La historia de Itaipú comienza con una vieja aspiración compartida: aprovechar el enorme potencial hidroeléctrico del río Paraná en el tramo que separa al Paraguay del Brasil. El Paraná, uno de los ríos más caudalosos del mundo, ofrecía en esa zona condiciones excepcionales para generar energía a gran escala, pero su explotación requería un acuerdo entre los dos países que comparten sus aguas.
Tras años de negociaciones, no exentas de tensiones diplomáticas —entre ellas, la disputa por la zona de Salto del Guairá—, Paraguay y Brasil firmaron en 1973 el Tratado de Itaipú, que sentó las bases jurídicas de la futura central. El acuerdo creó la entidad binacional Itaipú, de propiedad compartida en partes iguales por ambos Estados, y estableció el régimen de construcción, financiación, operación y reparto de la energía generada. Fue un hito de la diplomacia y la integración sudamericana, aunque sus cláusulas —especialmente las referidas a la venta de la energía paraguaya excedente al Brasil— generarían debates que se prolongan hasta hoy.
El tratado reflejaba el contexto de su época: dos regímenes autoritarios (el de Stroessner en Paraguay y la dictadura militar brasileña) impulsando una obra faraónica como símbolo de progreso y de cooperación. Itaipú nacía así no solo como un proyecto de ingeniería, sino como una pieza geopolítica de primer orden en el Cono Sur.
La construcción de Itaipú fue una de las mayores empresas de ingeniería civil de la historia. Comenzada en la década de 1970, movilizó a decenas de miles de trabajadores —se habla de picos de varias decenas de miles de obreros simultáneos— y consumió cantidades colosales de hormigón, hierro y maquinaria. La magnitud de la obra dio pie a comparaciones célebres: la cantidad de hormigón empleada y de hierro y acero utilizados se suele equiparar con la de varias decenas de grandes estadios o de la torre Eiffel multiplicada muchas veces.
Uno de los desafíos más espectaculares fue desviar el curso del propio río Paraná para poder construir el muro principal en seco. Para ello se excavó un enorme canal de desvío y se removieron millones de metros cúbicos de tierra y roca, en una de las operaciones de movimiento de suelo más grandes jamás realizadas. Una vez desviado el río, se levantó la gigantesca presa de hormigón, que combina distintos tipos de estructura a lo largo de sus casi 8 kilómetros de extensión.
La obra transformó por completo la región. Surgieron campamentos y ciudades para los trabajadores, se construyeron caminos y servicios, y el flujo de personas y dinero impulsó el crecimiento explosivo de Ciudad del Este y de Foz do Iguaçu. Fue una empresa que, más allá de las cifras, marcó a una generación de paraguayos y brasileños y quedó grabada como símbolo del esfuerzo y la ambición de toda una época.
En 1982, tras años de obras, llegó uno de los momentos decisivos: el llenado del embalse. Al cerrarse la presa, las aguas del Paraná comenzaron a acumularse y a inundar un vasto territorio aguas arriba, formando un enorme lago artificial que se extiende por el límite entre Paraguay y Brasil. El embalse, de gran superficie, obligó a reubicar a numerosas poblaciones y a relocalizar fauna y flora en una de las mayores operaciones de rescate ambiental de la época.
El llenado tuvo una consecuencia de gran carga simbólica: bajo las aguas del embalse quedaron sumergidos los Saltos del Guairá (conocidos en portugués como Sete Quedas), un conjunto de cataratas que figuraba entre las más caudalosas del mundo y que era un sitio natural de enorme belleza y valor para ambos países. Su desaparición bajo el lago generó polémica y nostalgia, y todavía hoy se recuerda como el precio natural que tuvo la construcción de la represa.
El rescate de fauna durante el llenado —la llamada 'Operación Mymba Kuera', en guaraní— se convirtió en un episodio célebre: equipos trabajaron para salvar animales atrapados por la subida de las aguas. El embalse, una vez estabilizado, no solo alimentaría las turbinas de la central, sino que daría lugar a nuevas actividades, áreas protegidas y refugios biológicos en sus orillas, en un intento de equilibrar el impacto de la obra con la conservación.
En 1984 entró en funcionamiento la primera unidad generadora de Itaipú, y a partir de allí, año tras año, se fueron sumando turbinas hasta completar el total de unidades de la central. Cada turbina y su generador asociado son piezas gigantescas, y el conjunto otorgó a Itaipú una potencia instalada colosal, que durante mucho tiempo la convirtió en la mayor central hidroeléctrica del mundo.
Durante décadas, Itaipú ostentó el récord absoluto y abasteció una porción enorme de la energía eléctrica de Paraguay y una parte muy significativa de la del Brasil. Aunque en términos de potencia instalada fue superada por la represa china de las Tres Gargantas, Itaipú siguió batiendo récords mundiales de generación anual de energía, gracias al caudal constante y abundante del río Paraná, manteniéndose como una de las dos mayores centrales del planeta y, en varios años, como la de mayor producción real.
Para el Paraguay, Itaipú tiene una dimensión particular: el país consume solo una fracción de la energía que le corresponde y, según el tratado, cede el excedente al Brasil. Esto ha hecho de la represa un tema central de la economía y la política paraguaya, con debates recurrentes sobre el precio de esa energía y sobre el futuro del acuerdo binacional, especialmente al cumplirse los plazos de revisión previstos. Itaipú es, así, mucho más que una obra de ingeniería: es una pieza clave de la soberanía energética y de la relación entre los dos países.
Más de cuatro décadas después de su entrada en funcionamiento, Itaipú es una institución central en la vida del Paraguay y del Brasil. Sigue generando una cantidad inmensa de energía limpia y renovable, sostiene buena parte de la matriz eléctrica de ambos países y emplea a miles de personas. Su gestión binacional, con sectores paraguayo y brasileño en paridad, la convierte en un caso poco común de administración conjunta de un recurso estratégico entre dos naciones.
La relación de Itaipú con su entorno también cambió con el tiempo. Tras las críticas por el impacto ambiental de la obra, la entidad desarrolló importantes programas de protección de la naturaleza, reforestación y creación de refugios biológicos en torno al embalse, en un esfuerzo por recuperar fragmentos del amenazado Bosque Atlántico del Alto Paraná. También impulsó proyectos sociales, educativos y de desarrollo en la región.
Hoy, además de su función energética, Itaipú es uno de los grandes destinos turísticos del Paraguay. Cientos de miles de visitantes recorren cada año el complejo: el recorrido panorámico, los circuitos técnicos, la iluminación nocturna y las áreas naturales. La represa fue reconocida como una de las Siete Maravillas del Mundo Moderno de la ingeniería, y verla de cerca ayuda a comprender la escala del esfuerzo humano, el peso de la energía en la vida moderna y la historia reciente de la integración entre dos países que decidieron, juntos, domar a uno de los ríos más poderosos del planeta.