Hay ciudades que no se mudan nunca; Villarrica se mudó tantas veces que es casi un milagro que exista. Fundada en 1570 en lo que hoy es Brasil, huyó durante casi dos siglos de los cazadores de esclavos hasta encontrar, recién a fines del siglo XVIII, el rincón del Guairá donde por fin echó raíces. Esa ciudad peregrina terminó siendo, paradójicamente, una de las más cultas del Paraguay: la 'cuna de poetas'. La historia de Villarrica comienza cuando el capitán español Ruy Díaz de Melgarejo la fundó con el nombre de Villa Rica del Espíritu Santo. Pero su emplazamiento original no era el actual: la ciudad nació en la región conocida como el Guairá histórico, un vasto territorio que entonces formaba parte de la gobernación del Paraguay y que hoy corresponde, en buena medida, al estado brasileño de Paraná.
El nombre 'Villa Rica' aludía a la riqueza de la zona, ligada a la actividad minera y a los recursos naturales de la región, mientras que 'del Espíritu Santo' le daba su advocación religiosa, que la ciudad conserva hasta hoy en su denominación completa. En aquellos primeros tiempos, Villa Rica era uno de los enclaves españoles en el Guairá, una región disputada y de frontera, habitada por numerosos pueblos guaraníes y escenario de la temprana evangelización jesuítica.
La fundación de Villa Rica se inscribe en el proceso de expansión colonial española desde Asunción hacia el este y el norte, en busca de tierras, mano de obra indígena y rutas. Sin embargo, esa misma ubicación de frontera la expondría muy pronto a una amenaza que marcaría su destino y la obligaría a un peregrinaje único en la historia americana.
El rasgo más extraordinario de la historia de Villarrica es su carácter de ciudad 'peregrina' o errante. A comienzos del siglo XVII, la región del Guairá se convirtió en blanco de las bandeiras: expediciones de los bandeirantes paulistas (provenientes de São Paulo) que penetraban en el interior para capturar indígenas y esclavizarlos. Estas incursiones, cada vez más violentas, devastaron las reducciones jesuíticas del Guairá y amenazaron a los enclaves españoles.
Ante el asedio y la imposibilidad de defenderse, la población de Villa Rica se vio obligada a abandonar su emplazamiento original y a emprender una larga retirada hacia el oeste, en busca de un lugar seguro. Así comenzó un peregrinaje único: a lo largo de los siglos XVII y XVIII, la ciudad fue trasladándose y refundándose en distintos sitios, arrastrando consigo a sus habitantes, su nombre y su identidad. Pocas ciudades en el mundo cambiaron de lugar tantas veces.
Este éxodo forzado, motivado primero por las bandeiras y luego por otras razones de orden práctico y administrativo, hizo de Villarrica una ciudad antigua en su fundación pero relativamente reciente en su emplazamiento definitivo. La memoria de aquel peregrinaje es parte esencial de la identidad villarriqueña y un capítulo fascinante de la historia colonial del Paraguay y de toda la cuenca del Plata.
Tras generaciones de traslados, Villarrica encontró finalmente su emplazamiento definitivo en el territorio del actual departamento del Guairá, en la región central del Paraguay, hacia fines del siglo XVIII. Allí, sobre un paisaje de suaves colinas y tierras fértiles, la ciudad por fin echó raíces estables y pudo crecer en paz, dejando atrás el largo peregrinaje que había marcado sus primeros dos siglos de vida.
Ya asentada de manera permanente, Villarrica se desarrolló como centro de una rica región agrícola. La zona se destacó por la producción de yerba mate —cultivo emblemático ligado a la cultura paraguaya—, caña de azúcar, tabaco y otros productos, que dieron sustento económico a la ciudad y a su entorno rural. El nombre 'Villa Rica' adquirió así un nuevo sentido, asociado a la fecundidad de sus tierras.
Durante el siglo XIX, ya en el Paraguay independiente, Villarrica consolidó su lugar como una de las ciudades importantes del interior y como cabecera de su región. Su ubicación estratégica en el centro del país, su entorno agrícola próspero y su creciente vida social la prepararon para convertirse, con el tiempo, en uno de los grandes focos culturales de la nación. La ciudad atravesó también los grandes traumas nacionales —la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870), que diezmó al Paraguay, y más tarde la Guerra del Chaco (1932-1935)—, y en cada reconstrucción reafirmó su identidad de ciudad trabajadora, arbolada y devota, célebre por su Semana Santa y sus tradiciones populares guaireñas.
Si algo distingue a Villarrica en el conjunto del Paraguay es su fama de ciudad culta y letrada, la 'cuna de poetas'. A lo largo de los siglos XIX y XX, la ciudad dio a luz a un número asombroso de poetas, músicos, escritores e intelectuales que ocupan un lugar central en la cultura paraguaya. El más querido es Manuel Ortiz Guerrero (1894-1933), poeta que escribía con igual maestría en español y en guaraní y que, junto al músico José Asunción Flores, dio origen a la guarania, el género musical más emblemático del Paraguay. En el Colegio Nacional de Villarrica, Ortiz Guerrero compartió aulas con quienes formarían con él la célebre 'trilogía lírica' villarriqueña: Juan Natalicio González —que además llegó a ser presidente de la República— y Leopoldo Ramos Giménez.
La lista de hijos ilustres es larga y da la medida de por qué la ciudad presume de culta: el poeta Natalicio Talavera, el pedagogo y escritor Ramón Indalecio Cardozo, el gramático Delfín Chamorro, el historiador Efraím Cardozo y, más cerca en el tiempo, el escritor y periodista Helio Vera. La tradición educativa de Villarrica —con sus instituciones de enseñanza, sus tertulias y su ambiente de ciudad arbolada y serena— favoreció ese florecimiento de las artes y las letras, generación tras generación, y dejó una huella que la ciudad celebra y custodia con orgullo en sus museos, monumentos y casas de cultura.
Esa vocación cultural se entrelaza con la honda religiosidad y las tradiciones populares de la región del Guairá, que se viven con intensidad en la Semana Santa, las fiestas patronales y las celebraciones folklóricas. Villarrica es, así, una síntesis del Paraguay profundo: una ciudad antigua y peregrina, agrícola y próspera, pero sobre todo culta y artística, conocida con cariño como 'la ciudad de las flores'.