Los Baños del Inca deben su existencia a la geología de Cajamarca. En el subsuelo de la zona hay actividad geotérmica que calienta el agua hasta temperaturas muy altas: en el manantial principal, conocido como El Tragadero, el agua emerge por encima de los 70 °C, demasiado caliente para sumergirse directamente. Es esa agua, ya temperada y mezclada, la que alimenta las pozas y piscinas del actual complejo termal.
Fuentes de agua caliente como esta han sido valoradas por las sociedades andinas desde tiempos remotos. No solo ofrecían un alivio físico frente al frío de la sierra, sino que tenían también un carácter especial, casi sagrado: el agua que nace caliente del interior de la tierra era vista como algo extraordinario. Por eso, mucho antes de los incas, estos manantiales ya eran frecuentados por las poblaciones de la región.
Con el tiempo, ese recurso natural se convirtió en uno de los grandes atractivos de Cajamarca. Lo que para los antiguos era un lugar de descanso y ritual, hoy es un balneario que combina el placer del agua caliente con el peso de una historia que lo conecta con el último gran inca.
La fama de estos baños está ligada para siempre al nombre de Atahualpa, el último gran soberano del Tahuantinsuyo. Según las crónicas, el inca acostumbraba descansar en estas aguas termales tras sus campañas militares, y aquí se encontraba, con su ejército acampado en los alrededores, cuando llegó a la región la hueste española de Francisco Pizarro, en 1532.
Fue desde estos baños que Atahualpa, victorioso en la guerra civil contra su hermano Huáscar, observaba con cierta confianza la llegada de aquel puñado de extranjeros. Poco después bajaría a la cercana ciudad de Cajamarca para el fatídico encuentro del 16 de noviembre de 1532, en el que sería capturado mediante una emboscada, dando inicio a la caída del imperio inca. Así, el sitio donde el inca se relajaba quedó asociado, por contraste trágico, al principio de su fin.
Dentro del complejo se conserva un recinto tradicionalmente identificado como la poza o el baño del Inca, el corazón simbólico del lugar. Sumergirse en estas aguas es, para muchos visitantes, una forma de tocar de cerca aquel momento bisagra de la historia: el mismo manantial que reconfortaba a Atahualpa sigue brotando, siglos después, para quien quiera bañarse en él.
Lo que ocurrió después de la captura de Atahualpa en Cajamarca es uno de los episodios más estremecedores de la historia americana, y está estrechamente ligado a los Baños del Inca como escenario previo. Preso de los españoles, Atahualpa observó la codicia de sus captores por el oro y la plata, y ofreció a cambio de su libertad llenar una habitación de aproximadamente 6,7 por 4,5 metros, hasta una altura de 2,7 metros, con objetos de oro, y dos veces más con plata. Esa habitación, conocida hoy como el Cuarto del Rescate, es la única edificación de origen inca que se conserva en pie en la ciudad de Cajamarca.
Durante meses, caravanas de indígenas trajeron desde todo el imperio piezas de orfebrería que fueron fundidas en lingotes: el rescate reunió más de 1.326.000 pesos de oro, equivalentes a unos 6.102 kilogramos, de los cuales una parte —el quinto real— se destinó a la Corona española. Fue uno de los mayores rescates de la historia. Sin embargo, pese a haber cumplido su promesa, Atahualpa fue sometido a un juicio sumario, acusado falsamente de conspirar contra los españoles, y ejecutado por garrote el 26 de julio de 1533, tras aceptar el bautismo cristiano para evitar morir en la hoguera.
La ejecución de Atahualpa marcó el fin efectivo del Tahuantinsuyo como poder unificado y el inicio de la dominación española sobre el antiguo imperio inca. Así, el destino de los Baños del Inca —lugar de descanso y poder del inca— y el del Cuarto del Rescate —escenario de su cautiverio y su fin— quedaron unidos para siempre en la memoria histórica de Cajamarca.
Tras la conquista, las aguas termales de Cajamarca no perdieron su atractivo. A lo largo de la época colonial y republicana, siguieron siendo un lugar de descanso y de supuestas virtudes curativas, frecuentado por habitantes de la región y por viajeros. Con el tiempo, alrededor del manantial creció un pueblo, hoy distrito de Los Baños del Inca, y el sitio se fue acondicionando como balneario.
En las últimas décadas, los baños se organizaron como un complejo turístico estatal, con pozas privadas, piscinas, sauna, hidromasaje y servicios de spa, además de hotel, restaurantes y venta de artesanía. Se han realizado distintas obras de mejora e infraestructura para modernizar las instalaciones y ordenar el aprovechamiento del agua, manteniendo el equilibrio entre el uso turístico y la conservación del recurso.
Hoy los Baños del Inca son uno de los grandes íconos turísticos de Cajamarca: un lugar donde la naturaleza geotérmica, la memoria del inca Atahualpa y el placer simple de un baño caliente se combinan en una sola experiencia, a pocos minutos del centro histórico de la ciudad.