Itapúa es el gran corazón del legado jesuítico del Paraguay. En su territorio se levantan La Santísima Trinidad del Paraná y Jesús de Tavarangué, los dos conjuntos de ruinas jesuítico-guaraníes que la Unesco declaró Patrimonio de la Humanidad en 1993. Trinidad es el conjunto más grande y mejor conservado del país, con su imponente iglesia de piedra, su plaza mayor, el colegio y los talleres; Jesús deslumbra por su monumental templo inconcluso, cuya construcción quedó interrumpida por la expulsión de los jesuitas en 1767.
Estos sitios, con sus pórticos, campanarios y relieves barrocos labrados por los guaraníes, son la visita patrimonial imperdible del sur paraguayo y uno de los grandes testimonios del extraordinario mundo de las Misiones.
A las ruinas de Trinidad y Jesús se suma San Cosme y San Damián, otra reducción célebre por haber sido un importante centro astronómico de las misiones. Allí trabajó el jesuita Buenaventura Suárez, que a comienzos del siglo XVIII construyó con ayuda indígena telescopios, un cuadrante astronómico y relojes solares, y es considerado el primer astrónomo del Río de la Plata.
Hoy el pueblo alberga un Centro de Interpretación Astronómica que recuerda aquella herencia científica. San Cosme completa, junto a Trinidad y Jesús, la 'Ruta Jesuítica' de Itapúa, uno de los circuitos culturales más ricos y singulares del país.
La capital del departamento es Encarnación, la tercera ciudad del Paraguay, sobre la margen derecha del río Paraná, frente a la argentina Posadas, con la que se une por el Puente Internacional San Roque González de Santa Cruz. Fundada como reducción jesuítica en 1615 por Roque González de Santa Cruz, es conocida como 'la Perla del Sur' y como la 'Capital del Verano'.
Es famosa por sus playas urbanas sobre el río —fruto de las obras de la represa de Yacyretá— y por su animado carnaval, el mayor del país, que cada febrero llena su sambódromo de comparsas, plumas y música. La construcción de Yacyretá, que elevó el nivel del río, obligó a reconstruir buena parte de su costa, dando a la ciudad su moderna y renovada fisonomía ribereña.
Itapúa fue una de las grandes tierras de colonización del Paraguay. Desde fines del siglo XIX y a lo largo del XX llegaron inmigrantes alemanes, ucranianos, polacos, japoneses, rusos y de muchos otros orígenes, que fundaron colonias agrícolas y transformaron el departamento en una de las regiones más productivas del país.
La yerba mate, la soja, el trigo, el arroz y la ganadería sostienen hoy su economía. Ese mosaico de colonias dejó una fisonomía multicultural particular, visible en la arquitectura, la gastronomía y las fiestas de sus pueblos, como Hohenau, Obligado o Bella Vista, en el fértil sur paraguayo.
El río Paraná es la gran frontera natural del sur de Itapúa y el escenario de la represa binacional de Yacyretá, compartida con la Argentina, una de las grandes obras hidroeléctricas de la región. Su embalse transformó el paisaje ribereño y dio origen a nuevas costaneras y playas.
Más allá de su impacto energético, el río sostiene la pesca deportiva —con el codiciado dorado—, el turismo y el comercio fronterizo. Naturaleza fluvial, patrimonio jesuítico y multiculturalidad de las colonias hacen de Itapúa uno de los departamentos más completos y atractivos del Paraguay.