En 1975, mientras los científicos daban por extinguido a un pecarí que solo conocían por huesos fósiles, ese mismo animal —el taguá— trotaba vivo por el bosque espinoso del norte del Chaco paraguayo. Su 'redescubrimiento', publicado en la revista Science, puso al mundo los ojos sobre una de las regiones más inhóspitas y menos exploradas de Sudamérica: un mar de monte seco, calor demoledor y silencio absoluto donde todavía reina el jaguar y donde un cerro solitario es, para el pueblo ayoreo, el centro del mundo. Ese mismo año, el Paraguay decidió proteger ese corazón salvaje. El Parque Nacional Defensores del Chaco fue creado en 1975 con el objetivo de proteger una porción representativa del Chaco seco paraguayo: sus ecosistemas de bosque espinoso y sabana, su fauna amenazada y el singular Cerro León. Con su enorme superficie de unas 780.000 hectáreas, se convirtió en la mayor área protegida del país y en una pieza clave del sistema nacional de parques, en una época en que la conservación de la naturaleza empezaba a ganar terreno en la agenda pública.
Su nombre no es casual ni meramente geográfico: rinde homenaje a los 'defensores del Chaco', es decir, a los soldados y combatientes paraguayos que lucharon en la Guerra del Chaco (1932-1935) contra Bolivia, conflicto que se libró precisamente en esta región. Así, el parque une la conservación de la naturaleza con la memoria histórica de uno de los episodios más decisivos y dolorosos de la historia nacional.
Proteger este territorio tenía además un sentido estratégico y simbólico: se trataba de preservar el corazón salvaje de una región por la que el país había derramado sangre, y de reconocer su valor natural en un momento en que el avance de la ganadería y la deforestación comenzaban a amenazar al Chaco. El parque quedó así como un gran reservorio de naturaleza en el extremo norte chaqueño, y en años recientes figura en la lista tentativa de Paraguay para su eventual nominación como Patrimonio de la Humanidad de la Unesco.
El parque protege uno de los ambientes más característicos y a la vez más amenazados de Sudamérica: el Gran Chaco, la mayor extensión de bosque seco del continente. Aquí dominan el quebracho colorado y blanco, el palo santo, los algarrobos, el samu'u (palo borracho) y los cactus columnares, en un mosaico de bosque espinoso, sabanas y palmares adaptados a un clima de calor extremo y largas sequías. El Cerro León, macizo aislado de origen volcánico de hasta 624 metros de altura y unos 52 km de diámetro en su base, rompe la inmensa planicie y aporta microambientes particulares en su centro geográfico.
Esta dureza ambiental alberga, paradójicamente, una fauna riquísima. El parque es uno de los últimos grandes refugios del jaguar o yaguareté en el país, y hogar de pumas, ocelotes (tirika), yaguarundíes, tapires, osos hormigueros, varias especies de armadillos, monos ka'i mirikina y ka'i pyhare, guanacos y de los tres pecaríes del Chaco.
Entre estos últimos se encuentra el hallazgo científico más célebre de la región: el taguá o pecarí del Chaco (Catagonus wagneri), una especie que la ciencia solo conocía por restos fósiles y que se consideraba extinta desde el Pleistoceno. En 1975, un equipo de biólogos confirmó, a partir de rumores e indicios de pobladores locales, que la especie seguía viva en el Chaco paraguayo, y publicó el hallazgo en la revista Science, en uno de los descubrimientos zoológicos más resonantes del siglo XX en Sudamérica.
Mucho antes de ser área protegida, esta región del Chaco Boreal era —y sigue siendo— territorio ancestral del pueblo ayoreo, uno de los pueblos indígenas del Gran Chaco con presencia en Paraguay y Bolivia. Para los ayoreos, el Cerro León ocupa un lugar central en su cosmovisión: es considerado, desde tiempo inmemorial, el centro del mundo, un sitio de profundo valor espiritual y territorial que estructura buena parte de su relación simbólica con el territorio chaqueño.
En el norte del parque, en la extensión que rodea al Cerro León, subsisten hasta hoy algunos de los últimos clanes del pueblo ayoreo que viven en aislamiento voluntario, sin contacto con el mundo exterior —junto con los de la vecina Bolivia, son de los pocos grupos en esa condición que quedan en todo el continente americano fuera de la Amazonía—. Su presencia convierte a esta parte del parque en una zona de protección estricta, donde el acceso y cualquier intento de contacto están vedados por ley y por ética, dado el riesgo sanitario y cultural que representa la exposición a poblaciones externas.
Esta realidad añade al Parque Defensores del Chaco una dimensión que va más allá de la conservación biológica: es también un territorio de derechos indígenas y de memoria viva, donde la protección del ambiente y el respeto a los pueblos originarios en aislamiento están profundamente entrelazados.
El nombre del parque remite directamente a la Guerra del Chaco (1932-1935), el conflicto bélico entre Paraguay y Bolivia que se libró en gran medida en esta misma región del Chaco Boreal, por entonces un territorio semidesértico y prácticamente despoblado cuya soberanía estaba en disputa. La guerra, una de las más sangrientas de la historia sudamericana del siglo XX, dejó más de 100.000 muertos entre ambos bandos y terminó con un resultado favorable a Paraguay, consolidado en el Tratado de Paz de 1938.
Las tropas paraguayas que combatieron en el norte y el oeste del Chaco —los mismos parajes áridos y calurosos que hoy integran el parque— enfrentaron condiciones extremas: la escasez de agua, el calor abrasador y las enormes distancias fueron, en muchos tramos, enemigos tan letales como las balas bolivianas. La resistencia y el sacrificio de esos soldados, muchos de ellos jóvenes reclutas de la región Oriental del país, quedaron grabados en la memoria nacional como un episodio fundacional de identidad.
Al crear el parque en 1975 y bautizarlo 'Defensores del Chaco', el Estado paraguayo buscó rendir tributo permanente a esos combatientes, vinculando para siempre la conservación de este territorio salvaje con el recuerdo de quienes lo defendieron con sus vidas cuatro décadas antes.
La condición remota del Parque Defensores del Chaco es, a la vez, su mejor defensa y su mayor desafío. Su aislamiento —enormes distancias, caminos difíciles, ausencia de servicios y clima extremo— lo ha mantenido relativamente a salvo de la presión humana directa, pero también dificulta su control, su manejo y la visita turística. La gestión, a cargo de la autoridad ambiental nacional (hoy el MADES), debe enfrentar la vastedad del territorio con recursos limitados.
Alrededor del parque, el Chaco vive una de las transformaciones más rápidas del planeta en términos de pérdida de bosque: la expansión de la ganadería y la agricultura ha provocado una intensa deforestación en las últimas décadas, fragmentando los hábitats y aislando aún más las áreas protegidas. Esto convierte a Defensores del Chaco y a los corredores de conservación de la región en piezas fundamentales para la supervivencia de especies como el jaguar y el taguá, y en un refugio cada vez más crítico frente al avance de la frontera agropecuaria.
Para el visitante, el parque ofrece una experiencia de naturaleza en estado casi puro, pero exige respeto, planificación y autosuficiencia. Más que un destino turístico masivo, es un territorio para la conservación, la investigación y la aventura responsable —incluyendo el respeto estricto hacia los clanes ayoreos en aislamiento— un recordatorio del valor del Gran Chaco y de la memoria de quienes, en otra época, lo defendieron en la guerra.