bolivia) y los metales preciosos de las minas andinas, que se embarcaban rumbo a Panamá para, desde allí, cruzar el istmo y seguir hacia España dentro del sistema de flotas y galeones. Esa condición de gran puerta de la riqueza americana volvió al Callao un lugar estratégico y, al mismo tiempo, un blanco codiciado.
El Callao, como gran puerto de salida de la plata y el oro americanos, se convirtió en uno de los puntos más codiciados del Pacífico por piratas, corsarios y potencias rivales de España. A lo largo de los siglos XVI y XVII, distintas expediciones extranjeras intentaron atacar o saquear el puerto y las costas peruanas, en busca de los tesoros que por allí circulaban.
Uno de los episodios más recordados es el del corsario inglés Francis Drake, que en 1579 incursionó en el Pacífico y rondó las costas del Perú, sembrando alarma en el virreinato. Más tarde, otros navegantes y corsarios —holandeses e ingleses— amenazaron la región. Esa permanente sensación de peligro llevó a la Corona española a fortificar progresivamente el Callao con murallas, baluartes y baterías de cañones para proteger el puerto y la riqueza que por él pasaba.
A lo largo del período colonial, el Callao fue acumulando defensas, hasta formar un sistema de murallas que rodeaba el puerto. Esta vocación militar y defensiva marcaría la identidad del Callao durante siglos y culminaría, ya en el siglo XVIII, en la construcción de su monumento más imponente: la Fortaleza del Real Felipe.
El 28 de octubre de 1746, un terremoto de enorme magnitud sacudió Lima y el Callao, y fue seguido por un devastador maremoto (tsunami) que arrasó el puerto. Las olas, que penetraron tierra adentro, destruyeron casi por completo la ciudad del Callao y causaron una catástrofe humana de gran escala: gran parte de la población del puerto pereció, y de la antigua ciudad portuaria quedó muy poco en pie.
Fue uno de los desastres naturales más graves de la historia colonial peruana. El antiguo Callao amurallado, con sus iglesias, casas y defensas, prácticamente desapareció bajo el mar y los escombros. El acontecimiento marcó un antes y un después: obligó a reconstruir el puerto y a repensar sus defensas, en un momento en que la amenaza de potencias extranjeras seguía latente.
La respuesta de la Corona española, encarnada en el virrey José Antonio Manso de Velasco (luego conde de Superunda), fue impulsar la reconstrucción y, sobre todo, la edificación de una gran fortaleza moderna que pudiera defender el puerto reconstruido. De esa decisión, tomada a raíz de la tragedia de 1746, nacería la Fortaleza del Real Felipe, el monumento que hasta hoy domina la bahía del Callao.
Tras la destrucción de 1746, el virrey Manso de Velasco mandó construir una gran fortaleza para defender el puerto reconstruido del Callao. Las obras de la Fortaleza del Real Felipe comenzaron hacia 1747 y se prolongaron durante varias décadas, hasta su finalización en torno a 1774. La fortaleza fue bautizada en honor al rey Felipe V de España, y se convirtió en una de las construcciones militares más grandes que la Corona española levantó en todo el continente americano.
Su diseño respondía a los principios de la ingeniería militar de la época: una fortaleza abaluartada de planta pentagonal, con gruesos muros, fosos, baluartes en las esquinas y dos torreones principales, el del Rey y el de la Reina, pensados para resistir bombardeos y albergar la artillería. En su interior se distribuían plazas de armas, cuarteles, polvorines, capilla y dependencias para la guarnición.
La Fortaleza del Real Felipe se convirtió en el corazón defensivo del Callao y en el símbolo del poder militar español en el Pacífico sur. Su tamaño y su solidez la hacían prácticamente inexpugnable para la época, y estaba destinada a desempeñar un papel decisivo en los acontecimientos que, pocas décadas después, llevarían a la independencia del Perú.
Cuando José de San Martín proclamó la independencia del Perú el 28 de julio de 1821 en Lima, el dominio español no se desmoronó de inmediato. La Fortaleza del Real Felipe, en el Callao, se mantuvo como uno de los últimos y más firmes reductos realistas de Sudamérica continental. Sus gruesos muros y su artillería la convirtieron en un bastión difícil de tomar, y allí se refugiaron las fuerzas leales a la Corona española.
Durante los años siguientes, la fortaleza fue escenario de asedios y de episodios dramáticos. Vivió un célebre motín y largos períodos de sitio por parte de las fuerzas patriotas. La resistencia realista en el Real Felipe se prolongó incluso después de las batallas decisivas de la independencia sudamericana, como Junín y Ayacucho (1824).
La rendición final de la Fortaleza del Real Felipe se produjo en enero de 1826, cuando capituló la guarnición realista que aún la defendía. Con ello cayó el último gran reducto del poder español en Sudamérica continental, sellando definitivamente la independencia del Perú y del subcontinente. Ese papel como escenario del cierre del dominio español otorga a la fortaleza un lugar central en la historia americana.
Ya en la época republicana, el Callao volvió a ser escenario de un episodio bélico decisivo. El 2 de mayo de 1866 se libró el Combate del Callao, en el marco de la Guerra hispano-sudamericana, cuando una escuadra española intentó bombardear y someter al puerto peruano. Las baterías de defensa del Callao —incluida la Fortaleza del Real Felipe y las baterías de la costa— resistieron y rechazaron el ataque de la flota española.
Durante el combate murió el destacado político y militar José Gálvez Egúsquiza, en la torre de la Merced, lo que lo convirtió en uno de los héroes recordados de aquella jornada. El rechazo a la escuadra española reforzó el sentimiento patriótico y consolidó la figura del Callao como bastión de la defensa nacional. La fecha quedó grabada en la memoria peruana como una de las grandes gestas militares del siglo XIX.
Con el tiempo, el Callao siguió creciendo como el gran puerto del Perú y motor de su comercio exterior, mientras barrios como La Punta se desarrollaban como balneario elegante de las familias acomodadas. En reconocimiento a su trayectoria, el Callao recibió un estatus administrativo especial: hoy es la Provincia Constitucional del Callao, una región autónoma dentro del Perú. Ya en el siglo XXI, el viejo centro chalaco vivió un renacer cultural con el proyecto Monumental Callao, que recuperó casonas históricas y las transformó en un polo de arte urbano, sumando una nueva capa a la larga historia del primer puerto del país.