Con sus 6.384 metros, el Ausangate es la montaña más alta de la región de Cusco y, mucho más que un accidente geográfico, el apu más venerado de toda la zona. En la cosmovisión andina, los apus son las montañas tutelares, seres vivos y protectores que velan por las comunidades, controlan el clima y el agua y garantizan la fertilidad de la tierra y la salud de los rebaños. Entre todos ellos, el Ausangate ocupa un lugar preeminente: es considerado el gran protector del sureste cusqueño, fuente de la vida y guardián de los pastores y sus animales.
Esta veneración hunde sus raíces en tiempos prehispánicos, muy anteriores a los incas, y se ha mantenido viva hasta hoy entre las comunidades quechuas de la cordillera de Vilcanota. Los deshielos del nevado alimentan ríos y lagunas de los que depende la vida en una región de clima extremo, lo que refuerza, también en lo práctico, su papel como fuente del agua y de la prosperidad. El Ausangate es, así, a la vez una realidad ecológica vital y una poderosa entidad sagrada.
A sus faldas habitan algunas de las comunidades pastoriles más tradicionales de los Andes, dedicadas a la cría de alpacas y llamas en altitudes que rondan o superan los 4.000 metros. Estas comunidades conservan saberes, rituales y formas de vida ancestrales, en estrecha relación con la montaña sagrada. Conocer el Ausangate no es solo contemplar un paisaje glaciar imponente, sino acercarse a una de las culturas vivas más arraigadas y resilientes del mundo andino.
Pese a su enorme presencia y su fama sagrada, el Ausangate se resistió durante mucho tiempo a los alpinistas. El primero en intentar su ascenso fue el italiano Piero Ghiglione, quien en 1950 lo intentó en dos ocasiones, primero junto a Bruno Manghi y luego con M. Girando, sin éxito. En 1952 volvió a intentarlo, esta vez acompañado por el sueco Anders Bolinder y el célebre austriaco Mathias Rebitsch: por el muy agrietado glaciar de la cara sur lograron instalar un campamento cerca de los 6.000 metros y, días después, alcanzaron una de las tres cumbres principales del macizo, aunque no la más alta.
La primera ascensión exitosa a la cumbre principal llegó en 1953, de la mano de una expedición del Akademischer Alpenverein (AAV) de Múnich, integrada por los alemanes Fritz März, Heinz Steinmetz, Jürgen Wellenkamp y el célebre montañista austriaco Heinrich Harrer (conocido mundialmente por su libro 'Siete años en el Tíbet'). Esa expedición sumó varios primeros ascensos en la cordillera de Vilcanota, entre ellos el del Ausangate.
En los años y décadas siguientes se abrieron nuevas rutas: en 1966 otra expedición del AAV de Múnich alcanzó la cumbre por dos caras distintas simultáneamente (arista noroeste y pared norte), y entre 1969 y 1988 se sumaron ascensos por la arista noreste, la cara este, el espolón sureste y la arista sureste. Hoy el Ausangate sigue siendo un objetivo respetado para montañistas técnicos, aunque mucho menos transitado que otros seismiles andinos por su dificultad glaciar y su relativo aislamiento.
El Ausangate es el escenario de una de las manifestaciones religiosas más impresionantes y multitudinarias de los Andes: la peregrinación del Qoyllur Rit'i, que significa 'estrella de la nieve' en quechua. Cada año, en torno a la fiesta católica del Corpus Christi (entre mayo y junio), decenas de miles de peregrinos ascienden hasta un santuario situado a gran altura, a las faldas del nevado, en una celebración que combina danza, música, ritual y devoción en un entorno de frío extremo y aire enrarecido.
Lo singular del Qoyllur Rit'i es su carácter sincrético: fusiona el culto andino ancestral a las montañas sagradas y a los glaciares con la devoción católica al Señor de Qoyllur Rit'i. La peregrinación reúne a comunidades de distintas naciones o grupos culturales, identificados por sus danzas y vestimentas, entre ellos los célebres ukukus o pablitos, personajes rituales que ascienden a los glaciares. La fiesta articula, en un mismo acto, el mundo prehispánico y el cristiano, en una expresión vívida de la religiosidad andina.
Por su excepcional valor cultural, la peregrinación al santuario del Señor de Qoyllur Rit'i fue inscrita por la UNESCO en 2011 en la Lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Es uno de los grandes testimonios vivos de cómo las culturas andinas han mantenido, reinterpretado y transmitido sus creencias a lo largo de los siglos, con el sagrado Ausangate como telón de fondo y como protagonista espiritual de la celebración.
Uno de los capítulos más recientes y sorprendentes de la historia del Ausangate es el de la Montaña de Siete Colores, o Vinicunca. Durante generaciones, las comunidades quechuas de la zona conocían el cerro, pero sus vetas minerales de colores permanecieron cubiertas por nieve y hielo casi todo el año hasta comienzos de la década de 2010. El retroceso acelerado de los glaciares andinos por el calentamiento global dejó al descubierto, poco a poco, las franjas rosadas, ocres, turquesas y moradas que hoy hacen famosa a la montaña.
Las primeras fotografías de excursionistas y guías locales comenzaron a circular alrededor de 2013-2015, y el fenómeno se viralizó rápidamente en redes sociales y blogs de viajes. Hacia 2016, Vinicunca ya figuraba entre las atracciones más visitadas del Perú, comparada incluso con Machu Picchu en varios rankings internacionales, y el número de visitantes diarios en temporada alta llegó a superar los dos mil.
Este boom turístico transformó por completo la economía de las comunidades cercanas, que pasaron a depender en gran medida del cobro de tarifas de ingreso, el alquiler de caballos y la venta de alimentos y bebidas a los excursionistas. Al mismo tiempo, generó preocupación por el impacto ambiental de la afluencia masiva en un ecosistema de alta montaña frágil, lo que llevó a establecer horarios, senderos delimitados y tarifas reguladas para intentar ordenar el flujo de visitantes sin perder el ingreso que representa para la zona.
Hoy el macizo del Ausangate vive una doble vida: sigue siendo, como lo fue durante siglos, el apu más venerado del sureste cusqueño y el escenario de la gran peregrinación del Qoyllur Rit'i; y a la vez se ha convertido en uno de los destinos de trekking y turismo de naturaleza más buscados del Perú, gracias en gran parte a la fama mundial de Vinicunca. El circuito completo de varios días, que durante décadas fue territorio casi exclusivo de montañistas y trekkers experimentados, hoy convive con excursiones de un día mucho más accesibles que llevan a miles de visitantes hasta la Montaña de Siete Colores.
Este crecimiento ha traído beneficios económicos concretos para las comunidades de Tinki, Pacchanta, Upis y otras poblaciones de la zona, que hoy dependen en buena medida de las tarifas de ingreso, los servicios de arriería, el hospedaje rural y la venta de alimentos a los turistas. Pero también plantea desafíos de conservación —erosión de senderos, manejo de residuos, presión sobre un ecosistema de alta montaña ya afectado por el retroceso glaciar— que autoridades y comunidades intentan gestionar con cupos, horarios y tarifas reguladas.
Para el viajero, el Ausangate ofrece hoy un abanico de experiencias que va desde la caminata de un día a Vinicunca hasta el trekking completo de una semana por el corazón del macizo, pasando por las aguas termales de Pacchanta y el contacto con comunidades pastoriles que mantienen viva una de las culturas de montaña más antiguas de los Andes.