Cuenta la tradición que un inca, deslumbrado por la belleza y la fertilidad del valle del río Chili al pie de los volcanes, respondió a su gente con dos palabras quechuas: 'Ari, qhipay' —'Sí, quedaos'—. De ese permiso habría nacido el nombre de Arequipa. Es la versión más querida y la que los arequipeños repiten con orgullo, aunque los lingüistas no terminan de darla por buena.
Mucho antes de esa escena, real o legendaria, el valle ya estaba habitado. Pueblos collaguas y cabanas cultivaban estas tierras con andenes, y más tarde la zona quedó bajo la órbita del Imperio inca, que valoró su clima templado y su suelo generoso a más de 2.300 metros de altura, en el umbral entre la costa desértica y el altiplano. Era un lugar de paso y de cultivo, protegido por la mole del Misti, el Chachani y el Pichu Pichu.
Sobre el origen del topónimo conviven varias hipótesis. Junto a la romántica del 'Ari, qhipay', otros investigadores apuntan a raíces aimaras que aludirían a 'lugar detrás del pico' o a la trompeta ceremonial 'ariqquepan'. No hay consenso cerrado, y quizá esa ambigüedad, tan andina, sea parte del encanto: una ciudad cuyo nombre mismo es objeto de debate entre el quechua y el aimara, los dos grandes idiomas del sur del Perú.
La fundación española de Arequipa ocurrió el 15 de agosto de 1540, a cargo del capitán Garcí Manuel de Carbajal, por encargo de Francisco Pizarro. La ciudad nació con el nombre de 'Villa Hermosa de Nuestra Señora de la Asunta', en alusión a la festividad de la Asunción de la Virgen, celebrada ese mismo día. Se trazó, como tantas ciudades coloniales, en damero alrededor de una plaza mayor, en el sitio de un antiguo asentamiento a orillas del Chili.
Apenas un año después, el 22 de septiembre de 1541, el rey Carlos V (Carlos I de España) le concedió por Cédula Real el título de 'Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Arequipa' y un escudo de armas, reconociendo su importancia creciente como enclave entre la costa y la sierra sur. Su ubicación estratégica la convirtió pronto en un centro comercial clave: por Arequipa pasaba buena parte de la plata que bajaba de Potosí rumbo al puerto de Quilca y, más tarde, de Mollendo y Matarani.
Desde el principio, los constructores recurrieron a un material que tenían a mano en abundancia y que definiría para siempre el rostro de la ciudad: el sillar. Aquella villa fundada por un puñado de españoles crecería, a lo largo de los siglos coloniales, hasta convertirse en una de las urbes más prósperas, devotas y orgullosas del virreinato del Perú.
El apodo de 'Ciudad Blanca' tiene una raíz muy concreta: el sillar, una piedra volcánica blanca, porosa y liviana, extraída de canteras cercanas asociadas a la actividad milenaria de los volcanes que rodean la ciudad, sobre todo el Chachani y el Misti. La cantera de Añashuayco, un cañón de paredes blancas a las afueras de Arequipa, sigue siendo hoy uno de los lugares donde se puede ver cómo se corta a mano este material. Desde el siglo XVI, iglesias, casonas, claustros, muros y portadas se levantaron con sillar, que da al centro histórico su característico color claro y luminoso, que brilla casi enceguecedor bajo el sol de altura.
El sillar no solo definió la estética: también la supervivencia de la ciudad. Arequipa está en una de las zonas sísmicas más activas del planeta, y la arquitectura de sillar —con muros muy gruesos, bóvedas y contrafuertes— desarrolló soluciones antisísmicas que ayudaron a que buena parte de la traza colonial siguiera en pie tras terremotos devastadores. Sobre esa piedra floreció además el llamado 'barroco mestizo' o 'escuela arequipeña', con fachadas finamente talladas donde el cantero indígena mezcló santos y columnas europeas con flores, frutas, aves y símbolos andinos.
La portada de la iglesia de la Compañía, el claustro de Santa Catalina o las casonas del centro son los grandes exponentes de ese arte en piedra. Tallar el sillar, blando al salir de la cantera y más duro con los años, se convirtió en un oficio local transmitido de generación en generación. Por eso, más que un apodo turístico, 'Ciudad Blanca' resume la identidad profunda de Arequipa: una ciudad literalmente esculpida en la roca de sus volcanes.
La historia de Arequipa se lee también en sus temblores. Asentada entre volcanes y sobre fallas activas, la ciudad ha sido sacudida una y otra vez por grandes terremotos que la obligaron a reconstruirse desde los escombros, casi siempre con la misma piedra blanca. Ya en los siglos XVI y XVII, sismos y erupciones marcaron a los primeros habitantes, que interpretaban aquellos desastres como el 'enojo de los dioses' o castigos divinos.
El gran punto de inflexión fue el terremoto del 13 de agosto de 1868, uno de los más violentos de la historia del Perú, que destruyó buena parte de Arequipa y del sur andino, y fue seguido de un tsunami en la costa. La ciudad quedó en ruinas, pero renació: muchas de las construcciones y remodelaciones que hoy admiramos, incluida la reconstrucción de la Catedral en clave neoclásica, datan de las décadas posteriores a esa catástrofe. En pleno siglo XX, dos sismos consecutivos volvieron a golpearla: el del 15 de enero de 1958, que dejó una veintena de muertos y dañó gravemente las viviendas de sillar más antiguas, y el del 13 de enero de 1960, que causó más de sesenta víctimas. Ambos aceleraron cambios en las técnicas de construcción.
En tiempos recientes, el terremoto del 23 de junio de 2001, de magnitud cercana a 8,4, afectó al sur del Perú y dañó monumentos arequipeños emblemáticos, como una de las torres de la Catedral, que fue restaurada. Esta convivencia secular con el terremoto explica muchas cosas de Arequipa: la solidez de su arquitectura, el grosor de sus muros, la fe intensa de su gente y ese carácter resiliente de una ciudad acostumbrada a caer y a volver a levantarse, siempre en blanco.
Si algo distingue a Arequipa dentro del Perú es su fuerte personalidad y su espíritu independiente, que le valió otro apodo: el 'León del Sur'. Durante buena parte de la época republicana, la Ciudad Blanca fue un foco recurrente de revoluciones, levantamientos y movimientos políticos que muchas veces desafiaron al poder centralista de Lima. Revueltas como las de 1834, 1854-1856 o el respaldo a distintos caudillos convirtieron a Arequipa en una plaza políticamente indomable, orgullosa de su autonomía.
Ese carácter volvió a mostrarse con fuerza en el siglo XX. En 1950, un levantamiento popular contra el gobierno militar de la época, con fuerte participación estudiantil, dejó muertos en las calles y quedó grabado en la memoria cívica de la ciudad. Y en 1955, una nueva revolución arequipeña contribuyó a precipitar el fin de la dictadura de Manuel Odría, confirmando el peso político de la ciudad en la vida nacional. Arequipa se preciaba de ser la 'segunda ciudad' del país y de tener voz propia frente a la capital.
Ese orgullo regional impregna la identidad arequipeña hasta hoy: un dialecto propio con voces y giros característicos (el 'loncco'), una gastronomía de picanterías defendida con pasión, un himno y hasta bromas sobre un supuesto 'pasaporte' arequipeño. Detrás del humor hay algo real: Arequipa se siente distinta, un mundo aparte de sillar, volcanes y carácter, en el corazón del sur peruano.
En el año 2000, la Unesco declaró al Centro Histórico de Arequipa Patrimonio Cultural de la Humanidad. El reconocimiento valoró precisamente esa integración creativa de características europeas y nativas, y consideró su arquitectura ornamental de sillar un ejemplo excepcional del mestizaje artístico en América Latina. El área protegida abarca el damero fundacional en torno a la Plaza de Armas, con la Catedral, el Monasterio de Santa Catalina, la iglesia de la Compañía, decenas de casonas y templos, y barrios tradicionales como San Lázaro y Yanahuara.
La distinción reforzó el cuidado del casco antiguo y consolidó a Arequipa como uno de los grandes destinos culturales del Perú, junto a Cusco y Lima. Pero, más allá del título, la ciudad conserva un carácter regional muy fuerte y orgulloso: los arequipeños cultivan una identidad propia, con su gastronomía de picanterías —rocoto relleno, chupe de camarones, adobo dominguero—, su dialecto y un profundo sentido de pertenencia.
Esa personalidad, sumada al telón de fondo de los volcanes, al brillo del sillar y a una historia hecha de fundaciones, terremotos y revoluciones, hace que Arequipa se sienta como una ciudad distinta a cualquier otra del Perú. Caminar hoy por su Plaza de Armas al atardecer, con el Misti asomando tras las torres de la Catedral, es asomarse a casi cinco siglos de historia esculpidos, literalmente, en piedra blanca.